Polio, ¿vacunadores o espías de la CIA?
miércoles 05 de marzo de 2014, 20:54h
Polio, el nombre de la terrible enfermedad que ataca el sistema nervioso de los niños afectados, destruyendo sus neuronas motoras en cuestión de días o, incluso, horas, nos lleva, afortunadamente, a pensar en generaciones pasadas. Al menos, en la inmensa mayoría del mundo. El virus de la poliomielitis hace décadas que quedó erradicado en casi todos los países de los cinco continentes, gracias a la campaña de vacunación global, liderada por la OMS, que inició la ONU en 1988. Pero la meta, como es obvio, era borrarlo de cualquier punto del mapa, por remoto que este fuera. Instituciones de carácter privado, como Rotary Club o la fundación del matrimonio Gates, se sumaron también a tan crucial empeño. Para que jamás volviera a existir la posibilidad de que un niño fuese condenado de por vida a la invalidez, a causa de un virus para el que existe una eficaz vacuna. En la actualidad, sólo tres países del mundo – Nigeria, Afganistán y Pakistán - siguen teniendo, oficialmente, brotes continuados de la infección que provoca la parálisis infantil, aunque lo cierto es que, últimamente, han aparecido casos aislados en otros países cercanos. La OMS, a través de su portavoz de la Iniciativa Mundial para la Erradicación de la Polio, Oliver Rosenbauer, lleva un tiempo avisando, por ejemplo, de que en Siria, donde el conflicto armado dura ya tres años, han vuelto a aparecer contagios y que esto podría significar “que la enfermedad regrese y cause brotes en muchos países de todo el mundo”. Ha ocurrido, asimismo, en Somalia, donde la polio se había erradicado. De modo que la OMS habla de terreno perdido en la lucha de todos estos años y, sobre todo, alerta con datos escalofriantes del alto poder de contagio de este virus que, para colmo, en la mayoría de las ocasiones se presenta de forma asintomática.
“Sabemos, a partir de modelos matemáticos, que si no erradicamos la polio en diez años podremos llegar a ver 200.000 casos nuevos al año”, ha asegurado el citado portavoz de la OMS, calificando de “catástrofe humanitaria” el hecho de que finalmente no se pudiera vencer por completo al virus. Sin embargo, Siria, donde los bombardeos han destruido infinidad de estructuras sanitarias interrumpiendo diversos programas de vacunación, o Somalia, muchos de cuyos habitantes se refugian en campos de Kenia – como el de Dadaab, el más grande del mundo – dificultando la labor de localizar a los niños para vacunarlos, no son los problemas más graves para la OMS. Desde hace unos años, en Pakistán los vientos empezaron a soplar en contra de las campañas anti-polio y, aunque parecía que las autoridades empezaban a ganar terreno a los talibanes, contrarios a la vacunación, el atentado del pasado 24 de febrero, en el que murieron 12 personas, ha hecho que vuelvan a sonar las alarmas. También, que en el resto del mundo nos preguntemos cuál es esa razón tan fundamental – o fundamentalista – que obliga a los vacunadores a llevar escolta, jugándose la vida con el único objetivo de evitar que los niños puedan infectarse. Me dirán, claro, que no hay que buscar razones, porque no las hay, en las conductas radicales. En los odios que hacen estallar guerras, esos que consideran la muerte o el padecimiento de los más débiles como un mal necesario. Un daño colateral.
Razón o no, excusa sí creyeron encontrar los talibanes para prohibir que se vacunara a más niños. Antes de 2011, ya advertían de que esas vacunas bien podían ser un complot para reducir la fertilidad de los musulmanes, mirando con desconfianza los convoyes que se desplazaban de ciudad en ciudad, de aldea en aldea. Pero fue a partir de ese año, más en concreto, desde el día en que los Estados Unidos encontraron al hombre más buscado del Planeta, cuando empezaron los atentados contra los equipos médicos encargados de las vacunaciones. La razón o excusa: se trataba de operativos encubiertos de los servicios de inteligencia de EEUU. De los panfletos que advertían que las campañas de vacunación podían ser, además de un complot anti-fertilidad, una tapadera de la red de espías de EEUU y sus aliados, los talibanes pronto pasarían a las armas. Para ellos, sus sospechas estaban más que confirmadas, porque la operación de los Navy Seals había coincidido, precisamente, con una campaña de vacunación en Abbottabad. Al frente de la citada campaña anti-polio, se encontraba un médico pakistaní, Shakeel Afridi, a quien se acusó de haber aprovechado la vacunación para extraer ADN de todos los niños de la ciudad, hasta encontrar aquellos perfiles genéticos que coincidían con los de la familia de Osama Bin Laden. La OMS se apresuró a declarar que el citado facultativo paquistaní no llevaba a cabo ninguna campaña anti-polio, pero los talibanes metieron a todos los vacunadores en el mismo saco. Para curarse en salud, a la vez que condenaban a muchos niños a una posible enfermedad.
En todo caso, los esfuerzos de las organizaciones sanitarias mundiales y, por supuesto, de las autoridades de ese país, así como de Afganistán, no han escatimado esfuerzos para lograr que pueda proseguir la misión anti-polio. Incluso después del último atentado contra vacunadores y policías encargados de su seguridad, nadie quiere creer que, al final, no acabe por imponerse el sentido común. De hecho, un alto mando talibán, de la región del Jiber, ha dado un pequeño paso al frente, afirmando que los médicos ya no son “en principio” un objetivo específico de su organización, tras haber consultado con expertos facultativos musulmanes. Y es que, sólo desde dentro, negociando con los líderes de cada comunidad para que garanticen salvoconductos a los equipos de vacunación, podrá continuarse la lucha contra el virus. Únicamente convenciendo a los talibanes, podrá lograrse que la polio se convierta en la tercera enfermedad infecciosa eliminada por completo – antes lo fueron la viruela y la peste bovina – de la Tierra. No parece fácil. A pesar de excepciones como la del citado responsable talibán, cuyas declaraciones fueron publicadas en el periódico paquistaní Dawn, por el momento, ni siquiera destacados eruditos islámicos han logrado persuadir a los más radicales.
Menos aún podrán conseguir iniciativas como la del folleto de UNICEF que compila cerca de 40 decretos religiosos favorables a la vacunación, con el que intenta convencer a los padres de que venzan el miedo a los talibanes y no pongan en peligro a sus hijos. “Por un lado”, se ha quejado Mohammad Nabi, un importante clérigo de Peshawar, “dicen promover el Islam y, por otro, desafían a los eruditos islámicos. El Islam pide a sus seguidores que protejan a sus hijos de las enfermedades”. Tampoco la conferencia internacional de eruditos religiosos de junio del pasado año, ha servido para terminar con los atentados, y eso que su mensaje fue contundente. El edicto, con la firma de destacados religiosos de Pakistán, Egipto, Afganistán y Arabia Saudí, declaraba infieles a quienes asesinaran a los trabajadores dedicados a combatir la poliomielitis. Por eso, el ataque del 24 de febrero en el noroeste de Pakistán fue un mazazo para la comunidad internacional. No sólo para la responsable de la salud mundial o la dedicada especialmente a la infancia. Porque, antes que asesinar a quienes se desplazan miles de kilómetros para vacunar a niños, seguro que habrá una forma mejor de comprobar que en el equipo sanitario no se esconde un espía disfrazado de galeno. O de cualquier otra cosa. Y si no la hay, habría que buscarla de inmediato.
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Escritora
ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora
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