La teatralización propia de la política, con el Congreso de los Diputados como principal patio de butacas y escenario, magnifica aquello que no es más que la interpretación de un papel. Lo que ocurre en el hemiciclo se queda en el hemiciclo. Dicho de otra forma, aquello que no captan las cámaras es, por lo general, cordialidad. Este hecho nunca ha dejado de indignar a los concurrentes a las representaciones -prensa o público invitado-, ya que quien asiste desde casa al espectáculo observa crispación y diferencias irreconciliables entre los protagonistas.
A quien se le pregunte por la persona que más críticas ha recibido desde el Partido Popular en los últimos años, obviando a José Luis Rodríguez Zapatero, responderá probablemente que Alfredo Pérez Rubalcaba. Desde la bancada de enfrente le han afeado su falta de colaboración con el proyecto del Gobierno o su incapacidad para reconducir al Partido Socialista en lo orgánico y en lo electoral, con frecuentes recomendaciones de dimisión. Cosas de la política, ahora lo echan de menos y saben que la legislatura será más complicada sin él.
Una vez ha abandonado, Mariano Rajoy o Soraya Sáenz de Santamaría, entre otros, han explicitado lo que antes comentaban sólo en círculos de confianza: pese a ser rival y de los duros, y largo tiempo, no solía fallar cuando de grandes acuerdos de Estado se trataba. El más reciente, la abdicación de Juan Carlos I y la proclamación de Felipe VI. El presidente y la vicepresidenta desean que el nuevo 'número 1' de Ferraz conserve este sentido, pero no tienen excesiva confianza en esto.
Veteranos del socialismo, pese a la caída aún imparable en las urnas, temen también la marcha. Con Pérez Rubalcaba concluye, al menos a priori, el mandato de una generación procedente de la Transición, la mano en cada decisión de nombres sin ánimo alguno de seguir los pasos del cántabro y que siguen sin conocer qué hueco les será reservado una vez se renueve la jerarquía. Y que, en aún mayor medida, alertan de que las siglas puedan perder autenticidad para caer rendidas ante métodos y mensajes de partidos de nuevo cuño, en alusión evidente a Podemos.
Es en su adiós cuando recibe cariño y desde lugares, algunos, inesperados, de la misma manera que han surgido críticos próximos a él que hasta el anuncio aseguraban estar conformes. Acabada la función, los actores se quitan la careta hasta la próxima vez que se enciendan los focos. En septiembre comienza una nueva temporada y resultará interesante analizar el reparto y el texto. La presente concluye con aplausos a un supuesto villano que, para su honra o su desgracia, sabemos ahora que pocos rivales querían fuera.