La intrépida reportera y periodista Cristina Morató nos trae la biografía de seis reinas que han pasado a la Historia. Mujeres con poder, mujeres rodeadas de lujo y suntuosidad, pero que, a pesar de todo, ninguna de ellas fue feliz. No cumplieron con las dos tareas principales para las cuales se entendía que servía una reina: ser el elegante acompañamiento del rey y proveer de sucesión dinástica.
Isabel de Baviera, la cinematográfica Sisí, una niña educada más para el ámbito rural que para el palaciego. No era la llamada a convertirse en mujer del emperador José Francisco, pero el destino así lo quiso. El protocolo de la Corte de Viena la asfixiaba, sufrió problemas de anorexia y bulimia a lo largo de toda su vida, obsesionada por mantenerse joven, bella y estilizada. Finalmente, la trágica muerte de su hijo Rodolfo sirvió de puntilla a una existencia en la que su suegra, la archiduquesa Sofía, fue el yugo insoportable de esta bella bávara. Un anarquista con sed de sangre acabó con su vida.
María Antonieta, a la que sus súbditos apodaron “La austriaca” despectivamente, una niña que deja su familia y su entorno para ser reina de Francia. La fuerte personalidad de su madre, la emperatriz María Teresa, servirá de abono para un comportamiento en ocasiones caprichoso y fuera de lugar. Pero con la madurez y la entereza que dan los años acabó sorprendiendo a sus enemigos durante el juicio que la llevó a la guillotina después de años de tormento tras la Revolución Francesa.
Eugenia de Montijo sufrió en sus carnes la infidelidad de su marido, el odio de una Corte que la despreciaba al considerarla extranjera y la frialdad de un pueblo que nunca la aceptó. La muerte de su esposo Napoleón III y de su único hijo la cambió en una enlutada dama que deambulaba por Europa esperando que le llegase su hora.
Qué decir de Cristina de Suecia, una mujer que desde su nacimiento engaña a todos pensando que es un hombre y que, posteriormente, se comportó como tal. Educada como un hombre, con vocabulario de hombre, higiene de hombre y vestimentas de hombre. Al final, ella, la hija del paladín de los protestantes, abdicó y lo más grave y deshonroso para su Corona y su país, se convirtió al catolicismo y acabó siendo enterrada en la basílica de San Pedro del Vaticano.
La gran Victoria, reina del Reino Unido y emperatriz de la India. Una mujer de un comportamiento poco victoriano. Mujer apasionada y que gustaba de disfrutar de la vida y de su marido, un primo que no pudo decir que no cuando la reina le eligió como su consorte. Algo muy alejado de lo que ella misma exigía a la sociedad inglesa de la época. Se puede decir que ella es la gran reina y su prole pobló el resto de casas reales europeas.
Acabamos con Alejandra una mujer de mirada triste, todos sus retratos y fotografías transmiten un sentimiento gris. Jamás se perdonaría por haber transmitido a su hijo la enfermedad de la hemofilia y estaría atormentada durante toda su vida. Mujer de una religiosidad extrema, vio anulada su personalidad por el enigmático Rasputín, alguien que sin duda tuvo mucho que ver en el final de la dinastía de los zares. En el sótano de una casa, junto a toda su familia, murió fusilada.
Fueran reinas, ostentaron el poder y eran sabedores de la importancia que recaía sobre sus hombros, pero, a pesar de los lujos y de toda la felicidad que podían tener a su alcance, fueron mujeres desgraciadas, mujeres maltratadas por la vida y, en definitiva, mujeres malditas.
Por Jorge Pato García