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¿Podría haber un nuevo 11-M?

Luis de la Corte Ibáñez
lunes 10 de marzo de 2014, 20:11h
Brutal, confuso, despiadado, amargo, divisivo, frenético, cacofónico, infame ... Al menos en estos adjetivos estaremos de acuerdo, ¿o no? Al definir aquel 11 de marzo de 2004, me refiero. Todos ellos son negativos, claro. ¿O acaso podría escribirse alguna palabra grata sobre el ataque terrorista más desestabilizador y mortífero perpetrado en España?

Aunque la destructiva polarización y controversia sobrevenidas lo empañaran todo de inmediato, vale la pena recordar la espontánea y veloz reacción de solidaridad desatada en Madrid y el resto del país, el urgente celo puesto por sanitarios, psicólogos y fuerzas de seguridad para atender a las víctimas, aplicado sin desmayo durante días interminables. Y aún hay algo más. Pues, a no ser que un mal giro de la fortuna lo desmienta en un último momento, el 11-M no sólo fue el primer gran atentado yihadista cometido en España sino el único con esas características consumado en diez años. El tiempo ha ayudado a la sociedad española a superar los miedos que la atenazaron en los días y meses que siguieron a aquel 11 de marzo y que tanto enconaron la vida social y política en nuestro país. Hoy los españoles somos escépticos ante la posibilidad de padecer un nuevo atentado de factura islamista y nada parece más natural que esta confianza avalada por diez años sin víctimas. Pero puesto que el terrorismo yihadista sigue mostrando su pujanza en otras partes del mundo no es imprudente preguntar si esa amenaza ha quedado definitivamente atrás o si, por el contrario, aún es pronto para desecharla por siempre jamás.

A veces, cuando los servicios de inteligencia son requeridos para elaborar pronósticos sobre la materialización de ciertos riesgos sus analistas recurren a un interesante experimento mental basado en suponer que la amenaza a estudiar efectivamente ya ha sido consumada. Tras esbozar una descripción verosímil del hecho el siguiente paso es reconstruir imaginativamente el conjunto de circunstancias necesarias que debieron conjugarse para dar lugar al desenlace por el que se interroga. Para estimar el riesgo de un nuevo 11-M podría recurrirse a un procedimiento algo similar, sólo que ahorrándonos su primera fase. Pues de todos los malentendidos y consignas que se han venido repitiendo sobre aquellos días de horror la más errónea de todas quizá haya sido aquella de que: “seguimos sin saber lo que pasó”. Ciertamente, no todo nos ha sido revelado. Sin embargo, disponemos ya de una descripción bastante completa de por qué y cómo se prepararon los atentados de marzo de 2004.

Confirmando en cierta medida lo que otros escribieron antes (por ejemplo, Javier Jordán y yo mismo en La yihad terrorista, 2007), refutando y matizando parte de lo antes propuesto y ampliando considerablemente lo sabido, en su investigación recién publicada, Matadlos, el profesor Fernando Reinares ofrece la reconstrucción más acabada y fiable de los sucesos que llevaron al 11-M. Según su investigación dos de los motivos que inspiraron los atentados de Madrid fueron enteramente independientes de la presencia de tropas en Irak (en la que tanto insistieron los críticos de Aznar), ni tampoco en Afganistán (de la que casi no se habló). Esos dos motivos fueron el deseo de vengar las detenciones de yihadistas practicadas en España y el recurso legitimador de Al Andalus. No es que la posición del Estado español sobre esos dos conflictos no influyera ni ayudara, porque sí lo hizo. Aunque en bastante menor medida de lo que se pensó durante mucho tiempo. Pues aun facilitando la bendición del propio Osama Bin Laden a la operación contra los trenes, Irak no inspiró la decisión, ya tomada antes de que botas españolas pisaran ese país.

Los sucesos y circunstancias que crearon las motivaciones para atentar en Madrid y que posibilitaron el paso de la intención al acto podrían sintetizarse mediante tres referencias. Primera, la llegada a España desde finales de la década de 1980 de un puñado de extremistas carismáticos y avezados, procedentes del Magreb y Oriente Próximo, y progresivamente conectados con diversos nodos y actores del universo Al Qaida situados en Europa, el Norte de África y Asia Central. En segundo lugar, y como consecuencia parcial de lo anterior, el posterior crecimiento y diversificación de las redes yihadistas fundadas en España por esos primeros protagonistas, fruto de una intensa labor proselitista y de captación. En un primer momento, tanto los líderes de estas primeras redes como los individuos radicalizados gracias a sus influencias priorizaron las labores de formación y apoyo a los frentes externos de yihad. Pero como luego se pudo ver nada de eso sirvió para contener sus deseos de atentar en nuestro suelo. Por último, la consumación del 11-M vino facilitada por las limitaciones del sistema de seguridad español, volcado hasta 2004 en dar respuesta a otro terrorismo bien diferente y por ello mismo insuficientemente dotado para hacer frente a una amenaza yihadista creciente. Gracias a una sinérgica interacción entre esas tres circunstancias unos pocos terroristas empezaron soñando con la matanza; pasaron luego a sumar voluntades, fuerzas y apoyos; en un tercer y muy rápido paso buscaron y obtuvieron los recursos (explosivos) necesarios, logrando que ese movimiento pasara desapercibido; y, finalmente, sin vacilación alguna, actuaron.

