Trenes cruzados
martes 18 de febrero de 2014, 19:53h
En la duermevela, desde la habitación del hotel (Terminus) en que me hospedo, oigo el frenado del tren que acaba de llegar de la frontera a altas horas de la madrugada. Creo estar en Madrid en el piso que con otros estudiantes teníamos en una planta baja de la calle de Eduardo Benot, al lado de la de Estanislao Figueras, en el que algunas veces has llamado el barrio federal, junto a la estación del Norte, cuando te despertaban los gritos de los porteadores y mozos disputándose los clientes; o te imaginas en esa pensión de Valladolid a la que no sabes como has llegado, quizás porque has perdido el tren y el que has de coger después sale demasiado pronto para volver a tu residencia habitual de la ciudad. Hace frío, extrañas la cama o te ha sobresaltado hace un minuto la presencia de alguien arrastrando la maleta, disputando con alguna tosquedad con su acompañante, quizás solo de una noche.
Muchos recuerdos asociados con el tren, que no sabes si corresponden sólo a experiencias vividas o añades también referencias ajenas: trozos de novela o incluso pasajes de películas. Te pasa seguro con algunas imágenes de la estación de Francia de Barcelona, que desde luego no has vivido, pero que has visto en esas cintas de Rovira Beleta que tanto te gustan, o con la lámina de los que iban a la vendimia de Francia en el septiembre de 1985 cuando llegaste por primera vez a la estación de Albacete, con sus maletas de cartón atadas con cuerdas, pasajeros cuyos rostros arrastran las ojeras de la noche sin dormir e incluso algún exceso de la Feria. Muñoz Molina en Ardor Guerrero, la novela indispensable sobre los años de plomo en el País Vasco, tiene contado el viaje de varios días de los soldados de reemplazo en trenes atestados hasta Vitoria, desde el Sur, verdadera iniciación para muchos en la vida de adulto.
El tren representa el alivio de la partida o la ilusión de la llegada, la promesa de la nueva época que emprenderás en el destino al que acudes. Pero a veces el viaje se justifica por sí mismo, sin recurrir a su carácter vial como tránsito a nada, sino por las propias posibilidades, como ocasión de alegría y fiesta inmediata. Así recuerdas los interminables viajes en los wagones pulman de San Sebastián a Bilbao por los intricados vericuetos de la orografía vascongada, a paso de caballo, que empleabas en jugar a cartas, preparar los exámenes o visitar el bar. Ya no hay compartimentos en los que cada uno de los compañeros de viaje había de ofrecer una imagen presentable de su propia vida o intenciones, como ocurría en los trenes de España no hace mucho tiempo y todavía sucede en Italia, donde al poco de comenzar el trayecto ya se ha desatado una conversación en la que uno no puede hurtar la participación sin parecer huraño. Cuando viajaba a la Facultad de Derecho de Albacete los lunes por la mañana solíamos formar un grupo con jóvenes profesores de los institutos de Villacañas o Alcázar de San Juan, donde se hablaba de literatura o filosofía. Lamentabas, cuando se llegaba a su destino, no bajar con ellos y continuar la alegre camaradería, aunque quedase en el tren algún buen amigo como el malogrado agrónomo Antonio del Cerro que te ilustraba sobre las peculiaridades ecológicas, por ejemplo sus especialidades arbóreas, de la Casa de campo de Madrid. A veces en el viaje de ida, o los jueves cuando volvías a casa con algún compañero, podías coincidir con un actor afamado o parte de una compañía de teatro que iba a representar a provincias o debía comparecer en un show de la televisión.
Pero si pienso en el tren, aun en la ensoñación, asocio el recuerdo con mi hermano Javier. Parece que le veo, recién terminada su carrera sin posibilidad de demorar la entrada en filas, después de acompañarle por todo el Paseo de Francia, ayudándole con los bultos y el petate, vestido de recluta con su traje de campaña verdulón, ir a mezclarse con los otros soldados destinados a Sidi Ifni, y subir al vagón. Despedirle para dos años en el ignoto destino de Africa, dejando a los padres y a los hermanos entristecidos y temerosos. A la vuelta jamás comentó nada de su estancia en el desierto, aunque se que mientras vivió llevaba en la cartera una foto con varios de sus compañeros de armas. Con alguna frecuencia, cuando desde San Sebastián volvía a Madrid o Valladolid de mis vacaciones en casa, Javier me acompañaba, a su vez, al tren. Nos las arreglábamos para ir con tiempo y tomar un armagnac en la elegante cantina de la Estación del Norte, justo en la parte de atrás de donde estoy esta noche: una amplia sala con un mostrador en el que se realizaba el registro y la salida de los ocupantes del hotel, y una escalera lateral por la que bajaban los huéspedes. La estancia quedaba cruzada por un cordel del que colgaban las banderas de diferentes países europeos. El recinto, de tarima brillante, era una especie de colofón del cosmopolitismo donostiarra, con aires de club suizo de montaña, que te hacía olvidar que estabas en pleno franquismo. El hermano mayor ante el viaje no te hacía ninguna recomendación, pero comprendías que, donde fueras, la vida sin su protección sería algo más difícil…
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Catedrático
Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.
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