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TRIBUNA

De Machado a Mas

sábado 04 de octubre de 2014, 19:35h

La convocatoria del referéndum para la independencia de Cataluña ha provocado una riada de artículos en los que priman el estudio de las causas, pero plantean pocas soluciones. En general se percibe urgencia, y bastante fatalismo y hartazgo desde las posiciones españolas.

Para muchos, la educación ha sido la gran causa del movimiento secesionista. Puede ser, aunque no encaja con los sentimientos, bastante parecidos a los de hoy, que se despertaron durante la República. Entonces la instrucción pública universal apenas había comenzado. La educación localista, por llamarle de alguna manera, también se practica hoy en muchas regiones donde no existe un sentimiento independentista. Creo que es muy fácil achacar a nuestra catastrófica educación - que lo es-, todos nuestros males sociales. Posiblemente después de las próximas elecciones le reprocharán también la ascensión de Podemos.

Apuntaré otra causa más profunda: nuestro nacionalismo, y me refiero al español. El nacionalismo español es de carácter dual. Izquierda y derecha tienen diferentes versiones del discurso nacional. No es una característica única española: EEUU también tiene un nacionalismo dual, republicanos y demócratas tienen distintas concepciones de la nación pero son complementarias. En nuestro caso, como en Rusia (otra nación dual, con eslavos y europeos), nuestro nacionalismo dual es antagónico, incluso incompatible.

La derecha en España tiene un nacionalismo basado en la nación; esto parece una redundancia si no tenemos en cuenta que la izquierda se basa en el estado. Nuestro nacionalismo dual nos trajo un siglo XIX trágico y en crisis, a la tragedia de la Guerra Civil, a cuarenta años de Dictadura y a una incapacidad moderna para ponerse de acuerdo en conceptos clave como la memoria, los símbolos o la estructura territorial de España.

Recordemos que en el peor momento de nuestro nacionalismo, derechas e izquierdas se enfrentaron llamándose nacionales y republicanos, una forma de estado. No hay apenas símbolos comunes, proyectos a largo plazo, historia común (la edad de oro de la nación, es diferente según se pregunte a alguien de izquierdas o de derechas), arquetipos nacionales; es como si fueran dos países en uno. El origen y evolución de nuestro nacionalismo, fascinante si su corolario no fuera tan trágico, la pueden encontrar en el magnífico libro “Mater Dolorosa” del profesor Álvarez Junco.

Un nacionalismo dual complica mucho las cosas a la hora de construir y mantener la identidad común. Es muy difícil atraer a los nacionalismos periféricos a una oferta común si esta es dual ¿con cuál de las dos propuestas se queda uno? Si ya puede resultar complicado ser vasco y español, imaginen cuando además hay que elegir ser español versión derecha o versión izquierda. Reitero, si al menos ambas identidades fueran complementarias, pues podría resultar atractivo, pero si además son antagónicas, se parte de una desventaja esencial.

Pero la cosa se complica mucho más cuando el nacionalismo español se tiene que defender de otros nacionalismos. Si hay una identidad común, o una dual complementaria, es más fácil pactar acuerdos para detener o ralentizar el proceso nacionalista, en este caso periférico. Además existe algo que ofrecer, una identidad más o menos maleable que puede compartirse con las sensibilidades e identidades locales.

Una propuesta para no caer en lo inevitable

El nacionalismo busca la secesión por definición. Es una aventura, un proyecto político que en un proceso largo, de décadas incluso, busca evolucionar desde lo imposible a lo posible, y después a lo probable, y finalmente a lo inevitable. Cuando se votó la Constitución pocos pensaban que Cataluña podría llegar a ser un estado. Recordemos que en 1978 una abrumadora mayoría del electorado catalán la aprobó. Hoy, quemadas ya casi todas las etapas, la secesión será inevitable si seguimos por el mismo camino.

Artur Mas, pese a lo antipático de sus formas, es coherente con un proyecto político que nace hace muchos años, y al que se le ha dado alas por la incapacidad de los grandes partidos para ponerse de acuerdo. Ha faltado sentido de estado. Hoy estamos en la décima legislatura en las Cortes y en cinco de estas, el gobierno nacional se ha montado con un pacto con CiU y en ocasiones con el PNV. Pacto que ha supuesto una batería gradual de concesiones y al parecer de todo tipo, incluso algunas de pura delincuencia. La gran paradoja, por no decir la suicida estupidez, es que el nacionalismo periférico se ha alimentado de la propia debilidad del entramado político español, y de su identidad nacional dual.

Frente a la crisis del referéndum catalán que estamos viviendo. Las propuestas siguen en lo mismo, el PP se apunta a la conllevanza con el problema territorial, y a ganar tiempo; y el PSOE a las fórmulas federales. Ninguno de los dos sale del cascarón de su peculiar y particular huevo. Unos apuestan por mantener la nación como está (y debe ser) esperando a que pase el sarampión, y los otros a resolver el problema con una fórmula estatista.

Las identidades nacionales no se crean de un día para otro, pero sí se afinan, y se moldean, siempre que haya sentido de estado. Y además apunto algo de mi cosecha, y que es una intuición. Las dos Españas de nuestro viejo nacionalismo dual representan cada vez menos a las gentes de la calle, a los españolitos de los que hablaba Antonio Machado. Creo que una de las causas de la desafección de la población con los políticos son precisamente estas guerritas partidistas.

Mi propuesta es muy sencilla pero requiere de un gran esfuerzo colectivo dadas las inercias históricas: que se empiece a trabajar en superar las divisiones sobre la identidad común, que no hace falta llamarle nación o patria, y pues como dijo Rajoy no hace mucho,

“ …sin ningún afán transcendental, lo llamamos patria… pero si a ustedes no les gusta, podemos llamarle futuro.”

Hoy ya no estamos en situación para que una de las dos Españas nos hiele el corazón a tiro limpio como pasó en el 36, pero si para que fenómenos rupturistas como Podemos, Mas y compañía den una salida inevitable a tanto hartazgo.

Luis Asua Brunt

Abogado, empresario

Abogado, empresario. Estudio en la Complutense y London School of Economics . Ejerció la abogacía en Londres y a su vuelta, 13 años en la cosa pública: 12 como concejal en Madrid y 1 como Viceconsejero de Medio Ambiente y Ordenación del Territorio. Su último comentario: “Ah y no vuelvo ni a tiros a la política”.

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