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TRIBUNA

¿Liderazgo versus democracia?

Alfonso Cuenca Miranda
martes 09 de septiembre de 2014, 20:03h
Todos podemos tener una idea de lo que el liderazgo supone. Ciertamente, el propio término parece en los últimos tiempos arrinconado en el diván de la Historia, revestido de connotaciones peyorativas que identifican el mismo con los horrores más espeluznantes del pasado siglo XX. Incluso bien puede decirse que en nuestra anémica sociedad actual cualquier reconocimiento de excelencia, siquiera lingüístico, no es contemplado con buenos ojos, siendo objeto de rechazo inicial la constatación de cualidades o virtudes singularizadas en la esfera pública. En el sentido indicado, una suerte de conjuro arraigado en el imaginario colectivo parece haber declarado del todo punto incompatible el liderazgo con la democracia.

Nada más lejos de la realidad. La democracia necesita (más seguramente en estos tiempos que en nuestro pasado reciente) de dirigentes con alto sentido de Estado, o dicho de otro modo, cuya actuación esté presidida por la búsqueda y servicio al bien común (por cierto, otra expresión clásica que en las fragmentadas sociedades contemporáneas es objeto de toda clase de prejuicios desfavorables). Es obvio que el régimen democrático descansa en la soberanía de la voluntad popular, caracterizándose, en los términos del célebre discurso de Gettysburg, por “el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”, pero ello no implica que los dirigentes de la res publica (el propio Lincoln no lo concibió ni practicó de tal forma) deban practicar en toda circunstancia el seguidismo automático de las que en principio son percibidas como corrientes pretendidamente mayoritarias en el sentir popular. Entre otras razones por cuanto que el propio pueblo no lo quiere así. El concepto de gobernante implica liderazgo y éste supone anticipación a los problemas. Así, no pondríamos nuestro futuro en manos de personas que se limitaran a reaccionar ante situaciones dadas y no tuvieran capacidad de imaginación, de previsión e incluso de adopción de medidas inicialmente duras para la evitación de un mal mayor. Liderazgo no es sinónimo de caudillismo en democracia, máxime cuando la inevitable cita con las urnas puede ser la ocasión para “remover” a aquel dirigente que haya perdido la confianza del pueblo como consecuencia de las decisiones adoptadas.

Con todo, no se escapa que el reconocimiento de la necesidad en ocasiones de un margen de decisión propio anejo a la noción de líder no deja de plantear tensiones en cuanto a su compatibilidad con el principio democrático y, más en concreto, con la teoría del mandato y con la confianza depositada en un programa electoral. Reaparece una vez más la eterna cuestión del principio representativo tradicional y su virtualidad en los tiempos presentes. ¿Votamos a partidos o a personas? Probablemente la respuesta sea a una conjunción de ambos. Por tanto, habría que concluir que en el “trust” otorgado a una lista electoral se encontraría incluido ese margen de decisión propio, eso sí, circunscrito a coyunturas excepcionales. Dichas condiciones extraordinarias requerirán del poder actuaciones para hacer frente a cuestiones no contempladas en el programa electoral, o, incluso, de actuaciones contrarias al mismo por cambio sustancial de las circunstancias.

Dos son los ámbitos más propicios para que se despliegue la capacidad de liderazgo. De un lado, la política exterior, en la que junto a los arcanos propios de la diplomacia internacional (en donde, por su propia naturaleza, no existe una publicidad completa de las vicisitudes de las relaciones entre Estados), su propia especialización, así como, especialmente, la necesidad de una respuesta inmediata a determinados desafíos se dan las condiciones para que el margen de decisión sea mayor, demandando la puesta en acción de las cualidades que se suponen en un líder. El otro campo en donde se producen circunstancias parecidas (por otras razones) es en el de la política económica, ya que ante algunas situaciones de grave crisis es necesario adoptar medidas traumáticas que significan sacrificios para una gran parte de la población con el fin de evitar mayores males en el futuro. La capacidad para discernir cuáles son tales circunstancias así como la labor de pedagogía que ha de realizar en dichos casos son cualidades propias del auténtico líder político. Especial relevancia cobra la segunda de las virtudes señaladas, siendo probablemente la más ausente en la actualidad. Explicar con sinceridad y valentía los problemas y convencer sobre la bondad de una determinada línea de actuación son infinitivos apenas conjugados en nuestros tiempos. Precisamente, el liderazgo exige sacrificio personal, asunción de riesgos y la valentía necesaria para adoptar medidas que, aunque puedan significar el riesgo de no revalidar la confianza ciudadana en las siguientes elecciones, redundan en beneficio de la comunidad. Ciertamente, en una época como la presente en la que la inmediatez parece dominarlo todo (de reinado de lo efímero podríamos calificarla) la visión de futuro, la contemplación de los efectos a largo plazo no son cualidades apreciadas, más bien lo contrario, por sorprendente que en principio pueda parecer.

En relación con los ámbitos referidos baste citar dos ejemplos. El primero de ellos es la actuación de Franklin Delano Roosevelt desde el estallido de la II Guerra Mundial hasta el ataque japonés a Pearl Habor. Consciente de la maldad intrínseca del régimen nazi y limitado por el tradicional y entonces mayoritario aislacionismo de la población estadounidense, FDR tuvo la valentía y habilidad de sortear la neutralidad oficial de su país (impuesta por un Congreso que respondía al sentir de la población) para adoptar medidas de apoyo a una Gran Bretaña que desde 1940 luchaba en solitario contra el terror hitleriano. Paralelamente, fue preparando a su pueblo para la que consideraba la necesaria entrada futura en el conflicto mundial (incluso determinados análisis han señalado que se “dejó hacer” a los japoneses con el fin de forzar dicha entrada). En el campo de la política económica, cabe reseñar el caso del primer ministro británico Robert Peel, quien en 1846, en contra de los postulados tradicionales de su partido, decidió derogar la protección tarifaria del trigo con el fin de favorecer un pan más barato que permitiera aliviar la terrible hambruna irlandesa, consecuencia de la epidemia de la patata. A pesar de ser consciente de que tal medida podría costarle su vida política (como de hecho sucedió) la llevó adelante (con el apoyo de la oposición whig) al creer firmemente en su necesidad, siendo forzado a dimitir poco después. En el terreno analizado, coyunturas de grave crisis económica dan lugar a situaciones como la acabada de describir. Así, podría pensarse que la actuación del premier Valls en la Francia actual responde al concepto de liderazgo aquí referido, toda vez que, a pesar de la “fronda” surgida en su propio partido, que considera que su política contradice los postulados clásicos del socialismo galo, el dirigente de origen español ha adoptado la resolución firme de pedir sacrificios económicos a sus ciudadanos con el fin de salvar el futuro.

Señalaba Tucídides a propósito de Pericles que “no era arrastrado por el pueblo, sino que era él quien los guiaba”. El comentario acerca del “autor” de la más bella y ardiente defensa de la democracia jamás pronunciada (en la célebre Oración fúnebre) debe de hacernos reflexionar sobre la conveniencia, en ocasiones exigencia, de auténticos líderes. La democracia, incluso más aún que otros regímenes, al estar sometida a innumerables ataques y ofrecer más flancos, los necesita.
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