Junto a otros muchos atributos más ennoblecedores, la egregia figura de D. Joaquín Ruiz-Giménez (1913-2009), madrileño de hondas raíces jiennenses, posee, de manera indiscutible, el de ser la personalidad pública quizá más difamada de su tiempo, la segunda mitad de la centuria pasada. Solo este hecho incita vivamente a engolfarse en el grueso volumen que, hélas!, con infracciones muy graves de una mínima acribia editorial, acaba de dar a la luz el servicio de Publicaciones del Congreso de los Diputados. Pero, naturalmente, existen más innumerables razones para enfrascarse en la apasionante aventura intelectual de gozar y enriquecerse con la lectura de las confesiones de uno de los más altos espíritus europeos de su época, por ventura, pródiga en ellos en casi todas las porciones del viejo y entrañable continente.
No hay, en efecto, capítulo importante alguno de la España del tardofranquismo que no encuentre una glosa inteligente, una acotación sagaz y, en fin, un comentario documentado en una pluma rebosante de calor humano y afán de trascendencia, al servicio indeficiente de superar los mil y un obstáculos que, en el decenio de los sesenta y aún en el de los setenta, se interponían para atracar de modo definitivo en el muelle de la democracia y la superación, por consiguiente, de la guerra civil la convivencia de un pueblo como el español digno, por incontables motivos, de asentarse en un horizonte de paz y concordia. Ésta fue, incuestionablemente, la gran misión histórica encomendada por el destino a los hombres y mujeres de la generación de 1936, la misma del propio D. Joaquín.
Tan penosa y difícil andadura se describe con talante animoso e integrador y hasta, pese al decidido propósito del autor de tener bien embridada la emoción, con cierto pálpito épico, bien consciente de la importancia del envite y de las inmensas energías y esperanzas depositadas en su éxito. No obstante sus esfuerzos para “colectivizar” el relato y la pretensión de inteligibilizarlo haciendo de su voz una más del coro compuesto por el buen pueblo español empeñado en la empresa, su testimonio aparece grandemente individualizado a causa de su protagonismo indiscutible e intransferible en gran número de los procesos sociales descritos como de su singular testimonio de lances y sucesos sólo comprensibles narrados en primera persona, bien que con tintes muy modestos.
¿Diarios, pues, de fuerza y originalidad impares, poco encasillables en la normalidad del siempre atrayente género? Sin duda alguna, como, aparte de lo afirmado, se descubre con patencia y frecuencia en los gritos del alma, en las exclamaciones terebrantes cara acontecimientos bañados por la injusticia e insolidaridad de biempensantes y bienestantes, extrañas o discordantes a primera vista de una personalidad o expersonalidad del Régimen y prócer siempre de la vida pública española y de parte considerable de una cuantiosa cifra de naciones e instituciones extranjeras, empezando, claro es, por la Santa Sede. Justamente la total identificación con la doctrina de ésta y de los papados de que fuese contemporáneo en la postguerra –en particular, de Juan XXIII y de su incondicionalmente admirado Pablo VI, al que conociera ya en Roma, en la juventud del pontífice de la Populorum Progressio-, le conducirá a marchar inalterable, en la España del tardofranquismo, por la senda de una contestación que, a las veces, semeja adoptar incluso aires juveniles, no obstante la serenidad y constante deseo de la mesura que aspiró de manera indeclinable a impregnar sus denuncias y juicios.
Del máximo interés y, a menudo, valía historiográficos los asuntos referidos y concernientes a temas de relieve en la España de los decenios centrales del siglo XX –el antecedente más próximo, y no sólo en el plano cronológico, de la sociedad actual-, los atañentes a otras dimensiones de aquéllos no perderán importancia y fruición en el análisis de un observador de excepción, conforme se reseñará en un próximo y último artículo sobre libro de tan alto gálibo intelectual e histórico como el póstumo de D. Joaquín Ruiz Giménez, varón de envidiable talla moral y limpio patriotismo español.