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TRIBUNA

Palabras inútiles

domingo 21 de septiembre de 2014, 19:06h

El silencio, el absoluto silencio, que reina por ejemplo en los espacios habitados por los cartujos, nos hace sentir con sosiego la inutilidad de las palabras. Aunque suene a paradoja, también la profusión de ruidos y mentiras continuas de los políticos nacionalistas, sus intelectuales de cámara, sus periodistas y sus fanáticos seguidores, que han conseguido instalar la locura colectiva en Cataluña, me hace sospechar que las palabras se han vuelto peor que absurdas. Siento, ahora con zozobra y desasosiego, la inutilidad de las palabras para tratar con el independentismo de los políticos catalanes. Nada hay que hablar con tipos enloquecidos por el dinero, el poder, la tierra, la sangre o por la madre que los parió. Nada puede hablarse con un traidor a las leyes y a lo prometido a otros millones de seres humanos. Nada sensato puede intercambiarse dialógicamente con quienes sistemática y tenazmente han hecho del engaño su principal modo de reptar por la vida.

¿Hay en España alguien serio, decente y cabal que crea que todavía es posible hablar con estos enloquecidos? Si existen, los felicito. Espero que me convenzan para que me una a ellos. De momento, la sensación de hastío parece que se ha hecho ley, costumbre, y son ya muchos seres humanos, dentro y fuera de Cataluña, en España y en el mundo, que han perdido la ilusión por saber qué pasa en ese ámbito de locura y salvajismo, de alterados y fanáticos. Son muchos, sí, los individuos que ya han interiorizado que la salvaje locura catalana carece de misterio. No hay poesía. No hay vida. No hay nada de nada. Si acaso todo se reduce a una cuestión de dinero”. Saqueo de España.

La indiferencia por esa locura colectiva empieza a ser generalizada. El común de los mortales, la gente con un poco de sentido común, está harta de este manicomio. Son muchos los que creen que esto acabarácomo El alienista, la novela de Machado de Assis, a saber, los locos acabarán curados el día que se percaten de que el único loco real es el curandero, el alienista –en nuestro caso todos los políticos nacionalistas-, que había encerrado a todo el pueblo de Itaguaí en casa de Orates, un hospital psiquiátrico. Saquemos a pasear con ironía, humor y sarcasmo a los residentes de la Casa Verde. Miren la poesía que tiene el mundo. Enseñémosles que la vida, la política y la convivencia pacífica exigen, si no coherencia, un poquito de gracia y belleza. Los locos han cambiado de cara con lo de Escocia, o peor, se han vuelto más agresivos, pero, en verdad, ahí tienen un argumento para su cura. Su liberación.

En fin, establecida la locura en esta parte de España, llamada Cataluña, pareciera que solo cabe una opción: o nos abrimos las venas o le echamos gasolina al fuego de su locura. Mejor nos sosegamos y nos reímos con distancia de la cosa. Un poco de ironía y humor, dicho sea de paso, no vendría mal para dulcificar y atemperar a esta bestia enloquecida. Llegados a este punto, mejor relajarse, y dejar claro que la cuestión fundamental ya no es qué se ha hecho mal para llegar hasta esta situación, sino qué haremos ante tanto desatino. Los ciudadanos miran al Gobierno y quizá no sea mala la actitud adoptada por su Presidente: no tomarse en serio a esta gente. Dejar que se agoten en sus propias contradicciones. Dejar, al fin, que la razón de la ley, el Tribunal Constitucional, les haga caer en la cuenta de su locura. No es mala solución. Quizá, aquí y ahora, no haya otra. Tiene riesgos, pero, tal y como está el patio lleno de tipos bramando y gritando sin orden ni concierto, prefiero el escepticismo de los políticos demócratas que el odio del totalitarismo nacionalista.

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