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Rajoy y Cataluña

Alejandro Muñoz-Alonso
lunes 27 de enero de 2014, 20:03h
El discurso pronunciado por el Presidente Rajoy el pasado sábado en Barcelona ha tenido una amplia repercusión mediática porque en él hizo una completa y contundente exposición de la posición del Gobierno ante el desafío separatista catalán. Se esperaba esa intervención con expectación, pero se equivocan los que lo consideran, ¡por fin! la primera toma de posición del Presidente ante este desgraciado asunto. En ningún momento ha habido ninguna duda sobre cuál es la posición oficial acerca de una imposible independencia de Cataluña. Estoy repasando ahora, por ejemplo, las informaciones sobre otra visita de Rajoy a Cataluña, a mediados de octubre de 2012. Pronunció entonces un discurso en el que, esencialmente, ya estaban las mismas ideas que reiteró el otro día. Y si no se ha prodigado más o con otro tono, como a ciertos sectores radicales les habría gustado, es porque no ha querido incrementar tensiones, como él mismo ha dicho.

Es verdad que, en este periodo de poco más de un año, el separatismo catalán -que actúa ilegítimamente desde la Generalidad de Cataluña, incumpliendo sus básicas obligaciones constitucionales- ha dado nuevas vueltas de tuerca a su reto contra España y, específicamente, ha puesto en marcha su propósito de convocar un referéndum ilegal –porque carece de competencias para ello-; ha fijado la fecha en que, hipotéticamente, se celebraría esa consulta y ha acordado las dos preguntas que, en su desnortado proyecto, se someterían a un electorado catalán, “prefabricado”. Esto último porque se pretendería incluir en el censo al tramo entre 16 y 18 años, en contra de las normas vigentes, y confiados en que esos jóvenes, los que han sufrido de una manera más intensa el tóxico y deletéreo bombardeo nacional/separatista, serían más propicios a sus irracionales y rupturistas planes.

Rajoy ha reiterado eso que los juristas denominan “las generales de la ley”:Que la soberanía es indivisible y pertenece al conjunto de los españoles; que la autonomía no supone transferencia de la soberanía ni otorga la propiedad de un territorio; que el referéndum irresponsablemente prometido por Mas no se va a celebrar y que no a va escuchar a los que piden que “se corte el grifo” de las ayudas a Cataluña…porque las consecuencias las pagarían los que menos culpas tienen. Los catalanes son españoles y tienen derecho a los servicios públicos igual que los demás ciudadanos. No en vano una de las ideas en las que Rajoy ha insistido siempre es en su voluntad de hacer de España una Nación de ciudadanos libres e iguales en derechos. Una proposición importante de su discurso fue la de subrayar que la Constitución obliga a todos –“a mí también”, remarcó- y que hacer un referéndum como el que quieren Mas, Junqueras y demás, es ilegal y no lo puede convocar nadie, porque iría contra un precepto básico de la Carta Magna. Otra cosa es que la Generalidad utilizase los fondos de todos los españoles para sus proyectos contra España. El Gobierno tiene mecanismos para impedirlo.

Alguna vez hemos afirmado desde esta columna que Rajoy tiene un personal y peculiar estilo de manejar los tiempos: Hace las cosas cuando cree que debe hacerlas porque estima que es el momento oportuno, no cuando se lo piden desde los medios o desde la oposición. Y creo que acierta, porque en política mantener abiertos varios frentes a la vez produce un inevitable efecto de desgaste. Desde que asumió la Presidencia, Rajoy tenía muy claro que no había tarea más urgente que sacar a España del hoyo profundo en que la dejó la irresponsable gestión anterior. Aunque no es cierto que no haya atendido al resto de los problemas que acucian a nuestro país. Ya hemos dicho, por ejemplo, que la cuestión del separatismo catalán no ha sido ni mucho menos ésta la primera ocasión en que la aborda. Pero dentro de su estrategia general maneja sus prioridades y sabe muy bien cuándo hay que mantener tácticas puramente defensivas y cuándo es preciso pasar a la ofensiva, en el sentido dialéctico.