¿Qué nos dice el 11-M sobre nuestro nivel actual de riesgo? Veamos. Como efecto de una apresurada orden presidencial para retirar las tropas, el incentivo estratégico de la guerra de Irak desapareció a las pocas semanas de producirse los atentados. Aunque retirando un incentivo para volver a ser atacados la decisión y actitud del presidente Rodríguez Zapatero respecto a Irak creó otro nuevo. Pues para el yihadismo España quedó retratada como una nación “influenciable”. Y siempre es más fácil que se vuelva a intentar influir sobre quien ya fue influido con éxito una vez anterior. Quizá por esa razón, entre otras, en los años que siguieron a la salida de Irak otros yihadistas intentaron atentar de nuevo en nuestro país en varias ocasiones. Aún podríamos explicarlo como consecuencia exclusiva de nuestra permanencia en Afganistán. Pero lo cierto es que los otros motivos que llevaron al 11-M, aparte la presencia de tropas en frentes de guerra, también siguieron activos después de 2004 y seguirán estando presentes una vez concluya la campaña afgana. A un lado tenemos el señalamiento de España como territorio a “reconquistar”, una práctica en la que los órganos de propaganda del yihadismo global vienen insistiendo cada vez más (sobre esto véase Al Andalus 2.0, Manuel Torres, 2013, otro riguroso estudio reciente). Y de otra parte está la persecución de yihadistas en España, la que por cierto creció de forma muy significativa durante los años inmediatamente posteriores a la tragedia de Madrid y que seguramente no cesara del todo en los próximos. Si a todo esto sumamos la condición de España como miembro de la Unión Europea, aliado de Estados Unidos y país occidental, aún es pronto para afirmar que nos hemos caído de la lista de enemigos. Aunque, por supuesto, una cosa es querer y otra poder.

De las tres circunstancias facilitadoras del 11-M antes indicadas una se ha mantenido estable y otras dos han variado. Lo estable es el arraigo del islamismo más radical en España, con apoyos siempre muy minoritarios en las diásporas de origen musulmán, pero con una implantación que no se ha diluido con los años. El dato de 472 detenidos en estos diez años es elocuente: si no volvemos a sufrir un ataque en casa no será por falta de fanáticos peligrosos. Lo que sí han cambiado son las capacidades y vínculos de “nuestros” yihadistas y nuestro sistema de seguridad, ambos en una dirección tranquilizadora. Las investigaciones policiales de los últimos años muestran que en España, al igual que en otros países de nuestro entorno, cada vez se detectan menos células dependientes de las grandes estructuras terroristas ubicadas fuera de Europa y más células e individuos radicales desconectados de aquellas organizaciones. En consecuencia, los terroristas profesionales comienzan a escasear mientras proliferan los aficionados, carentes de preparación técnica y poco prudentes. Además, las detenciones más recientes también sugieren que la mayoría de los yihadistas que todavía mantienen vínculos organizativos externos han vuelto a priorizar el apoyo a frentes de yihad más lejanos. Por su parte, el sistema de seguridad español de 2014 está bastante mejor adaptado a la amenaza yihadista de lo que lo estaba el de 2004: mejor dotado (casi 3.000 agentes especializados) y fortalecido por la experiencia acumulada (64 operaciones entre 1995 y 2013), por una cooperación internacional progresiva y por algunos cambios a la medida introducidos en nuestra legislación antiterrorista (ver Ponte y Jordán, Todo el peso de la ley, 2014). Considerando en su conjunto estas condiciones la probabilidad que cabe asignar a la materialización de un nuevo 11-M no puede ser muy elevada, al menos para el corto plazo. Lo cual, sin embargo, no significa que sea un imposible y mucho menos que no exista riesgo alguno de que volvamos a lamentar uno o varios ataques yihadistas. Aunque por el momento el atentado más probable sería menos letal y ambicioso que el de aquella aciaga mañana de marzo.

Pero tampoco podemos descartar algún cambio repentino que vuelva a elevar el riesgo. La última lección a extraer del 11-M nos pone en guardia sobre los pronósticos que sólo anticipan la continuación de tendencias ya consolidadas. Durante años se pensó que el hecho de que la tolerancia de las sociedades europeas permitiera al extremismo islámico utilizarlas como retaguardia y refugio las dejaba libre de todo peligro. Así lo creyeron algunas autoridades españolas. Y ya vimos cómo nos fue. Hoy vuelve a sugerirse la misma idea: la regionalización de Al Qaida y el movimiento yihadista, la aplicación de la mayor parte de sus esfuerzos en guerras locales, nos dejaría libres de grandes atentados. Ojalá sea así. Pero, insisto por última vez, dar por sentado que el mañana repetirá el hoy, incluso el ayer, puede convertirse en un modo peligroso de pensar. ¿Qué pasará si un día de estos algún líder con carisma y bien conectado consigue reconstruir algunas de las muchas células desmanteladas durante estos años en Europa y logra restablecer sus conexiones con alguna de las estructuras matrices de la yihad global? ¿Y qué consecuencias podría traernos un eventual regreso generalizado de los voluntarios europeos y magrebíes que hoy combaten en Siria bajo la atenta mirada de Al Qaida? Si algo de esto ocurriera nuestras estimaciones sobre un nuevo 11-M quizá tuvieran que ser revisadas.
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