El terrorismo en China
Ricardo Ruiz de la Serna
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
sábado 15 de marzo de 2014, 20:49h
Hace dos semanas, un grupo de terroristas irrumpieron con cuchillos en la estación de ferrocarril de Kunming, en la provincia de Yunnan, al suroeste del país. Los asaltantes mataron a 29 personas e hirieron a más de cien. El Gobierno chino culpa a los separatistas de la Región Autónoma de Xinjiang, al noreste del país, limítrofe con el Tíbet y rica en recursos naturales. La región la habita una de las etnias minoritarias de China –los uigures- que son mayoría en Xinjiang. De los veintiún millones de habitantes de la provincia, aproximadamente un 45% son uigures y un 40% son han. Los demás pertenecen a etnias minoritarias. Los uigures son de origen turcomano, profesan el Islam y se sienten discriminados por Pekín respecto a los han, la etnia mayoritaria de China (98% del total de la población del país). En el año 2009, la violencia alcanzó su punto álgido con un total de 200 muertos. El año pasado las protestas se cobraron un total de cien víctimas mortales. Desde hace mucho, Xinjiang es uno de los mayores dolores de cabeza de Pekín.
Las relaciones entre Xinjiang –cuyo territorio es aproximadamente el doble del de Turquía- y el resto de China han sido estrechísimas a lo largo de la Historia. Desde que entre los siglos II y I A.C. los emperadores Han conquistasen el corredor de Gansu y asegurasen el control del acceso al Asia Central para el comercio chino, la relación entre esta provincia y el resto de China ha sido a la vez problemática y esencial para el Imperio primero y la República después. Los han y los uigures se han relacionado alternando periodos de convivencia con periodos de franca hostilidad. De Xinjiang venían los archienemigos del Imperio durante la dinastía Han (226 A.C.-220 D.C.): los xiongnu, un pueblo nómada contra el que guerrearon todos los emperadores hasta someterlos. Sin embargo, los uigures mantuvieron la lengua, las tradiciones y el Islam como señas de identidad. Esto no es tan extraño en China. A lo largo de toda la antigua Ruta de la Seda y por buena parte de las provincias del interior del país –Gansu, Ningxia, Chendgdu, Shaanxi, por ejemplo- existen minorías musulmanas de gran importancia. La Gran Mezquita de Xi´an es uno de los lugares más visitados de la ciudad. Es frecuente encontrar restaurantes y tiendas de comida halal, aquella que se adecúa a las prescripciones coránicas sobre alimentación. El Islam chino es una realidad y sería impreciso reducir el conflicto de Xinjiang a un problema religioso.
Sin embargo, es cierto que el Gobierno chino viene advirtiendo desde hace años de la radicalización de una parte de los musulmanes de Xinjiang. El movimiento separatista reivindica las raíces turcomanas de los uigures y alterna el nacionalismo con el islamismo. El ateísmo oficial de la República Popular China ha exacerbado durante décadas la práctica religiosa islámica como forma de resistencia, no frente a la persecución religiosa, sino frente a la creciente presencia de chinos de etnia han en la provincia. Los atentados con bomba de 1992, 1997 y 2010 y los ataques de 2011 han ido marcando una progresiva tendencia del movimiento uigur a la violencia. Esto es una línea roja para el Gobierno de Pekín, que jamás ha consentido desde el nacimiento de la República en 1912 una violencia alternativa al monopolio que ejerce el Estado moderno. En el pensamiento político chino, es obligación del gobernante evitar el caos, aun a costa de ejercer una violencia mayor que la del rebelde. Así, la cooperación del Gobierno en la lucha contra el terrorismo internacional ha ido unida a un endurecimiento de las medidas de seguridad y de excepción en la que, tal vez, sea la región más conflictiva de China.
Los uigures no tienen una ideología o una militancia política común. Las organizaciones que históricamente han recurrido a la violencia –el Movimiento Islámico del Turquestán Oriental, la Organización para la Liberación del Turquestán Oriental, el Frente Revolucionario Unido del Turquestán Oriental, la Organización Uigur para la Liberación- carecían de la capacidad de cometer atentados fuera de Xinjiang y su amenaza estaba contenida. Por eso, el ataque en Yunnan ha hecho saltar las alarmas en Pekín. El Presidente Xi Jinping ha exigido a las autoridades de Kunming la detención de los culpables. El Consejo de Seguridad de Naciones Unidas condenó el atentado. El Ministro de Seguridad Pública, Guo Shengkun, ha viajado a la provincia de Yunnan y Meng Jianzhu, el director de la Comisión para Asuntos Políticos y Legales del Comité de China Central del Partido Comunista, ha prometido un severo castigo a los autores. Las medidas de seguridad en ciertos lugares públicos se han aumentado.
La cuestión uigur dista de estar resuelta. El desarrollo que, según el Gobierno chino, se ha producido en Xinjiang –hospitales, carreteras, viviendas sociales, escuelas, etc.- es innegable. Sin embargo, los líderes uigures denuncian que los beneficiarios han sido los chinos de etnia han y no los uigures. Ahora bien, la Historia demuestra que es un error recurrir a la violencia contra las autoridades chinas y el terrorismo va a restar simpatías a las reivindicaciones de los uigures. Matar inocentes no sumará apoyos a su causa.
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Analista político
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