CRÍTICA
Jung Chang: Cixí, la emperatriz. La concubina que creó la China moderna
lunes 30 de junio de 2014, 14:12h
Jung Chang: Cixí, la emperatriz. La concubina que creó la China moderna. Traducción de María Luisa Rodríguez-Tapia. Taurus. Madrid, 2014. 632 páginas. 23 €. Libro electrónico: 11,99 €
¿Hay algo más atractivo que una ciudad prohibida? ¿Quizá lo que viva en ella? En este tiempo de puertas abiertas y ciudades francas, en las que cada ciudadano es amo de algo -al menos de su destino- la biografía Cixí, la emperatriz, escrita por Jung Chang y publicada por Taurus, nos devuelve a un mundo en el que hay ciudades prohibidas, misterios tras biombos de seda amarilla y seres humanos que no son dueños de nada, ni siquiera de su destino; o que son dueños de todo, incluidos los destinos ajenos.
Cixí era una niña de buena familia que nació en 1836. A los dieciséis años, en 1851, fue elegida como concubina del emperador Xianfeng, de la dinastía manchú que reinaba en China tras haber sometido a los han. Cixí, a diferencia de otras niñas, sabía leer y escribir. No muy bien, pero sí lo suficiente como para, a partir de un momento dado, poder tener acceso a documentos y discusiones de Gobierno. Aunque su definitivo ascenso en el harén del emperador y en los rankings de la Ciudad Prohibida, le vino por quedarse embarazada y dar al emperador su único hijo, el a la postre hedonista y fallecido prematuramente de sífilis Tongzhi. Su nacimiento le aseguró el segundo puesto entre las concubinas, y sus capacidades un lugar alto en la lista de la política hecha mediante atrocidades.
Los problemas de la China de la segunda mitad del siglo XX eran simplemente desmesurados, como muchas cosas chinas. Las potencias occidentales estaban entrando en Oriente con cajas destempladas, en nombre del libre comercio. A Japón le metieron las cañoneras y, sumiso y sagaz, decidió reconvertirse en una monarquía constitucional, industrializarse y occidentalizarse. A China, le metieron las cañoneras y el opio, y menos sagaz, decidió seguir con una monarquía absoluta, en la que el emperador era un noble que vivía como un ermitaño en la concha de la Ciudad Prohibida, rodeado de regentes, y convertido en un símbolo vivo.
Cixi encarnó y protagonizó esas influencias reaccionarias chinas durante los años que van de la segunda guerra del opio en 1860 al fin de la monarquía en 1912. Final que se produjo mediante una abdicación de la emperatriz heredera Longyu, que pasó el poder de una monarquía con más de dos mil años de vida al pueblo chino. Pero para llegar a ese punto, el camino fue largo y azaroso: primero, murió el emperador padre, y después su hijo licencioso, Tongzhi. Cixí, en nombre de China, acabó con la vida de los regentes hostiles y se hizo con el poder. Aprovechó para poner en el trono a un sobrino, Guangxu, que resultó ser monárquico constitucional y reformista. Poco a poco, Cixí iría apartándolo del poder, y su muerte huele a arsénico (como muchas otras en el libro), a pesar de los esfuerzos de la autora por exculparla.
No tenemos espacio para relatar los detalles de la historia y de la vida de Cixí o de China. Baste decir que los países orientales tuvieron dos opciones frente a los occidentales y sus continuos requerimientos: abrirse o mantenerse reacios a la occidentalización. China optó por la segunda, y la vida de Cixí fue un continuo salir de Pekín cuando le quemaban un palacio, y volver cuando la cosa se había calmado. Por presiones, eliminó costumbres como la pena capital de “los mil cortes” (que consistía en rebanar al reo vivo en lonchas), o el vendado de los pies de las niñas, pero lo hizo hacia el final de su regencia y da la impresión de que lo hizo con renuencia.
La autora, como hemos indicado, hace una defensa de Cixí muy cerrada, de corte protofeminista: “Cixí fue mala, pero mucho menos mala de lo que podía haber sido y quizá menos mala que los hombres de su entorno; luego fue buena”. Justifica sus asesinatos, sus desviaciones de fondos de la marina para reconstruir su palacio de verano (“tenía una fijación infantil”), a pesar de su efecto en la guerra con Japón, y pasa de puntillas por el hedor a arsénico que dejaba allí por donde pasaba. La compleja relación con su archienemigo “Kang, el zorro salvaje” está muy simplificada (no se discute la alternativa que Kang apoyaba, que era el modelo japonés de transición), y hasta la muerte que da a Perla, la concubina de Gungxu, arrojándola viva a un pozo y abandonándola allí, está poetizada y justificada desde el punto de vista político.
Los historiadores chinos debaten sobre el papel que dejó está segunda emperatriz viuda, consorte permanente y regente real: ¿monstruo o reformadora visionaria? De momento, Hollywood está ocupado con una película sobre su vida The last empress. ¿Empress? Si Cixí, como dijo un francés anónimo, “c’est le seul homme de la Chine”.
Por José Pazó Espinosa