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Dilma Rousseff echa balones fuera

lunes 30 de junio de 2014, 14:12h
Actualizado el: 07/08/2015 09:41h
Las protestas contra el Mundial de Fútbol, que empieza la próxima semana, siguen produciéndose en Brasil con enorme intensidad. A las numerosas huelgas en diversos sectores -algunos clave como el transporte y la Policía- y manifestaciones que se han sucedido en los últimos meses, se acaba de sumar una multitudinaria marcha de personas sin techo dirigida hacia el estadio Arena Corinthians de Sao Paulo, donde se celebrará la inauguración oficial del gran evento deportivo. Estadio en el que aún se trabaja a marchas forzadas para que todo esté listo el día 12 de junio. Esta falta de previsión no ha escapado a las críticas ciudadanas, que han visto una considerable carencia de organización en un acontecimiento de gran repercusión global que exigía ser impecablemente planificado.

Aunque no es la chapuza organizativa lo que más irritado a los brasileños, entre los que seis de cada diez están contra el Mundial. Lo que ha vuelto a poner de manifiesto la marcha, que ha sido secundada por los trabajadores del Metro y por los agentes de Tráfico, es que el Mundial de Fútbol se está gestionando de manera errónea con gastos millonarios -Brasil ha invertido una cifra que supera con creces a la que emplearon Sudáfrica y Alemania juntas-, cuya hipotética recuperación por los ingresos que genere resulta muy incierta, por no decir prácticamente imposible. Unos gastos que han ocasionado una inmensa disminución en emplear fondos públicos en servicios básicos e imprescindibles como la educación, la sanidad, la vivienda o la seguridad, que demanda la ciudadanía cada vez con mayor crispación.

En este contexto es especialmente significativo que la Conferencia Episcopal brasileña se haya unido a los reproches a las autoridades con un duro documento sobre los “errores de la Copa”, que será distribuido en iglesias, aeropuertos, hoteles, restaurantes… en portugués, inglés y español. La Iglesia no ahorra críticas, censurando sobre todo la modificación de prioridades en la inversión del dinero público, en clara sintonía con las quejas de los ciudadanos. No es anecdótico tampoco que Mauro Silva, titular de la selección brasileña cuando ésta ganó el Mundial en 1994, no haya tenido pelos en la lengua para denunciar el irresponsable derroche, la chapucería y las prisas de última hora, que, además, están dando una pésima imagen de Brasil.
Y mientras arrecian las acusaciones, la presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, echa balones fuera, y, lejos de cualquier atisbo de autocrítica, se limita a señalar que todo es consecuencia de “malentendidos”. Curiosa apreciación cuando sus conciudadanos, incluidos ahora los obispos del país que cuenta con más católicos del mundo, han sido tan claros como insistentes en expresar las causas de su descontento.
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