www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

CRÍTICA

Christopher Clark: Sonámbulos. Cómo Europa fue a la guerra en 1914

domingo 16 de marzo de 2014, 12:41h
Christopher Clark: Sonámbulos. Cómo Europa fue a la guerra en 1914. Traducción de Irene Cifuentes y Alejandro Pradera. Galaxia Gutenberg /Círculo de Lectores. Barcelona, 2014. 798 páginas. 29 €
Con ocasión del Centenario del inicio de la Primera Guerra Mundial han aparecido y aparecerán numerosas publicaciones al respecto: sobre la génesis, el factor militar, el desarrollo del conflicto, sobre Europa en esos años. En el plano histórico adquiere especial importancia el año 1914, bisagra entre los factores que anunciaron la guerra y el desarrollo de la contienda en los campos de batalla.

El presente libro del catedrático de la Universidad de Cambridge Christopher Clark se concentra precisamente en los orígenes, en la Europa que precedió a la guerra a fines del siglo XIX y comienzos del XX, en la política exterior y las alianzas de las grandes potencias (y también de aquellas fuerzas menores que serían relevantes en el conflicto). La investigación es monumental y felizmente logra hacer inteligible una historia que “tiene exceso de oferta informativa”, en documentos, libros y artículos en una variedad de idiomas que hace muy difícil aproximarse a la Gran Guerra.

Después de iniciada la Primera Guerra Mundial y en los estudios posteriores, aparece como evidente que la Paz Armada, la creciente militarización de Europa y la política de alianzas seguida por las principales potencias debía desembocar necesariamente en la guerra. Un libro o una investigación cualquiera van entrelazando los datos de manera que al final resulta casi imposible evitar el conflicto armado. ¿Era realmente así?

El libro de Clark nos ilustra sobre la inmensa complejidad del escenario europeo de entonces, de sus gobernantes y monarquías, las divisiones en el interior de cada país, las pugnas entre imperialistas y pacifistas, entre civiles y militares, entre quienes profundizaban los asuntos y quienes caían en el chauvinismo fácil que pronto se volvería el signo de los tiempos.

A su vez era complejo el eje de amistades: Alemania con el Imperio austrohúngaro, a quienes se oponían Serbia, con la amistad y respaldo de Rusia (que a su vez tenía la colaboración de Francia y ésta de Inglaterra). De esta manera, una ficha o una decisión originalmente localizada iba extendiendo sus efectos hacia otros actores, y entre todos transformaban un asunto local en una cuestión de dimensiones europeas.

Así sucedió precisamente con el ataque homicida de Gavrilo Princip en contra de Francisco Fernando (heredero del trono austrohúngaro) y su esposa el 28 de junio de 1914, que se produjo en Sarajevo. El suceso, nacido desde Serbia y la organización extremista la Mano Negra –muy bien explicada en el libro–, que tenía vínculos en el corazón mismo del gobierno de Belgrado, pronto generó consecuencias dramáticas y crecientes. En julio, el Gobierno de Austria-Hungría envió un ultimátum a Serbia que, en realidad, era imposible que recibiera una aceptación global, como quedó claro con la diplomática respuesta.

Paralelamente se desarrollaron las vertiginosas y volcánicas reuniones políticas (en el interior de cada país) y diplomáticas (entre los Estados). Las posturas deambulaban entre la necesidad de respuestas enérgicas y disuasiones mostrando fuerza (a fin de evitar el conflicto bélico, como muchos querían efectivamente) y posturas que favorecían la guerra por ser el mejor momento, por las ofensas recibidas o por cierta posición atávica hacia esa forma de resolver las crisis.

Lo que en un principio era una cuestión local, en los Balcanes, reducida a Austria-Hungría y Serbia, pronto fue escalando hasta involucrar de una u otra forma a las grandes potencias del continente y a sus principales líderes, que parecían manejados o influidos por “fuerzas superiores” que los conducían al abismo.

Sin embargo, sería un error pensar en un final bélico necesario e inevitable. De hecho, en la segunda década del siglo XX había una mayor distensión y una mejor disposición hacia la paz. En muchos momentos la solución pacífica se creyó posible además de mejor. Pero, como en todo gran conflicto, son muchos los factores que explican el resultado final, así como debemos tener en mente aquellos que todavía nos resultan inexplicables.

Un aspecto clave, señala el autor, es lo “difícil que les resultaba a los contemporáneos mejor informados adivinar las intenciones de los aliados y los enemigos”. ¿Cuánto había de bravuconada en las amenazas de los adversarios y cuánto de inminencia de la guerra? ¿Hasta dónde eran realmente amigos los aliados? ¿Las armas eran meramente disuasivas o escondían el deseo de resolver los asuntos por la vía militar?

Otro aspecto crucial es el de las responsabilidades. El Tratado de Versalles y alguna historiografía han insistido en la culpa de Alemania y sus aliados. Clark nos disuade de esta explicación facilona. Por otra parte, en los estudios sobre el pasado siempre es convenientes recordar que en los asuntos históricos complejos -y este ciertamente lo es- hay que rechazar las explicaciones monocausalistas y privilegiar una visión más integradora, menos simples y, por lo mismo, más cercanas a la verdad.

Eso nos lleva a un aspecto de importancia fundamental, como es recordar que en la historia concurren las ideas, las estructuras y las personas, se entrelazan y van escribiendo los acontecimientos y los procesos de duración más larga. Así ocurrió en la génesis de la Gran Guerra. Así se articularon ideas como el honor, el nacionalismo o el equilibrio europeo; ciertas estructuras resultaron decisivas, como el Imperio, la Triple Alianza o la Triple Entente o la Mano Negra; figuras como Pasic o el zar Nicolás II, Edward Grey o el Káiser, el propio Gavrilo Princip o Francisco Fernando, el malogrado heredero de la potencia próxima a morir. Todos esos factores entrelazados para provocar un escenario temible, que nadie imaginó de la manera que se produjo y que terminó destruyendo los cimientos del mundo conocido hasta entonces.

Al finalizar el libro, Clark explica el título escogido: “Los protagonistas de 1914 eran como sonámbulos, vigilantes pero ciegos, angustiados por los sueños, pero inconscientes ante la realidad del horror que estaban a punto de traer al mundo”. Podríamos agregar que cuando despertaron ya era tarde, y la pesadilla que se disponían a vivir era una cruel realidad como no se había conocido hasta entonces.

Cuando estamos en el Centenario del comienzo de la Primera Guerra Mundial veremos aparecer nuevos estudios e intentos de explicar. Sonámbulos resulta una contribución de gran nivel para explicar la génesis del conflicto.

Por Alejandro San Francisco
¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (4)    No(0)

+
0 comentarios