La división de Alemania en dos países después de la Segunda Guerra Mundial tuvo a su vez muchas historias humanas, personales, incluso íntimas, que ilustraban sobre una situación dramática que comenzaba a perfilarse en el nuevo mundo de la Guerra Fría. Quizá por eso mismo la construcción del Muro de Berlín en 1961 tuvo un significado divisorio de sociedades y también de familias, parejas y amigos, como muestra Uwe Johnson en Dos puntos de vista (Madrid, Errata Naturae, 2011), novela ambientada en torno a la construcción del Muro y los meses siguientes. La Caída de ese monumento y el fin del comunismo en Alemania tuvo el significado inverso, tanto en la explosión de libertades como en el reencuentro de las dos Alemanias y de muchas familias antes divididas.
Ibon Zubiaur, en su excelente Al otro lado del Muro. La RDA en sus escritores (Madrid, Errata Naturae, 2014), sostiene que "la mejor novela sobre la Alemania dividida" es Los hermanos, de Brigitte Reimann, publicada en 1963 y aparecida en español hace algunos años (Madrid, Bartleby Editores, 2008), una obra que vale la pena y que tiene tanta profundidad humana como una adecuada contextualización política, convicciones ideológicas profundas que incluso generan divisiones familiares, así como el amor fraternal capaz de sobreponerse a muchas cosas. Por eso volvemos sobre la obra de la escritora alemana, muerta de cáncer a los 39 años.
Los hermanos está ambientada en los años previos a la construcción del Muro y en un contexto de numerosas "fugas" de jóvenes desde Alemania Oriental a su par Occidental, y la historia se refiere a una familia bastante normal -padre, madre, tres hermanos-, pero que empieza a experimentar algunos cambios importantes. Por ejemplo, cuando Konrad decide trasladarse a Occidente, recibiendo las críticas de su hermana Elisabeth (Lis), quien rápidamente tuvo que asumir que "había perdido a mi hermano definitiva e irreparablemente".
Lis, quien es también la narradora de toda la historia, tiene otro hermano, el "mejor", el preferido, su admirado Ulrich, o Uli, compañero de aventuras desde la niñez, amigo y cómplice en tantas jornadas, cuya confianza recíproca se expresaba incluso en un verdadero pacto por el cual cada uno debía aceptar o rechazar los amores del otro. De esta manera, la obra va reproduciendo recuerdos, evoca imágenes, restaura un pasado que permanece.
Todo parecía bien, hasta que un buen día Uli anuncia lo que Betsy, como él la llamaba, jamás había pensado: "Me voy al oeste. Me voy a Hamburgo. Pasado mañana". Fue un golpe tremendo para su hermana, la única persona que supo la decisión de Uli, y que sufrió doblemente por la noticia. Por una parte, porque era su hermano querido; por otro lado, por lo que había de traición hacia ella y hacia el país que le había dado educación gratuita. Ella pensaba que Konrad estaba detrás de la decisión, aunque Uli lo negaba. Simplemente sucede que "no puedo quedarme, aquí me ahogo", como le ocurriría a muchos de esa generación joven de mediados del siglo XX en la Alemania socialista.
Después de una conversación larga y difícil, Elisabeth comprendió que no sería posible revertir la decisión de su hermano, que parecía convencido. "Nuestras acepciones del concepto de libertad difieren demasiado", le señaló Uli sin ambigüedades a Betsy. Ella, adicionalmente, estaba convencida de las bondades del régimen socialista y de su propuesta de futuro, aunque no negaba las dificultades presentes. No es que ella desconociera los problemas, pero los subordinaba a su posición general favorable al sistema de Alemania Oriental.
De hecho, le contó una historia que podría haber cambiado la vida de ella, cuando fue perseguida por Omer Heiners, un funcionario y militante del partido por décadas, un pintor mediocre, amargo y vengativo que se ensañó con ella cuando Lis le comentó negativamente una de sus pinturas, en un régimen donde el carnet del Partido valía más que la calidad de una obra de arte. Después vendrían los rumores y ataques, incluso Lis recibió una visita de la temida Stasi, la famosa policía secreta de Alemania Oriental, debido a que representaba un incipiente peligro. Acosada, temerosa y convencida de su "inocencia", recurrió al Secretario del Partido, Bergemann, quien decidió apoyarla e hizo que Heiners le pidiera disculpa. ¿Por qué esta historia personal de Elisabeth? Porque tal vez su hermano Uli también podría tener alguien que lo escuchara y comprendiera, que viera que podían suceder cosas positivas también, y que su caso de injusticia laboral y persecución por no ser del Partido no debía continuar. Quizá eso le haría cambiar de opinión y decidiera no marcharse, como su hermana lo había decidido tiempo antes.
No es necesario entrar en más detalles sobre esta novela, ni mucho menos contar cómo termina la historia. Sí es preciso señalar que hay giros sorprendentes y diálogos que combinan la situación humana de los personajes, con ese largo y ancho telón de fondo que es la política en la RDA y la vida bajo el socialismo. En este esquema la hermana y narradora parece convencida de la superioridad del régimen donde se ha desarrollado como artista, aunque con dificultades, pero está segura de que el mundo marcha en esa dirección, como lo estaban con "certeza religiosa" el Partido, los militantes y sus dirigentes.
A veinticinco años de la Caída del Muro de Berlín conviene volver sobre estas historias y sus repercusiones, leer historia o literatura de la Guerra Fría, de las dos Alemanias, los dramas humanos, políticos y familiares. A este respecto, la obra Los hermanos, de Brigitte Reimann, quien fue una niña prodigio de la literatura de mediados de siglo, representa una gran contribución. Así fue reconocido en su momento cuando recibió el Premio Heinrich Mann, la consideración literaria más alta de Alemania Oriental, capaz en su momento de burlar algunos aspectos de la censura y de superar el paso del tiempo.