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PENSANDO EN VOZ ALTA

España, Calidade

Manuel Sánchez de Diego
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msdiegoucmes/7/7/11
sábado 16 de agosto de 2014, 19:13h
Actualizado el: 16/08/2014 19:43h
Durante varios años la publicidad institucional de mi tierra se resumía en “Galicia, Calidade”, lema suficientemente claro y directo para comprender el objetivo común de una de las zonas menos desarrolladas de España. Hoy en día es una institución pública encargada de certificar y apoyar el desarrollo de los productos y servicios gallegos de calidad.

Permítanme la licencia de retomar el vocablo y referirme a una España de calidad. Hace unos días desde el asiento de un autobús que hacía el trayecto Madrid-Avilés reflexionaba sobre que era y que debería ser España, entonces me vino a la cabeza la palabra “calidade”. Nunca antes había viajado Madrid-Asturias en autobús. Normalmente empleo el coche, el tren o el avión.

Cuando comenzó el viaje pensé que había cometido un error pues mi asiento estaba en el lado izquierdo, aquel por el que entraba en sol. Pensé que iba a pasar mucho calor. Sin embargo, el cristal posee un tintado que impedía que los rayos del sol me achicharraran y la climatización era excelente. La posición elevada y la tonalidad de la ventana me hicieron admirar un paisaje que normalmente no se aprecia cuando se conduce: campos segados de Castilla con grandes rollos de paja que vienen a sustituir las alpacas o balas, huertos solares, aerogeneradores en las montañas, casas rústicas de los pueblos próximos, estaciones de servicio de diseño estratosférico, viñas y más viñas junto a bodegas en edificios modernos junto al Duero o, bajo tierra, en el Páramo Leones. La caída de la tarde coincidió con el Huerna, la autopista de la Ruta de la Plata, paraje casi mágico de León y Asturias, en donde los embalses y pantanos conviven en un lugar donde los reyes de León iban a pasar sus mejores momentos olvidándose del mundo, de ahí lo de “estar en Babia”. El verdor de la agreste montaña de los Picos, sus ríos impetuosos, la niebla y la llovizna sorprenden después de pasar esos cuatro kilómetros del “túnel del tiempo”, “el Negrón”, que separan la Meseta de Asturias. Tierra dura y conflictiva pero con un encanto especial que apreciamos los que somos consortes o “con suertes” de una asturiana.

Si la calidad de nuestra tierra se podía apreciar fuera de la ventanilla, la de dentro también. Quizás porque la clase era “Supra”, la atención de la azafata que servía bebidas y comida, la conducción del chófer, el entretenimiento proporcionado por la prensa que se ponía a disposición de los viajeros y las dos películas que vi, elegidas entre las muchas posibles… hicieron que un viaje en principio largo, se hiciera corto.

España, esa realidad, que unos pocos quieren rasgar en un afán particular que raya el aldeanismo, posee lugares y rutas para soñar y que se pueden intuir en los números extraordinarios de la revista HOLA. España somos todos, muy diferentes y muy iguales. Por eso somos capaces de entender las diferencias y de reírnos en una película como “Ocho apellidos vascos”.

Nuestra calidad no solo se encuentra en nuestros paisajes, nuestras culturas, nuestras gastronomías, nuestras industrias, nuestros servicios, también y, esencialmente, en nuestras gentes. Personas que siguen sonriendo después de ocho horas detrás de un mostrador, que son capaces de inventar, de imaginar, de ir a buscarse las lentejas a otros países o a vivir como misioneros sirviendo a los más pobres, aún a costa de contagiarse del Ébola y morir como el sacerdote Miguel Pajares.

Somos un país mediano, situado en un lugar privilegiado, con gente extraordinaria, con capacidad de crear y desarrollar una sociedad de calidad, más libre, más justa, más igualitaria. ¿Seremos capaces de hacerlo? Para lograrlo sólo hay una receta: trabajo y más trabajo y, una pizca de generosidad.

Manuel Sánchez de Diego

Abogado y Periodista. Profesor de la UCM

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