BIOGRAFÍA
Jordi Gracia: José Ortega y Gasset
domingo 27 de julio de 2014, 12:28h
Actualizado el: 27 de julio de 2014, 12:41h
Taurus. Madrid, 2014. 712 páginas. 20 €. Libro electrónico: 10,99 €.
Voluminosa biografía que recorre la trayectoria vital de nuestro filósofo más trascendente, José Ortega y Gasset, situando la personalidad del creador del raciovitalismo en el convulso periodo histórico donde se desenvolvió. Por Luis de la Corte Ibáñez
Como torear un Miura. Así definió el periodista Javier Pradera a Jordi Gracia la tarea de biografiar a José Ortega y Gasset. El encargo a Gracia tenía el propósito de ampliar la brillante colección “Españoles eminentes”, impulsada con criterio inmejorable por la Fundación Juan March y la editorial Taurus. Gracia aceptó el envite y (debemos decirlo ya) el resultado ha sido un libro formidable. El propio Vargas Llosa lo hizo notar en un artículo recientemente publicado en el diario El País como reacción de gratitud a la lectura del texto que aquí se comenta.
Aunque migrando luego a otros asuntos bastante remotos del que nos trae aquí, quien escribe humildemente esta reseña dio sus primeros pasos como investigador académico estudiando la obra del gran filósofo madrileño. Por ello sabe bien cuán voluminosa es la bibliografía de Ortega y la bibliografía sobre Ortega. Si la suya propia dejó de crecer al desaparecer en 1955 los ensayos y estudios de interpretación de su pensamiento y su vida se han ido sucediendo sin interrupción y sin duda seguirán haciéndolo en los próximos años. De modo que estamos ante la última biografía de Ortega. Pero sólo por el momento. Bien es cierto que con este trabajo de Jordi Gracia los materiales e indicios que permiten reconstruir el personaje han sido reunidos y que no parece probable que se puedan obtener muchas informaciones nuevas. Pero con una obra de dimensiones oceánicas y un autor como el que nos ocupa, aún queda por interpretar.
Pero vayamos al libro de Gracia. ¿Mejora las biografías anteriores? Desde luego las amplía y en varias dimensiones. Quizá no sea la biografía de Ortega que reconstruye su contexto histórico con mayor minucia (aunque en todo lo caso lo hace en términos suficientes para ubicar al lector en la época de su protagonista). Las calas que se efectúan en las ideas del filósofo tampoco permiten calificar esta biografía como un libro filosófico o de pensamiento, como sí se podría decir de otras semblanzas sobre filósofos (un magnífico ejemplo puede encontrarse en la biografía de Rudiger Safranski sobre Martin Heidegger [1997,Tusquets], a la que Gracia recurre para su libro). Incluso algunas interpretaciones que se realizan sobre el elemento elitista en el pensamiento de Ortega, presentándolo como inactual, más decimonónico que “siglo XX”, resultan harto discutibles y asimismo incongruentes con otras pistas que se aportan en el libro.
Sin embargo, ya hemos dicho que el producto es excelente. En primer lugar, porque está magníficamente escrito. La prosa es elegante (por tanto precisa y clara) y la narración de las vicisitudes de Ortega es sumamente entretenida y está repleta de valiosas informaciones, algunas desconocidas hasta la fecha. Más importante todavía es que ninguna otra biografía anterior había puesto tanto empeño en penetrar la intimidad del mismo Ortega. Gracia lo hace mediante un aprovechamiento sin precedentes del epistolario inédito del filósofo, de las opiniones que otros dieron de él y de la contrastación entre la obra publicada en vida y los textos que aparecieron después y que Ortega desechó. Curiosamente el biógrafo se ha quejado de que hay zonas de la persona (no del personaje) a las que no ha logrado llegar. Pero eso se explica en parte por la propia naturaleza del biografiado: persona casi incapaz de dejar a un lado el personaje que representa. O esa es una de las sugerencias centrales que Gracia coloca en su libro.
