Hace no tantos años, en otro mes de noviembre tan áspero como el presente, encontraba Valente bajo el tapiz espeso de las hojas caídas los añicos de su propia vida. Todo le parecía al poeta fragmentado, desde el propio rostro en adelante, e imposible de forma alguna recomponer “en el triunfo cierto del otoño y el naufragio sin fin de la memoria”. Desde tan desconcertante estado enunció una breve pero sentida poética. El poeta escribía para intentar encontrarse tras esos signos inciertos que llamamos palabras o pistas, rastros apenas de una conciencia fugitiva y alevosa. En efecto, la escritura de José Ángel Valente no escenifica una batalla, sino que es en sí misma una lucha en busca de la esencia del lenguaje, una tensión en pos de una quimera presentida, acaso la conciencia.
Digámoslo ya, José Ángel Valente es uno de nuestros poetas más relevantes de la segunda mitad de siglo XX y aunque no hizo jamás distingos entre verso y prosa, esta última resulta menos conocida y aún reconocida por el aplauso lector. Son libros como El fin de la edad de plata (1973) o Nueve enunciaciones (1982), más tarde agrupados con tino y esmero por A. Sánchez Robayna en las Obras completas (2006-2008). Allí aparecieron también fragmentos sueltos de Palais de Justice que, sin embargo, ofrecían ya imagen cabal de su contenido y valor. Por voluntad expresa del propio autor se retrasó la publicación definitiva del presente libro debido a su fondo autobiográfico: el duro lance de una separación matrimonial.
Apenas basta el primer párrafo de esta nouvelle, con su calidad y densidad, pero sobre todo con su potente imán poético para desnortar brújulas, en especial, a esa marabunta de aficionados a la literatura plana. La insuficiencia lectora para desentrañar y gozar la presente escritura amedrentará a perezosos y caprichosos. Esta es una lectura de intensidad, sin resquicios ni complacencias pero sin aspavientos. Plagada de hallazgos líricos, trufada de ideas sutiles. Aquí no tenemos poemas en prosa, sino prosa poética. La poca fecundidad que ha tenido el género en nuestro país problematiza su adscripción y puede descarriar lectura. El corrosivo acento dramático de esta narración termina de complicar la cuestión.
El eje narrativo es la construcción, introspección y disolución del yo por medio de una inquisitiva escritura. De ahí que entendamos que la historia personal de separación amorosa por trámite judicial aquí narrada extienda por medio de la escritura lazos que abarcan a la persona entera del poeta y tome profundo calado en forma de juicio total a la persona donde incluso: “Las palabras también habían, a su vez de ser juzgadas”. Palais de Justice posee una angustiosa atmósfera con pasajes que abrevan en la correspondencia de aquel Kafka enamorado, otros de fuerte crítica social, páginas de excelente reconstrucción poética de un pasado sublimado, etc. En el rotundo y desolador panorama que presenta, este libro es transmisor de la angustia moderna y la sospecha inquietante de la oquedad final tras la última pregunta: “Dímelo tú, si puedes, al borde de este abismo donde una sola pregunta más nos precipitaría en el vacío para siempre”.
Ya en aquel texto paradójico de Diario anónimo (2011) deambulan personajes con fondo autobiográfico que debieron haber existido, aunque no existan certezas. Con razón, Valente creyó que la vida de un poeta, así en crudo, carece de interés. Frente al actual hastío autobiográfico apilado en la mesa de novedades, llega por fin alguien que trabaja, pule y quintaesencia hasta la raíz esa complicada materia del yo para dejar el suspiro de un fantasma (recordemos una vez más, el yo siempre resulta una construcción ficticia). Tan dolorosas y lúcidas páginas de Palais de Justice tienen el don de la exactitud y de la taumaturgia literaria. Nos hacer creer por un momento sujetos de un destino, aunque este sea terrible, protagonistas sin saber de una prosa ya más nuestra. Como quiso para otro poeta, Luis Cernuda (recordemos esa recreación poética de la infancia en clave poética de Ocnos), que como él vivió en el sinsabor constante, estás prosas permitieron a Valente, y ahora a nosotros con él, adentrar en la más radical supervivencia estimada por el poeta, la de la palabra transmutada en arte. Pero también vivir más, de otro modo también. Más allá o desde el más acá de la página.