La gracia que tiene ser partido bisagra es cuando se es la única bisagra que permite abrir o cerrar la puerta de gobierno. Lo que ya no tiene gracia es cuando se es una de muchas bisagras, especialmente cuando varias de ellas compiten entre sí en la forma de abrir la puerta, lo que es un formidable lío.
Ser bisagra es un lujo, porque siendo pequeñito, la necesidad ajena te hace grande. El único concejal de un partidito independiente podrá conseguir sin dificultades la concejalía de urbanismo si con su voto garantiza una mayoría a alguno de los grandes. Y digo la de urbanismo, como por un decir, claro.
Además, ser bisagra y pequeño tiene otras compensaciones. Menos competencia interna, un liderazgo más claro, un yo me lo guiso y yo me lo como. Pero, de nuevo, el problema empieza cuando uno tiene que competir en la liga de los bisagras, que debe ser como la Liga Adelante de la política, que es el nombre eufemístico de la segunda división.
En España han aparecido varios bisagras que emulan un fenómeno que también se produjo al principio de la Transición. Esos bisagras eran conocidos, más que por sus siglas, como los grandes, por el nombre de sus dirigentes. Exactamente como ahora. El partido de Rosa Díez, el de Albert Rivera, el de Pablo Iglesias o el de Vidal Quadras (aunque éste se haya replegado).
Nuestros bisagras son de dos tipos. Los que disfrutan con su papel, y les basta una importancia modesta para tener voz sin comprometerse en esas cosas tan aburridas como la gestión, y los que tienen vocación de comerse a los grandes. Podemos sería de estos últimos, y los otros, del primer modelo. Pero hablemos hoy de éstos, de UPyD, de Ciudadanos y de Vox, que ahora son noticia. Porque el caso de Podemos, más que bisagra lo que quiere es romper la puerta. Al menos la puerta de la izquierda.
En cuanto a Vox, resulta entrañable o patético su intento de buscar un hueco bajo el sol. Eran media docena y se han peleado. Pero es que Vox, que le arañó algunos votos al PP, ya nació peleado entre sí, y aunque casi coloca a Vidal Quadras en el Parlamento Europeo, falló en el intento. Ahora, todo lo que le queda es un pequeño hueco mediático y dos personas que ahí lucen con más cualidades que posibilidades, Santiago Abascal y Cristina Seguí. En lo personal, les deseo lo mejor, pero creo que están al borde del limbo político.
Pero los que de verdad tienen ambiciones en el ejercicio del bisagrismo son UPyD y Ciudadanos. Sin ser fácil atribuirles una condición ideológica concreta, sí se puede decir que están en el espectro difusamente socialdemócrata. Más socialista, tal vez, en el caso del partido de Rosa Díez. Ambos apuestan por la unidad de España y son antinacionalistas. Ambos tienen un caladero de votos transversal en el PP y en el PSOE.
El debate, ahora mismo, es si estos dos partidos deberían unirse. Así lo ha planteado Francisco Sosa Wagner, y, al margen de las discutibles formas de hacerlo a espaldas de su partido y de su líder, y como si fuera un político exquisito, de esos que no se manchan con la sucia política diaria, lo cierto es que ha destapado un asunto que muchos han pensado desde hace mucho.
Probablemente, haya diferencias importantes entre UPyD y Ciudadanos, pero éstas no son visibles para casi nadie, entre otras cosas porque a ninguno de los dos se les ha hecho la prueba de la gestión pública. Nadie sabe cómo gobernarían, sino sólo lo que opinan. Y la opinión, además de libre, es gratuita y no compromete.
No digo que sus opiniones no sean estimables, pues es muy encomiable la denuncia del totalitarismo nacionalista; y también son de agradecer sus iniciativas legislativas, especialmente en el terreno de la transparencia. Pero también es cierto que ninguno de ellos tiene que resolver el problema de la deuda externa, o la posición ante las crisis internacionales, o el embrollo de la inmigración ilegal, o las crisis sanitarias. Y aunque lo que tienen más claro es la cuestión territorial, tampoco se ven obligados a negociar la financiación autonómica.
Es decir, que su posición, siendo complicada por sus escasos recursos, es también cómoda. ¿Por qué, pues, no pueden entenderse entre ellos? Porque, además, parece que Rivera es proclive, luego el rechazo sería solamente el de Díez.
En el juego de las siete diferencias, parece que la única clara es la del liderazgo. A Rosa Díez se le acusa de personalista. Y no discuto que no tenga razones, puesto que casi en soledad ha sacado adelante un partido que tenía escasísimas posibilidades, al estar emparedado entre grandes. Pero, precisamente por eso, encontró una clientela esperanzada en una imagen menos anquilosada que las ofertas tradicionales. Una especie de voto romántico, más por amor que por interés. Y Rosa Díez soñaba con ser la única novia. Ahora, con Rivera, parece que apuntan los celos.
Alguien definió a UPyD (creo recordar que Pepe García Domínguez) como un partido de izquierda al que vota la derecha. Es bastante cierto. Aunque también tiene votos de un sector de la izquierda. Es transversal, y se parece a Ciudadanos, cuya principal virtud es la frescura, la independencia y la falta de ataduras. Y también la valentía, porque su feudo principal es Cataluña, y sabemos cómo se las gasta el régimen nacionalista.
El espectáculo de la soledad de ambos no parece demasiado edificante. Pero a la vista está que la competencia entre ellos es mayor que entre ellos y los grandes partidos. Como saben que no pueden ganar la Liga, sí al menos luchan por evitar el descenso. Por eso les cuesta entenderse. Y por eso son noticia, porque siendo pocos se pelean más que cuando hay muchos.
Tiene gracia: el único partido estable es el más grande. Los aspirantes parecen en jaula de grillos. Y luego se quejan del bipartidismo. Si no es eso, si casi estamos en situación de partido hegemónico, por defección de los adversarios. Y tampoco es tan malo, por cierto, si es capaz de gobernar cabalmente España, y digo yo que alguien tendrá que hacerlo. Aunque siempre será bueno que entre la jaula de grillos salga algún Pepito, porque las democracias necesitan la voz de la conciencia para centrar a los poderosos.