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CARLOS GONZÁLEZ PINTADO

"La responsabilidad de que el Apolo XI se posara en la Luna en el momento adecuado era de Madrid"

Laura Crespo
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lauracrespoelimparciales/12/5/12/24
viernes 25 de julio de 2014, 15:49h
Actualizado el: 17/09/2014 17:22h
'La responsabilidad de que el Apolo XI se posara en la Luna en el momento adecuado era de Madrid'
Carlos González coordinó las comunicaciones entre la nave y Houston desde la base de Fresnedillas en 1969.
20 de julio de 1969. Neil Armstrong y Edwin E. Aldrin están a punto de hacer historia. Amarrados con arneses a las paredes del angosto espacio del módulo lunar del Apolo XI, ambos astronautas esperan el alunizaje que los convertirá en los primeros hombres sobre la superficie de la Luna, los primeros en pisar un terreno extraterrestre. En el ordenador central, una luz roja indica que se ha producido la alarma 1201. En el panel de instrucción, la descripción de dicho problema es demasiada críptica, entendible sólo para el programador que la ha creado. Él es quien les tranquiliza desde Houston: la cantidad de información que está recibiendo el ordenador es demasiado grande para procesarla en tiempo real y únicamente avisa de que hay un poco de retraso. El descenso puede continuar. El parpadeo de la luz roja se acelera. “Alarma 1202”. Las noticias de Houston no son esta vez tan desestresantes: el ordenador ya no puede, ha dejado de ser fiable y existen, en este punto, dos alternativas. La primera, abortar la misión, soltar el módulo de aterrizaje e iniciar el ascenso para volver a la órbita lunar. Las segunda, coger los mandos y bajarlo de forma manual. Tras años de entrenamiento y 400.000 kilómetros, viendo el suelo lunar tan cerca, Armstrong se soltó sus amarres y, con la ayuda de las instrucciones de Aldrin, continuó el descenso. Primero, un terreno rocoso. En el segundo intento, una pendiente demasiado inclinada. Al tercero, una frase de Houston: “Águila, 30 segundos”. Exactamente el tiempo de combustible que quedaba: o aterrizan o se dan la vuelta. Poco después, una frase atribuida habitualmente a Armstrong y que pronunció en realidad Aldrin: “Houston, aquí base, tranquilidad, el águila ha aterrizado”.

Así relata aquel día histórico el ingeniero Carlos González Pintado, para quien esa frase de Aldrin supera a la histórica “Un pequeño paso para el hombre, un gran paso para la Humanidad”. A los 23 años, el ahora ex jefe de operaciones de la NASA en el Complejo de Comunicaciones de Robledo de Chavela, formó parte del equipo que desde la base de Fresnedillas de Oliva, en la sierra madrileña, sirvió de enlace de comunicación entre los astronautas del Apolo XI y Houston. “Mi labor era la de radiofrecuencia, buscar la mejor señal para recibir y transmitir los mensajes que se mandaban en ambas direcciones. Oía las conversaciones de Armstrong y Aldrin antes incluso que Houston”, explica González en una charla con este diario.

“Poner el pie en la Luna era algo simbólico, pero en ese momento ya estábamos en el suelo lunar, eso era tremendo y desde la base de Madrid pudimos vivirlo de forma exclusiva. Tras el aterrizaje les dijeron a Armstrong y a Aldrin que descansaran y que durmieran un poco y a mí, la verdad, me hizo gracia. Nosotros estábamos allí, aplaudiendo como locos y pensado que íbamos ser incapaces de dormir esa noche. ¿Cómo iban a dormir ellos con lo que acababan de vivir?”, recuerda.

Cuando el Apolo XI se posó sobre la superficie lunar, el equipo de Madrid había terminado su trabajo. Ellos ya habían vivido su momento histórico. Para el que, 45 años después, todo el mundo recuerda, aún faltaban tres horas.

