POESÍA
Antonio Colinas: Canciones para una música silente
domingo 20 de julio de 2014, 13:53h
Actualizado el: 20 de julio de 2014, 14:13h
Siruela. Madrid, 2014. 240 páginas. 19,95 €. Libro electrónico: 9,99 €
Antonio Colinas, uno de los grandes nombres de nuestra actual lírica, nos ofrece un bello poemario donde el sentir y el pensar de la existencia se funden con armonía y brillantez
Por Francisco Estévez
Se inscriben los presentes poemas en el sentido más amplio del término canción y no en aquel otro de cierta composición con unas delimitaciones estrictas pues aquí, y como en el bello Cantar de los cantares, la entonación del canto es sustentada por la relación entre dos amantes separados (léase el poema “De fray Luis de León a Ana de Jesús”) como a la postre son el poeta y la poesía, por un “laberinto en que amamos, / del laberinto en que ardemos”. Aunque siempre debamos recordar con Goethe al fondo “la unidad /de la dualidad: el fugitivo amor”.
Canciones para una música silente queda dividido en seis secciones de distinta catadura y tono, pero enhebradas todas por un mismo entendimiento y valor del símbolo. Algunos poemas de la sección “El laberinto invisible” ya aparecieron en la Obra poética completa (2011) comentada en esta misma columna en fecha de recibo. Las notas de la plenitud o del gozo adquieren ahora una trascendencia grave de consumación. Como no puede ser de otra manera, es poesía de senectud y despedida: “Adiós a todo aquello que he amado. / Gracias por este don de haber podido / gozar la plenitud”, pero no en exclusiva pues aunque lo neguemos: “Nos debemos al lugar / del corazón.” Se concentran y aquilatan en estas páginas los temas centrales del último Colinas como pueden ser: la dulce y también escabrosa memoria, el tiempo que ha ido surcando con lentitud, la libre soledad, el sueño y lo irracional, la naturaleza en conjunto, o la ensoñación del ideal femenino, ese eterno femenino al modo de figura renacentista, del ideal de lo bello y lo verdadero. Pero también se presentan agrupados en sección propia siete poemas civiles, además de hondos y sentidos poemas familiares como el “Acróstico para mi hermano” o la remembranza ética del padre (“Unas pocas palabras”). Siempre, el poeta, de una u otra forma, acaba volviendo a aquellos temas que son primordiales, esenciales al ser humano.
Lejana de la pantomima actual de eso que mal llaman “conciencia plena”, toda escritura que se precie tiene tras de sí una lectura continua, reflexiva, y una meditación crítica. En estos poemas adquiere realidad textual aquello de que el lenguaje, en su doble perspectiva de escritura y lectura, es quizá el más intenso experimento de autoconocimiento que los humanos podamos plantear en el intento de ahondar en nuestra conciencia humana. Claro ejemplo de lo antedicho es la figura meditativa de Antonio Colinas, quien vive la poesía como interrogatorio vital, como experiencia penúltima del sentir. La redondez del decir conduce al vate a musitar el poema tras rodar todas las vueltas del camino ya en los quicios del silencio, con su música silente. Como en el resto de la obra del leonés, se tiende aquí a una sencillez transparente que respira en los límites del pensar y el sentir. Con filigranas exactas el poema “El eco” sirve de poética biográfica donde el escritor halla su particular laberinto verde o ese “río lento / en secreta espesura / de palabras”.
“Piensa el sentimiento, siente el pensamiento” consignó Miguel de Unamuno en su credo estético aquí recordado con utilidad; un pensamiento sentido es fruto del sentimiento que redacta este poemario pues pensar, sí, es vivir de nuevo. La poesía, ya lo sabe Colinas, nos abre para siempre los ojos a otra luz que nos deja en la blanca ceguera de ser. La poesía se distingue aquí por el intento de conformar un lenguaje que fulge, que ofrece un contenido oculto siendo el poeta quien revela tal mensaje. Estos poemas son tientos, aproximaciones a ese misterio la mayoría de las veces inexpugnable si no es por aproximación de la poesía que se envuelve en su bendita aura de incógnita. Antonio Colinas es desentrañador del mysterion poético y por ello contempla al vate como iniciado en un rito o secreto (mystes) palabra proveniente del verbo myein que designaba el acto de cerrar la boca o los ojos y del cual se deriva mystikós que con el devenir del tiempo mutó a nuestra actual mística, presencia constante en el pensamiento y poesía de nuestro autor en su voluntad de perpetuar el diálogo con los arcanos ocultos.
Hay un símbolo al final del bello ensayo Nuevo tratado de armonía (1999) que sirve para retratar la figura actual de Antonio Colinas. El autor contaba allí como el vaciar la casa supuso un desgarro pero también una liberación. Al vaciar la casa y dejarla blanca quedaba, de alguna manera, como el poeta la encontró y al mismo tiempo como algo vivo y diferente, transido de luz vivencial, vaya. Hoy Colinas es ya esa misma casa; se vacía en su propia escritura. Si bien es cierto que en estas Canciones como afirma el rótulo del poema de intencionales paréntesis, “(Madruga la palabra)”, no lo es menos que para ciertos orfebres del lenguaje, pensadores de la vida, la palabra no anochece cuando “no se acalla el ser”. Ello explica que tras la Obra poética completa del leonés sigamos a la escucha de esa misteriosa música que continúa perenne dictando sentidas y pensadas páginas de fina valía: “Y yo soy el que arde / en noche, en nieve, en música, en silencio”.