Tres ideas u obsesiones recorren esta biografía. La primera acaba de ser apuntada. Gracia destaca una y otra vez la vanidad de Ortega, reflejada en lo que denomina su automitografía: la particular leyenda que el filósofo cultivó a lo largo de su vida, por escrito y de palabra, en torno a sí mismo y su propia genialidad (que, por otro lado, el biógrafo no niega). A tenor de las declaraciones y pasajes escogidos para demostrarlo (reiterados una y otra vez) es imposible negar que Ortega adquiriera desde muy joven un elevadísimo concepto de su inteligencia y de su obra. En todo caso, cabría recordar que esta es una nota repetida por otros muchos intelectuales, tanto de la época estudiada como de otras, incluyendo a no pocos menos brillantes y bastante menos influyentes que Ortega.
Segunda idea u obsesión: la vocación política tiró tanto de Ortega como su vocación filosófica y literaria. Lo resaltaba Vargas Llosa en su comentario al libro de Gracia. A partir de esta premisa Gracia deduce que el sacrificio patrio apuntado por Ortega para explicar sus varias entradas en asuntos y proyectos políticos formó parte íntegra de su automitografía. En la interpretación del autor no hubo tal sacrificio. Desde luego, la preocupación de Ortega por la política española fue sincera y profunda. Eso no se niega sino que se afirma con rotundidad. Pero para nada la amplia labor de crítica, pedagogía y acción políticas fueron realizadas a regañadientes pues nada interesó a Ortega más que la posibilidad de influir en el curso de los acontecimientos. El hecho de que a partir de un momento preciso decidiera suspender su acción política no probaría que ésta le importara realmente menos que su obra de filósofo. En cambio, sólo demostraría que Ortega supo reconocer que su talento, su carácter y sus ideas, más las circunstancias de la España de la primera mitad del siglo XX, le abocaban al fracaso en la política.
Con todo, las peripecias de Ortega en la política española se narran con detalle y maestría y ayudan a derruir los peores estereotipos sobre su sentido y ambiciones políticas que durante tanto tiempo consumieron los intelectuales españoles de izquierda y que tiñeron de esperpento alguna que otra biografía. Así, Gracia desmiente algunas malicias propaladas en el conocido texto de Gregorio Morán, El maestro en el erial (1998, Tusquets) y se enfrenta abiertamente con la leyenda de un Ortega protofascista o franquista. Que el falangismo español explotara algunos elementos de su pensamiento aristocratizante y patriótico y que sus ideas políticas evolucionaran desde la izquierda no marxista hasta cierto conservadurismo (aunque nunca estuvo claro qué hace de Ortega un conservador, aparte de su preferencia del orden sobre el caos…) no empaña su talante liberal y demócrata (ciertamente primero liberal y luego demócrata y no al revés). Y en este sentido hace muy bien Gracia en subrayar en varias ocasiones como Ortega se opuso a los totalitarismos de derechas e izquierdas desde los inicios de aquéllos y anticipó su tendencia a la barbarie. Esta lucidez, ya lo sabemos, faltó a otros muchos intelectuales y políticos de su tiempo.
Ortega fue mucho Ortega, incluso para sí mismo. Y esta es precisamente la tercera y última idea central que enhebra la biografía de Gracia, de principio a fin. El filósofo libró una permanente batalla contra sí mismo: Ortega contra Ortega, por repetir una formula expresiva varias veces empleada por el biógrafo. De un lado, sus muy variadas inquietudes intelectuales y, de otro, su obsesión por medirse con sus iguales generaron una tensión permanente que impidió cumplir con los proyectos supuestamente predilectos del filósofo. En esta biografía se insiste en la incapacidad de Ortega para culminar las grandes obras filosóficas que no escribió en su juventud y que se pasó media vida anunciando a unos y otros. Este aspecto es bien conocido por cualquier lector de Ortega pero nadie lo había descrito y analizado como lo hace Gracia. Con todo, estos fracasos parciales no impidieron que el pensador madrileño se convirtiera en “el ensayista más moderno, estimulante y perdurable de la España del siglo XX”, según puede leerse en la solapa de esta magnífica biografía.