El momento elegido para responder con la contundencia del pasado sábado es el más apropiado. La situación económica nada tiene que ver con la angustiosa de hace un año y hasta Olli Rehn, el “ogro” del control económico de la Comisión Europea, acaba de decir que Francia e Italia deben seguir el ejemplo de España. Falta todavía un buen trecho del camino, pero Rajoy puede estar satisfecho de que lo que se ha hecho y los españoles pueden pensar con fundamento que sus sacrificios no están siendo baldíos.

Por otra parte, Mas y sus separatistas están visiblemente quemados, fracasan en sus estúpidos intentos de “internacionalizar” sus caprichos, tienen que hacer frente a una patente división de la sociedad catalana, que empieza a salir de su forzado letargo, y en sus propias formaciones políticas cunde el desaliento, porque los más sensatos no ven salida al laberinto en que les han metido sus desaprensivos dirigentes. Cada vez hay más catalanes que constatan, como en el famoso cuento medieval, que el “rey” está desnudo. Y como en aquel viejo relato, quienes se callan porque se sienten minoría ante la “verdad oficial” del separatismo, acaban dándose cuenta de que comparten su pensamiento muchos más de lo que sospechaban. Es lo que los sociólogos denominan la “ignorancia pluralista”, que en sociedades tan controladas desde arriba, como ocurre en Cataluña, es un fenómeno muy frecuente. Es una variante de esa espiral del silencio que atenaza a los que se creen en minoría, que a veces y en poco tiempo se transforma en mayoría y hace oír su voz.

Aludíamos más arriba al “rey” del cuento medieval, pero no vamos a caer en la frase facilona de hablar del “rey Arturo”, como han hecho algunos medios. No hay en Mas ninguna de las cualidades que, según la leyenda artúrica, adornaban al mítico soberano de Camelot. Este pobre hombre anda perdido y no ofrece a los catalanes ningún ideal Camelot. Quítenle la “t” y lo que queda es lo que es el nacionalismo, un enorme “camelo”. Un especialista francés, Jean Michel Lecrecq escribía hace ya algunos años que el nacionalismo es siempre el fruto de un fracaso, de una incapacidad para avanzar sin nostalgias y sin la embriaguez que siempre producen los “yoes” colectivos. Y una penosa embriaguez es en la que han caído los separatistas catalanes.

En el espléndido libro que acaba de publicar sobre la Primera Guerra Mundial, la gran historiadora canadiense, ahora en Oxford, Margaret MacMillan, recuerda que fue Sigmund Freud quien acuñó la expresión “el narcisismo de la pequeña diferencia”, que suele caracterizar a los nacionalismos. Confieso que la matraca permanente que aquí hemos oído sobre “el hecho diferencial” siempre me ha producido una enorme incomprensión, porque me parece la síntesis de la anti-política. La política trata de unir a los que son diferentes en una empresa común. Si la basamos en las diferencias, cada uno de nosotros es, obviamente, diferente de los demás. Así la política desaparece disuelta en el tribalismo, que parece ser la secreta añoranza de los nacionalistas. En el nacionalismo no hay nación, ni patria, ni, menos aún, Estado. Solo hay tribu, con todas las connotaciones que los antropólogos asignan a esta primitiva agrupación étnica.

Rajoy ha dejado en Barcelona las ideas claras y los propósitos del Estado diáfanos. Quienes preguntaban por sus planes tienen la respuesta: La Constitución y las leyes, que tienen instrumentos suficientes para hacerse efectivas. A algunos –desde la izquierda, sobre todo- les ha parecido poco. “¡No ha planteado alternativas!”, claman. Les parece poco las que proporciona el Estado de Derecho. Está en sus genes la proclividad por el apaciguamiento o la rendición pura y simple.

Alejandro Muñoz-Alonso

Catedrático de la UCM

ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular

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