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MIRADA ESCOLÁSTICA

¿La compañía también se integra?

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 18 de julio de 2014, 20:59h
La principal razón de que los jesuitas no escalasen el cursus honorum de la jerarquía prelaticia se fundamentaba en que en su afán misionero, a diferencia de la otras órdenes, acercaban a Cristo a los no cristianos mediante un proselitismo hartas veces heterodoxo que no obligaba a los indígenas infieles a abjurar de todas sus creencias. Así, jesuitas como el padre Mathieu Ricci o el P. Leconte bautizaron chinos que adoraban a los muertos, lo que significaba una idolatría a los ojos del Papa Clemente IX y una blasfemia para los rigoristas dominicos. Pero gracias a esa tolerancia jesuítica varios millones de chinos abrazaron el cristianismo. El mismo modus operandi siguieron en la América latina y en África, aumentando el número de cristianos gracias a su falta de vanos y desagradables escrúpulos teológicos. Porque es más fácil corregir las supersticiones cuando uno ya está dentro. Además los jesuitas, como el P. Parennin en la misma China, se esforzaban por ser útiles gracias a sus conocimientos de ingeniería, agricultura o medicina, lo que les hacía más atractivos a los no-cristianos. No cabe duda que han tenido más prestigio entre los no-cristianos que cualquier otra orden religiosa que haya existido en la Historia de la Iglesia. De hecho, más que un ardid creyeron sinceramente que el Dios Verdadero también había podido iluminar la conciencia de personas no-cristianas, pero santas, sensu stricto, es decir, no sólo paradigmas sino indiscutibles habitantes del Cielo. Así, el mencionado P. Leconte había escrito en sus Memorias de China lo siguiente: “que ese pueblo ha conservado durante más de dos mil años el conocimiento del verdadero Dios, que ha honrado al Creador en el más antiguo templo del universo; que China ha practicado las más puras lecciones de moral, cuando Europa se hallaba todavía en el error y la corrupción”.

Ahora bien, si hemos dejado con esto claro que los jesuitas son esa parte de la Iglesia que penetra con respeto y amor intelligendi en la mundivisión de los no creyentes para luego salir con éstos de ella – como el buen psiquiatra entra en el mundo del loco pero no se queda en él -, ¿cómo ha podido la Iglesia universal sentar en la cátedra de San Pedro a un jesuita? ¿Ya no hay universos de incrédulos en los que penetrar de forma heterodoxa? El único precedente parecido del Papa Francisco I en la Historia de la Compañía fue la del jesuita Juan Casimiro que fue rey de Polonia a mediados del siglo XVII, y que antes había sido cardenal, y que cansado de Polonia la dejó en 1670 retirándose a París y siendo abate de Saint-Germain-des-Prés. No sabemos si el jesuitismo del rey Juan Casimiro era de la misma índole que el del Papa Francisco I. Quizás sí si se hizo rey para educar y crear al que fuese el mejor rey polaco de todos los tiempos, Juan Sobieski, vencedor de los turcos y libertador de Viena. Y siguiendo esta lógica la Iglesia, maestra milenaria y sabia, ha tenido que meter en la cueva del Vaticano a un jesuita para ayudar a catolizar el propio Vaticano, como si ya fuese éste infidelium terra. ¿Qué significado tendría jesuitizar el Vaticano? En primer lugar que la Iglesia no sirva a dos señores: a Dios y a Mammón, o el dinero, en palabras del propio Jesús. O estás con Dios o estás con el dinero. Pocas cosas hay más incompatibles que Dios y el dinero. Además, “Nolite thesaurizare vobis tesauros in terra, ubi aerugo et tinea demolitur, et ubi fures effodiunt et furantur; thesaurizate autem vobis thesauros in caelo, ubi neque aerugo neque tinea demolitur, et ubi fures non effodiunt nec furantur; ubi enim est thesaurus tuus, ibi erit et cor tuum”. Y tener que recordar estas palabras de Jesús a la propia sede de Pedro es muy fuerte. Lo peor que podría pasar es que el Vaticano acabase por vaticanizar al jesuita; cosa que no puede descartarse. Por eso el P. Arrupe, que en Gloria esté, jamás hubiera permitido un Papa de la Compañía. Si la Compañía se vaticanizase, ¿qué reserva de moral cristiana le quedaría a la Iglesia católica?

Esperemos que la Virgen del Carmelo o de la montaña de San Elías, a la que con devoción honramos esta semana, siga protegiendo a la Iglesia que construyó su Hijo. La Orden carmelitana es precristiana, como la Virgen sensu stricto, que llevaba en su seno la Iglesia. También son precristianos sus escapularios, o el sello sagrado que cuelga en la espalda (scapula) como pacto entre Dios y los hombres. Todavía a la Virgen se la representa descalza. Y la Iglesia actual, tan llena de colesterol, debería preguntarse una y otra vez, por qué será que la Virgen María, su única Reina, lleva sus pies desnudos sobre la tierra que aún pisa. Los propios jesuitas se lo preguntaron y respondieron a esta cuestión.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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