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Adolfo Suárez, desde Chile

Alejandro San Francisco
martes 25 de marzo de 2014, 20:25h
Comencé a escribir estas líneas cuando la prensa anunciaba el agravamiento de la salud de Adolfo Suárez, y lo continué después de conocerse su deceso, de saber que ha recibido un reconocimiento unánime de los españoles, de que más de 30 mil personas visitaron su capilla ardiente y de unos funerales llenos de historia, al calor de un presente que a veces resulta confuso y de un futuro que requiere de fundamentos sólidos.

Si bien desde hace años había estado al margen de la política activa por su enfermedad, es una de las figuras determinantes de la política española en las últimas cuatro décadas. Mucho se ha escrito de él en los últimos días, la televisión ha abundado en imágenes históricas y numerosas figuras de la política y la cultura española han intentado reflexionar, a modo de balance, sobre lo que fue el hombre y su obra.

¿Quién fue Suárez? ¿Qué le dirán los padres a los hijos cuando ellos los interpelen sobre su vida? ¿Qué explicarán los libros de historia? En esto siempre se producen posibilidades de opiniones encontradas, discursos laudatorios enfrentados a críticas lapidarias, pasando por espacios intermedios de mayor o menor adhesión. En cualquier caso, siempre es correcto partir por los hechos objetivos para luego pasar a aquellos otros en que expresamos nuestras particulares visiones sobre ellos.

En cuanto a los sucesos históricos, lo que efectivamente ocurrió, nos encontramos con el presidente del gobierno de España en la transición a la democracia. Fueron años intensos, marcados por tantos temores como esperanzas. El sustrato histórico sobre el que se construyó la transición había sido una guerra civil en la década de 1930 con más de medio millón de muertos, así como un largo gobierno dictatorial subsecuente, que se extendió hasta 1975. Suárez lideró la transición democrática, régimen que comenzaba a convertirse en el mejor y más aceptado en casi todo el mundo, después de décadas de experimentos y fracasos repetidos, Guerra Fría, y tantos golpes de Estado, guerras civiles, revoluciones y otras promesas fallidas.

Como consecuencia de su trabajo y el de muchos españoles, la sociedad contó con una nueva Constitución en 1978, la integración de los distintos sectores de la política, la economía y la cultura al nuevo esquema que se iniciaba, el triunfo de la paz social a pesar de la pervivencia de algunos terroristas y otros tantos extremos. Con el paso del tiempo el crecimiento económico permitiría estándares de vida nunca antes conocidos, sumado a la inserción de España en Europa y en la escena internacional.

Cuando llegué a España hace poco más de dos años tuve especial interés por conocer lo que había sido la transición española. En parte porque había sido un modelo para Chile, que también había experimentado su propio proceso de quiebre democrático y que en las últimas tres décadas no solo restableció la democracia, sino que también había alcanzado un desarrollo económico inédito, sumado a un gran progreso social.

Puedo decir que tuve la fortuna de informarme con libros interesantes (el extraordinario Anatomía de un instante de Cercas, reflexiones de Carrillo, algunos otros), pero sobre todo de conocer a algunas figuras que contribuyeron con su talento y patriotismo en esa etapa. Entre ellos destaco a Juan José Laborda, senador constituyente de esos años y con una preclara visión histórica, y por cierto a Alfonso Osorio, hombre de ideas claras y gran conocedor de la política contemporánea. No puedo dejar de mencionar el privilegio de recibir la amistad de Adolfo Suárez Illana, cuyo sentido institucional y valoración de España son distintivos de primer orden.

El tema de fondo que hay detrás de las transiciones, la chilena y la española desde luego, es comprender que hay una etapa que culmina y una distinta que debe cimentarse sobre bases sólidas. No basta instaurar un régimen institucional, sino que debe ser duradero; no es suficiente no resolver los problemas por las armas como en el pasado, sino que es preciso construir la paz y la conciliación con sentido de unidad, con vocación genuina por comprender e integrar las distintas visiones en el nuevo orden político; los maximalismos resultan inaceptables, mientras la búsqueda de acuerdos, incluso algunas concesiones necesarias son una muestra de patriotismo y sentido del deber.

Todo esto genera críticas y suspicacias. Que el gobierno concede demasiado, como piensan los que adoptan una posición más conservadora, o que avanza muy lento, según expresarán los más revolucionarios. Quizá tengan algo de razón, pero también es posible que todavía no vean que la historia está cambiando y que la transición significa precisamente el paso de un gobierno a otro de naturaleza diferente. Todas esas críticas e incomprensiones las enfrentó en vida Adolfo Suárez. Quizá muchas de ellas tuvieran algo de justicia mientras otras fueran expresión de las pasiones políticas del momento. Lo ha resumido muy bien Luis María Ansón: “Cometió errores de envergadura pero el balance de su gestión política es abrumadoramente positivo”.

Esa es la historia de España, y también la de Chile y la de muchos países. En la hora de las divisiones profundas son muchos los que contribuyen a la destrucción de la convivencia cívica, que privilegian posturas extremas que después multiplican los lamentos. Por eso, en los momentos de reconstrucción de instituciones, de generación de consensos esenciales para vivir en sociedad, figuras como las de Adolfo Suárez son políticamente necesarias e históricamente cruciales.

La imagen elocuente de un Suárez cabal durante el 23F ha sido analizada con maestría por Javier Cercas, pero sobre todo ha tenido el reconocimiento de todos por su resultado de consolidación democrática en España. Si bien era el término de la vida de Suárez al frente del gobierno, permitía dar una visión de conjunto a esos años de cambios y esperanzas. Ortega y Gasset, en Mirabeau o el político, destaca la importancia de la “intuición histórica” en el político práctico. Suárez la tuvo al mayor nivel en un momento decisivo.

Eso solo bastaría para comprender su valor como bisagra, que no sólo debía unir dos épocas distintas, sino que también a una nación que había sufrido en el pasado los rigores de la guerra civil y la discordia. En eso fue exitoso, felizmente.
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