“Los americanos organizaron todo al milímetro, para que la llegada del hombre a la luna sucediera en un horario en el que todos los Estados Unidos, con sus ocho zonas horarias, pudieran verlo en directo. Los astronautas no podían salir de la cápsula en cualquier momento y la responsabilidad de que el módulo de aterrizaje se posara en la superficie en el instante adecuado era de Madrid. Nosotros lo vivimos de una forma extraña, entre la gran responsabilidad de saber que no podíamos fallar y el orgullo de estar formando parte de algo histórico”.

Obviamente, Armstrong y Aldrin no durmieron entre el alunizaje y la orden de Houston de emprender la salida. El equipo de González tampoco. En la luna, los astronautas se dedicaron a meterse con tranquilidad en el traje lunar, una tarea que ocupa unas dos horas. En Madrid, se quedaron viendo la televisión y escuchando lo que sucedía en el interior de la cápsula.

González recuerda la tranquilidad y la ausencia de emociones de las comunicaciones entre la nave y la base de la NASA, incluso cuando se informaba de problemas y contratiempos. “Estoy convencido de que tenían un entrenamiento psicológico muy importante”. Sin embargo, desde Fresnadillas también controlaban las constantes biomédicas de los astronautas, y los latidos de su corazón delataron a Armstrong en su momento más extremo. Unos cambios de última hora en el diseño de la cápsula para rebajar su peso redujeron mínimamente la escotilla y la mochila de supervivencia de Armstrong le impedía salir por ella como se había entrenado en los ensayos. “Fue el momento de la misión en que su corazón latió más deprisa, hasta 156 pulsaciones por minuto”. Cambiando de postura varias veces, consiguió la inclinación adecuada para poder salir. El resto, ya es Historia.

La colaboración de España con la NASA

En plena carrera espacial, la NASA diseña una red de estaciones alrededor del mundo que permitan realizar el seguimiento de las misiones con una cobertura de 24 horas. Para conseguirlo, necesitaban al menos tres bases separadas 120 grados de longitud entre sí. En 1964, la agencia estadounidense disponía ya de dos de ellas: una en California, en el desierto del Mojave, y otra en Camberra (Australia). La tercera debía caer en Europa, en la zona que comprende España, el sur de Francia, Italia y el norte de Marruecos. La estabilidad política de la España de Franco y el cambio dólar-peseta, muy beneficioso para los americanos, terminó de inclinar la balanza hacia el territorio español, y se construyeron dos bases en los alrededores de Madrid: una en Robledo de Chavela –que fue, además, el lugar de recepción de la primera imagen por satélite de Marte de la historia- y otra en Fresnedillas de la Oliva, ambas con antenas de 26 metros de diámetro. Más adelante se construyó un tercer complejo en Cebreros.

Mientras las obras del ambicioso proyecto de la NASA en Madrid avanzaban, Carlos González había regresado de Estados Unidos, donde había terminado el instituto, e iniciaba en la capital sus estudios de ingeniería técnica industrial en la especialidad de electrónica, al tiempo que empezaba a trabajar para Telefónica. “Entonces vi unos anuncios en el periódico de que necesitaban técnicos que hablaran bien inglés para trabajar en las nuevas instalaciones de la NASA y no me lo pensé”. En una España en la que un ingeniero en ciernes con perfecto inglés era un bicho raro, González tuvo la primera entrevista con los americanos en el año 66, pero sin el servicio militar cumplido no podía optar al puesto. Se apuntó como voluntario a la mili y en 1968, a los 22 años, empezó a trabajar en la base de Fresnedillos, poco antes de que la NASA lanzara el primer vuelo tripulado del proyecto Apolo, el Apolo VII.

El componente político

Estados Unidos dedicó durante los sesenta y los setenta un 0,2 por ciento de su PIB al proyecto Apolo, lo que supone una cantidad importante de miles de millones de dólares. Sin embargo, el esfuerzo científico y económico tenía una motivación plenamente política. Los soviéticos habían lanzado el primer satélite artificial de la historia (Sputnik, 1957), puesto el primer ser vivo en órbita (la perra Laika, 1957) y enviado al primer hombre al espacio exterior (Yuri Gagarin, 1961). “Los americanos necesitaban dar una campanada realmente importante en la carrera espacial que estaban perdiendo claramente. Ir a la Luna era una cuestión de prestigio más que de interés científico”, valora González.

