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Flor de umbría

Martín-Miguel Rubio Esteban
lunes 30 de junio de 2014, 14:12h
Actualizado el: 07/08/2015 09:54h
Mi querido amigo José Luis Paniagua Tébar nos presenta aquí, a pocos días del inicio del reinado de Don Felipe VI – que esperemos sea beneficioso para todos los españoles y mantenga unidos bajo su Corona todos los territorios que constituyen España -, una geografía adecuada al tiempo vacacional, una geodesia literaria sin reloj; esto es, un tiempo vacío o de felicidad, un prustiano paraíso perdido de su infancia, rica en venturas, un montaraz paisaje edénico en el que comenzaba a disfrutar la burguesía valdepeñera a partir de los Años Veinte, Venta de Cárdenas. Los grandes autores de autobiografías o de un período de sus vidas a menudo no suelen darse cuenta de que lo que más interesa de sus relatos no son sus vidas, sino el marco en que se desarrollan. Cuando estos libros se convierten en gran literatura lo son porque en torno de la vida del que los escribe alientan otras vidas y sucesos que el autor supone que son el marco de su autorretrato cuando, en realidad, son el verdadero argumento. Por ello las mejores autobiografías son aquellas en las que el lector queda atrapado por el entorno del protagonista, como es la extraordinaria autobiografía de Darwin. El interés se hace máximo cuando el que escribe su autobiografía no se da cuenta de que lo hace; y relata sucesos o pensamientos o compone versos, sin advertir que cada uno de ellos es una pincelada de su efigie espiritual. La conciencia es siempre un espejo, pero las almas nobles, como la de nuestro amigo José Luis, no se dan cuenta de que se miran en él.

Pero quizás el verdadero protagonista de esta novela no sea el propio autor, sujeto siempre metadiegético, ni sus familiares (Covadonga, Joaquín, doña Juanita,etc.) ni la servidumbre de la casa de sus abuelos (Amable, Deogracias, Pepilla, Benita) ni sus amigos (Lorenzo, Emilita ), ni sus conocidos (Cecilio Muñoz Fillol), sino la tierra misma sobre la que se levanta y proyecta esta historia del paraíso perdido de la infancia de José Luis Paniagua. Es la propia venta de Cárdenas la que protagoniza esta novela, muy bien escrita y pensada, por cierto, y en este sentido esta novela tiene algo de novela de paisajes. El paisaje como delirio geológico y Naturaleza, con su reino vegetal y su reino animal.

Patricio, el taxista valdepeñero, es aquí el Palinuro, el guía prudente que sin ser Beatriz lleva todos los años al pequeño Dante observador al Paraíso en que, como todos los paraísos verdaderos, no existe el tiempo. La magia incantatoria de este Paraíso terrenal también ha sido ensalzada por el más grande genio valdepeñero de la Literatura, Francisco Nieva, el único escritor español clásico que nos queda, en sus espectaculares Memorias, Las cosas como fueron. Nada más terminada la Guerra Civil la familia Nieva se retira a la colonia de casas y hotelillos llamada Venta de Cárdenas, un paisaje que en las manos creadoras de Nieva es estremecedor, romántico, cervantino, sinfónico, nocturno. Y junto al Salto del Fraile o el Baño de Venus Nieva enmarcará escenas tremebundas: su relación con el joven guardia civil, la historia de la Mora y el Magaña, el Desesperado, Graziela, la cantante retirada, o el Suceso de la Niñera Extraña. Y lo saco aquí a colación como muestra de que los paisajes, aunque estén construidos por las mismas realidades, son siempre distintos como proyecciones de escritores con almas muy diferentes. Si el paisaje de Cárdenas en las manos maestras de Nieva puede llegar a ser tremebundo y amenazante, en la de Paniagua es siempre un locus amoenus en donde brotan, por terribles que sean, las aventuras épicas de unos ojos infantiles, que aunque en ocasiones puedan estar asustadizos, siempre son optimistas y luminosos. Los ojos del niño Paniagua afirman siempre la vida con aleluyas. El paisaje o ékphrasis, una vez más, como proyección del propio alma del escritor o del artista.

