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TRIBUNA

Nixon a los 40 años de su dimisión

Alfonso Cuenca Miranda
lunes 28 de julio de 2014, 21:28h
Se cumplen ahora40 años de la dimisión de Nixon. La imagen de los brazos extendidos en señal de victoria en la escalerilla del helicóptero de la Fuerza Aérea que le llevaría a la base de Andrews camino de su casa de San Clemente en California se identifica como el fin de un sueño, de la inocencia americana que, de repente, había descubierto, parafraseando a James Madison, que los hombres no son ángeles y, menos aún, sus gobernantes. Richard Nixon ha quedado en el imaginario colectivo (y la cultura pop no ha sido ajena a ello) como un villano universal, la personificación del político en su peor acepción. Puede detectarse en ello una cierta pulsión por la autoflagelación de la mejor democracia del mundo cuando en ocasiones se concatenan imágenes de Hitler, Stalin, Mao y… Nixon, pues, ciertamente, los delitos de unos y otro no son comparables, como tampoco sus aciertos. Por otra parte, Nixon no fue el primero ni el último mandatario norteamericano culpable de abuso de poder, y así, baste recordar que los historiadores han señalado al último tercio del siglo XIX como la época dorada de la corrupción en Estados Unidos. En el contexto señalado,en los últimos años se ha producido una “revisitación” del que fuera trigésimo séptimo presidente de los Estados Unidos, que tiende a aflorar sus logros sepultados durante años por su ignominioso final. Por sorprendente que pudiera parecer a este lado del Atlántico, son los liberales (esto es, los demócratas) los que más han reivindicado la presidencia de Nixon, resaltando algunos de sus innegables éxitos.

Desde el punto de vista humano, la figura de Nixon es apasionante. Dotado de una poderosa inteligencia (así, un personaje público de la relevancia de Alan Greenspan, quien trabajara con siete presidentes, lo ha ubicado en el primer lugar del ranking junto a Clinton), se trata de una personalidad compleja y, en cierto modo, atormentada. Estadounidense en su más completo sentido, primer presidente procedente del Edén californiano (Hoover, políticamente californiano, no lo era, sin embargo, en cuanto a nacimiento e infancia), descendiente de inmigrantes escoceses huidos de la persecución europea, hijo de cuáqueros, “self-mademan”. Hombre de frontera marcado por una dura infancia: asiste a la muerte de dos de sus hermanos, atiende la tienda de comestibles de su padre y ha de recorrer diariamente varios kilómetros de madrugada para ir a la escuela. Sus modestos orígenes provocaron en él una doble reacción contraria, sintiéndose orgulloso de los mismos y acomplejándole e infundiéndole una evidente animadversión hacia el establishment de la Costa Este (los Kennedy y los judíos americanos serían unas de sus más recurrentes proyecciones).

Pronto descubriría que la política era su líquido amniótico, emprendiendo un brillante “cursushonorum”: miembro de la Cámara de Representantes, senador destacado, vicepresidente con Eisenhower, candidato a la presidencia… A las derrotas de 1960 y 1962 (esta última en su carrera a la gobernación de su Estado natal) le seguirían años de ostracismo que finalizarían con su Colombey particular, cuando su partido le suplica que sea el candidato en 1968. El país, convulsionado tras años de inestabilidad interna, asesinatos políticos y guerras en el exterior… le necesita. Y él le da lo que le pide. Salida de Vietnam(tras una agresiva campaña de bombardeos), distensión con el coloso soviético, fomento de la igualdad (Nixon refuerza los programas de discriminación positiva), protección del medioambiente (bajo su presidencia se producen importantes hitos en este aspecto)… Y como jugada maestra el acercamiento a China, estudiado en las manuales de diplomacia de todo el mundo. Su apelación a la “mayoría silenciosa” (los discursos de Nixon se encuentran entre los mejores de la oratoria americana, contando con un brillante elenco de “speechwritters”) ha sido un éxito, como demostraría su apabullante victoria electoral en su reelección en 1972, con uno de los mayores márgenes de la historia estadounidense.

El acto final se iniciaría la noche del 17 de junio cuando el vigilante de seguridad del complejo Watergate descubriera en su segunda ronda de la noche que pese a haber cerrado anteriormente las puertas de una planta se había vuelto a colocar un tope en los pestillos que impedía el cierre de las mismas. Parece ser que Nixon era ciertamente ajeno a ello (grabación del 23 de junio), pero no lo fue, en cambio, al posterior encubrimiento de la trama y, en general, al empleo de métodos para “destruir” al “enemicus” en términos schmittianos. A partir del arresto de los cinco intrusos se pone en marcha una maquinaria lenta (no, en cualquier caso, en términos europeos), pero inexorable. La caída de Nixon dos años más tarde será el fruto de la acción conjunta de tres frentes: el periodístico, el judicial y el parlamentario.

El relevante papel jugado por el cuarto poder queda de manifiesto por el hecho de que en julio de 1974 se habían multiplicado por cuatro las solicitudes de ingreso en las facultades de periodismo… Watergate fue posible gracias a la perseverancia y, sobre todo, a la valentía de unos periodistas que ejemplifican lo mejor de una profesión llamada a ser capital en toda democracia. Elsegundo escenario, el judicial, fue apasionante, no exento de tensión, suspense y drama. Si la realidad norteamericana nos enseña algo es que una vez que los Tribunales actúan ya nada puede detenerles. Desde un punto de vista jurídico Watergatees casi un master en derecho procesal, penal y constitucional: Gran Jurado, fiscales especiales, “masacre de sábado noche” (en la que el Presidente destituye o provoca la dimisión de tres fiscales), sentencias del Tribunal Supremo por las que, mediante la delimitacióndel privilegio presidencial, se obliga a la Casa Blanca a colaborar en la investigación… Y, finalmente, en íntima conexión con la acción judicial (algo nada extraño en Estados Unidos), el Congreso. Desde la comisión de investigación (en la que se revela, entre otros aspectos, la existencia de grabaciones en el despacho oval) hasta la aprobación de la acusación (primera parte del impeachment) en la Cámara de Representantes en la que los votos van más allá de la línea partidista, muestran la vitalidad de una institución clave en Norteamérica como quizás en ningún otro lugar del mundo en la actualidad. El “coup de grâce” vendrá precisamente de ese ámbito, siendo la conversación que en la noche del 7 de agosto mantuviera Nixon con dos eminentes líderes republicanos del Senado (uno de ellos Barry Goldwater, candidato en las presidenciales de 1964), en la que le comunican la pérdida del apoyo republicano, pudiendo garantizar únicamente 15 votos (de un total de 100, como es conocido) en el “juicio final” en la Cámara Alta, lo que finalmente decidiría la dimisión presidencial.

Las tres líneas de acción comentadas demostraron claramente que el Presidente había incurrido en abuso de poder. Pero, más allá de esa pésima nueva, Watergate debe ser recibido positivamente como una prueba de la robustez de las instituciones estadounidenses, dando lugar en los años siguientes a reformas que vigorizarían aún más dicho sistema.

Todo ello parece hoy muy lejano. Pero, tomando prestadas las palabras del “farewellspeech” de Nixon en la mañana del 9 de agosto, “sólo cuando se ha estado en el valle más profundo puede llegar a admirarse la grandeza de alcanzar la montaña más alta”.
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