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Manu Leguineche

sábado 25 de enero de 2014, 17:28h
La muerte de Manu Leguineche ha llegado hasta mí como una bomba, bien es verdad que muchos de vosotros, periodistas, le habréis conocido mucho mejor que yo, pero cuando un hombre se convierte en leyenda es mucho más que una persona física podría decirse que es patrimonio de la humanidad. Y si encima admiras el periodismo sin serlo y habiendo ganado algunos premios, entonces es cuando se te saltan las lágrimas y no puedes contener el llanto pues Manu, el “jefe de la tribu”, como le llamaban, es el ejemplo de lo que todos deberíamos ser y no somos y es por eso, por lo que sin apenas tratarle, sufres la sensación de que te arrancan parte del corazón de España, de esta España tan necesitada de hombres como él.

Manu dio la vuelta al mundo en varias ocasiones. Con un rigor y una dignidad inigualables fue el primer periodista español que salió al exterior a contar lo que pasaba. Estaba en todos los países y en todos los frentes de batalla. Consideraba vital – idea que comparto – hablar con las personas anónimas, con la gente de la calle, le aportaban más información que pisar las áreas de poder, el ámbito de los Jefes de Estado. Siempre buscó la noticia en las guerras, las revoluciones y los golpes de estado. Viajes, reportajes y el Athletic, como buen vasco, fueron sus grandes pasiones, en muchos aspectos es semejante a Oriana Fallaci, a Michael Herr o a Kapuscinjsky. Miguel Delibes decía de él que sus crónicas eran lecturas obligadas tanto para los eruditos como para los apenas iniciados.

Su bautismo profesional lo tuvo en Argelia donde se fue con los pocos ahorros que tenía. Gustaba comentar que había estado cerca de las bombas, “pero no tantas como la gente cree porque no te dejan acercarte”. Insistía en la idea de que en periodismo no se puede ser objetivo, pero hay que jugar limpio con el lector.

Leguineche tardó más de treinta años en sacarse el título de periodismo pero era el primero, el mejor en llegar a la zona cero costara lo que costara. El era su propio enviado especial y las crónicas las vendía al mejor postor.

Hanoi, Chipre, Sarajevo, Nicaragua, el 23 F, la caída del Muro de Berlín, la revolución de los claveles, la desintegración de Yugoeslavia, la china de Mao. Igual le daba Indochina que Irak con Sadam Hussein. Todo cuanto firmó era bueno y era verdad. Fue una especie de trotamundos, tahúr y aventurero. Llegaba a decir que era periodista porque no sabía hacer otra cosa. Pero escribió los reportajes más profundos sobre los temas más apasionantes, y así entrevistó desde a Indira Gandhi hasta al general Perón. Ganó todos los premios desde el Nacional de Periodismo, el Julio Camba y el Ortega y Gasset, hasta el Cirilo Rodríguez, Conde de Godó, Espasa de Ensayo y Pluma de Oro. No le gustaba mandar y se aburría en las redacciones por eso su espíritu independiente le llevó a fundar Agencias como Colpisa y Fax Press.

Decía: “Los chicos están desolados con el periodismo. Encuentran muchas dificultades. Necesitan estímulos nuevos, premios precoces que les estimulen el ánimo y algunas botellas de vino”.

Si le encontrabas te ayudaba siempre, pero no necesitaba ir en grupo, se las arreglaba él solo. Jamás habló mal de nadie pero nadie habló nunca mal de él.

Personal y profesionalmente jamás una persona ha sido tan alabada, tan querida. Y no ha tenido que vivir este cambio de época, se ha marchado impoluto, con una biografía impecable, amado por todos y por todos alabado. Fue el “jefe de tribu” de una generación de reporteros irreductibles.

Descanse en paz.
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