No resulta extraño sino muy coherente con su concepción literaria y buena parte de su trayectoria que Javier Cercas, autor de Soldados de Salamina y Anatomía de un instante, se sintiera fascinado por la historia de Enric Marco y nos la haya trasmitido en un libro excepcional. Un libro que, según nos confiesa en sus primeras líneas, no quería escribir. Pero que, afortunadamente, escribió. Resulta así posible disfrutar de esta “novela sin ficción”, según la califica él mismo, que nos narra una llamativa peripecia que acaparó en 2005 los medios de comunicación nacionales e internacionales.
“En las ultimas navidades que pasamos en el campo, en 1944, solicitamos permiso para poner un árbol de Navidad, y el 24 de diciembre nos colgaron cuatro polacos sobre el árbol iluminado”. Este es uno de los recuerdos que Enric Marco iba contando de su prisión en el campo de exterminio de Flossenbürg, en Baviera. Y no menos terrible fue lo que rememoró en su discurso cuando, con motivo del sesenta aniversario de la liberación de Auschwitz, el Parlamento español rindió homenaje a las víctimas de la barbarie nazi. Sin embargo, Enric Marco nunca pasó por esa espantosa experiencia. Marco llegó a ser presidente de la Amical de Mauthausen -asociación que agrupa a los españoles deportados en ese y otros campos de exterminio- pero jamás estuvo en ninguna de ellos. Y no únicamente mintió en este punto. Enric Marco, que tras su desenmascaramiento, fue objeto del documental Ich bin Enric, de los directores argentinos Santiago Fillol y Lucas Vermal -que Cercas vio con atención-, se construyó a su medida una biografía épica, toda una existencia de luchador antifranquista y de superviviente del infierno. Y habría seguido vendiendo su falsa vida, si no hubiera sido descubierto en 2005 por el historiador Benito Bermejo, con quien también entra en contacto Cercas.
El impostor, sin embargo, no es solo el subyugante relato de esa historia, sino también, y sobre todo, una obra que nos plantea grandes cuestiones morales sumergiéndonos en la complejidad de la vida y del ser humano, donde no todo es un tranquilizador blanco o negro como a veces quisiéramos que fuese. La literatura es un instrumento privilegiado para dar cuenta de esa complejidad. Enric Marco es un farsante, pero Cercas sabe ir más allá de esa primera capa -“La piel de la cebolla” se titula el primer capítulo-, y extraer de la figura y la historia de Marco -que despertó el interés de Mario Vargas Llosa y Claudio Magris-, sus múltiples recovecos, dotándolas de un alcance metafórico individual y colectivo: “Se parece a don Quijote o a Emma Bovary, otros dos grandes mentirosos -señala Cercas- que, como Marcos, no se conformaron con la grisura de su vida real y se inventaron y vivieron una heroica vida ficticia; en este sentido hay algo en el destino de Marco, como en el del Quijote o la Bovary, que profundamente nos atañe a todos: todos representamos un papel; todos somos quienes no somos; todos, de algún modo, somos Enric Marco”.
¿Significa esto que se esté del lado del impostor, como teme Cercas que pueda interpretarse su libro? En absoluto. Lo que aquí se pone sobre la mesa es un gran interrogante que no puede eludirse: ¿Comprender implica justificar? Inquietante duda y más en este caso donde se toca un asunto tan sensible. La pregunta es leitmotiv de la obra y a Cercas le obsesiona lo que apuntó Teresa Sala, hija de un deportado en Mauthausen: “No creo que tengamos que entender las razones de la impostura del señor Marco”. Sin embargo, encuentra la respuesta en un lúcido comentario de Todorov, en el que dice que las víctimas no tienen que intentar comprender a sus verdugos, porque “la comprensión implica una identificación con ellos, por parcial y provisional que sea, y eso puede acarrear su propio aniquilamiento”. Pero esto no reza con los otros, como subraya Cercas: “Los demás no podemos ahorrarnos el esfuerzo de comprender el mal, sobre todo el mal extremo, porque, como concluía Todorov, comprender el mal no significa justificarlo, sino darse los medios para impedir su regreso”.
Asimismo, Javier Cercas aborda un controvertido tema de nuestros días como es la memoria histórica, cuya exaltación contribuyó decisivamente a que las mentiras de Marco lograsen tanto predicamento. En este aspecto, Cercas no se amilana ante lo políticamente correcto, y lleva a cabo más que oportunas consideraciones sobre ello, certificando, entre otras: “La expresión ‘memoria histórica’ es equívoca, confusísima. En el fondo entraña una contradicción: como escribí en ‘El chantaje del testigo’, la historia y la memoria son opuestas. ‘La memoria es individual, parcial y subjetiva -escribí-; en cambio, la historia es colectiva y aspira a ser total y objetiva”. La memoria histórica se convirtió de esta forma en una “industria”, en “un sucedáneo, un abaratamiento, una prostitución de la memoria; también una prostitución y un abaratamiento y un sucedáneo de la historia, porque, en tiempos de memorias, ésta ocupa en gran parte el lugar de la historia”.
Hay, pues, muchos planos en El impostor, a cuál más sugerente. Por un lado, el relato de las dos vidas de su protagonista, la real y la inventada, que Cercas investiga en varios frentes, incluyendo las largas conversaciones que mantuvo con Enric Marco. Por otro, las consideraciones que a Cercas le suscita su engaño, cómo resultó posible mantener la patraña durante tantos años y ante tanta gente, a la vez que se reflexiona atinadamente sobre la reciente historia española y la propia naturaleza de la novela, e incursiona en elementos de autoficción. Todo ello se entrelaza con absoluta naturalidad en una obra que aúna novela, ensayo, crónica…, y se lee con fruición. Sin duda, uno de los títulos imprescindibles de la actual literatura española.