La infancia, cuando vive en medio de la Naturaleza, suele relacionarse con los seres vivos que la pueblan, con las configuraciones de carbono más variegadas, de igual a igual, porque el niño verdadero, y más aquél que vive en la Naturaleza, es un puro grito de Naturaleza. De ahí que la magia que ve escondida en ella, simbolizada por la mitología infantil con la que los adultos la acunan y decoran sus sueños – que probablemente encierren una verdad en la que los adultos ya no creen -, evoca una realidad de númenes, de “gente pensante que vive bajo las cosas”, que para sabios como Jung se acercan más a la realidad del ser, a una ontología que sólo sorprende a los niños porque sólo la pureza de los niños es merecedora de verla, y porque la educación supone muchas veces el completo hebetamiento de los poros del alma, de las antenas sensitivas de la mónada con ventanas abiertas que constituye al niño, que acabará olvidándose de que los ángeles regalan polvo de estrellas a las mariposas para que puedan volar. En ese sentido José Luis Paniagua es un buen rousseauniano, y yo comparto con él totalmente esta postura, lo mismo que otras muchas mundivisiones que él tiene y nos regala.

Es por ello que el mencionado Jung veía en el niño el único recipiente posible para guardar los remanentes arcaicos de la humanidad. Lo que los psicólogos llaman identidad psíquica o “participación mística”, ha sido eliminada de nuestro mundo de adultos, pero aún se mantiene en los niños que responden paradigmáticamente a la idea de niñez. Pero tampoco podemos permitirnos ser ingenuos o ñoños al tratar con el mundo de los niños. En él vive un espíritu que no es totalmente humano, sino más bien una bocanada de naturaleza, un espíritu de diosas bellas y generosas pero también crueles. Si los adultos hemos desposeído a todas las cosas de su misterios y numinosidad, no siendo ya nada sagrado para nosotros, José Luis Paniagua nos recuerda que la infancia es un recipiente que aún contiene este numinosidad sagrada. Y mucho más, si el niño ha vivido en la Naturaleza, y no la observa con una escala de importancia a los ojos de Creador, del gusano o la hormiga, pasando por la mariposa, los pájaros, los reptiles, los mamíferos, sino que la ve como participando toda de un mismo sensus communis que lo fundamenta todo.

Gracias a Benita José Luis adivinó que no existe una escala de los seres vivos, sino distintas caras de un único poliedro que constituye la vida. No sé yo qué habrá sido de Dña. Benita pero estoy seguro que su existencia fue una bendición para el autor de esta novela. La lógica de los niños es siempre superior a la de los mayores, tanto por su pureza como por no estar supeditada a ninguna conveniencia o prejuicio.

El sentido psicológico y metafísico de la sombra es para José Luis de raíz jungiana, tal como se nos revela en las páginas en que describe la honda impresión que le causó la obra de Peter Pan, o sus efectos posteriores no exentos de riesgos. José Luis tuvo que luchar para que no escapase su propia sombra.

El mágico paraje de Venta de Cárdenas cobraba especial misterio durante la noche, ya que desprovisto entonces de luz eléctrica, lo hacían fantasmal, con profundos toques de irrealidad perturbadora – de noche todos los gatos son pardos -, la luz vacilante de las velas, los quinqués, los candiles, el carburo, etc. Y ello subrayaba la presencia de los intermundia a los ojos pasmados del niño José Luis.

Aunque la fauna humana que se nos describe se hace con el análisis propio de una inteligencia adulta, los datos que se utilizan para llevarla a cabo son los que aportan los ojos puros de un niño, lo que hace más interesante la etopeya de los personajes y vecinos de Cárdenas.

Hermoso y entrañable es el recuerdo que José Luis brinda a su profesor de Historia y vecino vacacional de Cárdenas, don Lorenzo, paradigma del buen profesor que se entrega amorosamente, en cualquier momento, a sus alumnos, infundiéndoles instrucción y educación, y que no lo pudo ser también su profesor de filosofía porque la muerte llevó al diabético profesor con la Musa Clío, antes que José Luis llegara al curso de Bachillerato en que entonces se impartía tan bella materia, y que se la impartiría el famoso y ya mitificado profesor valdepeñero Don Cecilio Muñoz Fillol, maestro egregio y escritor sin duda estrambótico.

Don Florencio Guerrero simboliza la vejez extrema que se despide de la vida no sin antes aconsejar horacianamente a Pepe Luis que aproveche bien la vida, que se nos va en seguida. “Diviértete todo lo que puedas”. En tanto que Emilita y su perro representan la sagrada reanudación invicta de la vida, que sin olvidar a los muertos se ve abocada a mirar hacia adelante, y que se activa siempre más a partir de la excitación de los cuerpos que la del alma. En fin, magnífica novela de un tiempo nunca perdido, muy bien escrita, repleta de expresiones populares y adagios terruñeros, amable, y que yo les recomiendo leer en esta época de calor estival. Además. José Luis Paniagua Tébar es ya un valor seguro en las letras españolas. Muchas gracias por su atención.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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