Para quienes nos dedicamos a la comunicación resulta muy interesante la batalla que están desarrollando los independentistas catalanes. Se lucha con los gestos, con las palabras, con los eslóganes, con las manipulaciones hasta de la Historia, con los movimientos estratégicos y tácticos de: ahora dimito, me entrevisto, achaco al Presidente del Gobierno que no quiere dialogar…
La posición del Gobierno de que se cumpla la Constitución se la tilda de “inmovilismo” y se apunta como solución una llamada tercera vía: la reforma de la Constitución y el reconocimiento que España es una nación de naciones, un estado federal, con el consiguiente concierto económico y blindaje de las competencias autonómicas. Todo ello para lograr la paz a través de la concordia y el diálogo. Claro que se entiende la concordia y el diálogo como instrumentos para lograr los objetivos independentistas, por eso se dice que “una vez más se ha puesto de manifiesto que el Estado español no escucha a los catalanes”. Cuando en realidad, la sordera es consustancial al independentismo: con la Constitución en la mano, no es posible una consulta unilateral, se ha dicho por parte del Gobierno, de los expertos juristas y de todo aquel que tiene sentido común; una Cataluña independiente estaría fuera de la Unión Europea, indican desde las instituciones europeas… esto ni se escucha, ni se quiere escuchar.
La realidad es tozuda y el eslogan “España nos roba” debería ser reemplazado por otro, que sí que es real: “Los Puyol nos han estado robando” y, esto es la punta del iceberg de la tasa del 3% o 5% de la corrupción catalana. Sin embargo, descubrimos que tanto los catalanes que se sienten españoles, que los hay, y los líderes políticos de partidos nacionales evitan esta batalla. Unos se sienten acobardados ante una presión independentista que recordemos logró que todos los periódicos de Cataluña publicaran un mismo editorial a favor de la independencia, lo que dice mucho sobre la falta de pluralismo informativo. Otros consideran que basta la Constitución y la Ley para afrontar el desafío independentista y cuentan con el rabillo del ojo los escaños nacionalistas que pudieran necesitar para seguir gobernando. En estos momentos es esencial proponer un ideal común de España y bajar al terreno de la confrontación política para defender con argumentos y con hechos ese proyecto común.
Leíamos hace poco –el 30 de julio en la página 14‑ en el diario ABC una reflexión de Hispania Nova titulada “¿Otra tercera vía para Cataluña?” Allí se explicaba que desde 1976 estamos en una tercera vía que siempre nos lleva en la misma dirección. Por eso, cualquier tercera vía solo será una estación más en el viaje hacia la independencia.
Si hay que reformar la Constitución y, seguramente es el momento de hacerlo, debemos tener claro que el objetivo debe ser solucionar los problemas de los españoles, no las aspiraciones de la casta política autonómica, sea nacionalista o no. El Estado de las autonomías ha funcionado bien en algunos aspectos. En otros es necesario embridar esos reinos de taifas que hacen de nuestro sistema político algo costoso e ineficiente.
La libertad, la igualdad y la fraternidad de los españoles ‑perdónenme nuestros vecinos galos que tome prestados estos conceptos‑ exigen que al menos las competencias en Justicia, Educación y Sanidad sean reasumidas por el Estado o, al menos, sean coordinadas y gestionadas de forma conjunta.