“En el momento en que se gana la carrera espacial, el contribuyente americano empieza a cuestionar seriamente la decisión de seguir mandando misiones al espacio. La NASA había proyectado veinte lanzamientos en el programa Apolo y, mediante ciertos subterfugios logró enviar el 15, el 16 y el 17. Los últimos tres ni llegaron a salir. No había interés, en absoluto”.



Desde la pérdida del componente político, la frenética actividad aeroespacial de Estados Unidos se ha ido ralentizando. “Tras el Apolo XI, nosotros estábamos convencidos de que en 20 años, en los noventa como mucho, llegábamos a Marte. Ahora no veo una nave tripulada al planeta rojo en los próximos cincuenta años. Vamos, que, con toda seguridad, yo no lo voy a ver”, confiesa el ingeniero.

Con la carrera espacial ganada, la NASA trabaja en el transbordador y arranca un periodo de colaboraciones internacionales para reducir costes que se ha mantenido hasta hoy. A pesar de todo, preguntado por el mayor reto de la investigación espacial actual, González sí señala a Marte. “Se sigue pensando que allí hay agua, probablemente en el subsuelo y, por tanto, algún tipo de vida. Por ahí van los tiros: descubrir si hay o ha habido vida en Marte y si en el pasado fue un planeta muy similar a la Tierra”. Eso sí, matiza que la exploración que se plantea en el futuro próximo implica el uso de vehículos científicos, como Curiosity, pero no el diseño de misiones tripuladas que, a pesar de los avances tecnológicos, siguen siendo extremadamente caras.

En este contexto, ¿puede perder Estados Unidos su condición de cabeza mundial de la industria y la investigación aeroespacial? “No, no de momento. Los muchísimos años de experiencia cuentan y la red americana de estaciones de seguimiento es mayor que la de cualquier otra potencia. Ahora hay muchos países que se están lanzando a la aventura espacial, pero a través de los sistemas de navegación, las redes comunicación o cualquier otro tipo de colaboración de NASA”.

Tras finalizar el programa Apolo, Carlos González siguió trabajando en las misiones del transbordador espacial primero y en el Skylab y el Apolo-Soyuz después, desde la base de Robledo de Chavela, donde terminaron centralizadas las tres estaciones madrileñas. Terminó su carrera profesional como jefe de operaciones de las misiones tripuladas que la NASA siguió dirigiendo desde Madrid.

Con el 45 aniversario de la llegada del hombre a la Luna, se han vuelto a alzar las voces negacionistas de la hazaña de Armstrong, las teorías de que el Apolo XI fue un montaje del Gobierno estadounidense en el contexto político de la Guerra Fría. “A pesar de la Guerra Fría y a pesar del odio acérrimo que parecía regir la relación entre las dos potencias, ocurrió en una ocasión que un Lunik soviético y un Apolo americano iban a pasar demasiado cerca el uno del otro. Los americanos pidieron a los soviéticos que durante los instantes decisivos para su misión apagaran el Lunik y los soviéticos lo hicieron. Todo ese enfrentamiento, ese desatino mundial absoluto, desaparecía cuando llegaba el momento realmente decisivo para la ciencia. Los científicos del mundo escriben para todo el mundo. En cuanto a las teorías de la conspiración, yo puedo confirmar a quien quiera oírlo de mi boca que el hombre llegó a la Luna. Yo estaba allí, yo veía las antenas apuntando a la luna, veía la señal que desde allí me llegaba y cómo yo la rebotaba. Cada uno es libre de tener la opinión que estime oportuna”.

Desde que se jubiló, el ex jefe de operaciones de la NASA imparte conferencias y escribe artículos y ensayos sobre exploración espacial pasada, presente y futura. “Pasas una parte importantísima de tu vida en tu trabajo, pero si tienes la suerte de trabajar en aquello que te gusta, después de jubilarte sigues trabajando. Y yo estaba haciendo lo que más me gustaba”.
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