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TRIBUNA

Ortega y las minorías egregias

domingo 23 de noviembre de 2014, 20:01h

Pocos libros han sido tan menospreciados y malinterpretados como España invertebrada, el inspirado ensayo que Ortega y Gasset publicó en 1921, apuntando la necesidad de articular nuestro país mediante una “minoría egregia”, capaz de urdir un “sugestivo proyecto de vida en común”. Esa meta en ningún caso debería disociarse del “auténtico futuro”, que según Ortega es “la unidad de Europa”. La construcción europea no implica la liquidación de las identidades nacionales, sino la integración de los distintos particularismos. “Es falso suponer que la unidad nacional se funda en la unidad de sangre, y viceversa. La diferencia racial, lejos de excluir la incorporación histórica, subraya lo que hay de específico en la génesis de todo gran Estado”. La posición de Ortega no puede estar más lejos de la doctrina de la Sangre y el Suelo (“una patria, una raza”), con su filosofía excluyente y autoritaria. El objetivo no es borrar lenguas y tradiciones, sino incorporarlas a una estructura ambiciosa y dinámica, donde el centro y la periferia se complementen, superando la tendencia a la dispersión o el ensimismamiento. En el prólogo a la segunda edición de la obra, Ortega lamenta que ese proyecto no avance: “A mi juicio, el síntoma más elocuente de la hora actual es la ausencia en toda Europa de una ilusión hacia el mañana”. Esa ilusión es particularmente necesaria en tiempos de crisis, pues encarna la posibilidad de un porvenir diferente. El mal que diagnosticó Ortega hace casi un siglo se ha convertido en un problema crónico. La construcción europea no ha logrado encender la adhesión de los ciudadanos, tal vez porque se ha diseñado desde las instituciones, sin la necesaria pedagogía política que permite transformar un anhelo real en un proyecto con un amplio respaldo social e intelectual. Europa ha fracasado en la tarea de crear una conciencia colectiva, semejante a la norteamericana, donde se reconocen las diferentes clases sociales, a pesar de sus conflictos y divergencias.

El caso de España es diferente, pues el concepto de nación no es un producto de la ingeniera institucional, sino de un sentimiento real, histórico, que se ha deteriorado por distintos motivos. La crisis económica ha contribuido a incrementar las tendencias centrífugas. El independentismo catalán, vasco o gallego habla de “procesos soberanistas”, sin reparar en que desmontar una nación no ayudará a crear riqueza ni acabará con la pobreza, la precariedad y la exclusión social. La destrucción de cinco siglos de convivencia no es la consumación de un movimiento nacional de liberación, sino un ataque contra la democracia, la libertad y la solidaridad. “La esencia del particularismo –escribe Ortega- es que cada grupo deja de sentirse a sí mismo como parte, y en consecuencia deja de compartir los sentimientos de los demás. No le importan las esperanzas o necesidades de los otros, y no se solidariza con ellos para auxiliarlos en su afán”. Europa no puede avanzar a ciegas, sin un propósito claro, y España tampoco, pues en ese estado de desorientación prospera “la exaltación de las masas” y los cesarismos de izquierdas o derechas, que desprecian el parlamentarismo y el sufragio universal, pues su referencia no es la razón, sino los mitos que postulan supuestas utopías. La fuerza nunca es el elemento esencial en la construcción de una nación. Los pueblos no se reúnen por simple coacción, sino por un objetivo común. “Los grupos que integran un Estado viven juntos para algo: son una comunidad de propósitos, de anhelos, de grandes utilidades. No conviven por estar juntos, sino para hacer juntos algo. […] Las naciones se forman y viven de tener un programa para mañana”. Ortega atribuye el separatismo a “codicias económicas” y “soberbias personales”. La aplicación de sus reivindicaciones convertiría España en una “pululación de mil cantones”. Las codicias económicas se disfrazan del control fiscal, ignorando que no tributan los territorios, sino las personas. En cuanto a las soberbias personales, resulta paradójico que un neoliberal como Artur Mas haya promovido un referéndum ilegal, actuando como el líder de una colonia supuestamente oprimida por la metrópoli. España es un país constitucional, no un imperio. Ni el País Vasco ni Cataluña son la Argelia francesa o el Congo bajo dominación belga. Cualquier decisión sobre la integridad territorial afecta a todos los ciudadanos y, por consiguiente, corresponde a todos los ciudadanos manifestar su opinión. Si no se respeta el ordenamiento constitucional, cualquier pueblo podría rebelarse contra el presunto absolutismo centralista y exigir el derecho de autodeterminación. Desembocaríamos en los “mil cantones” de los que habla Ortega o, por utilizar términos más actuales, en una miríada de Estados fallidos, donde las libertades y derechos serían extremadamente precarios y vulnerables.

Se reprocha a Ortega que justifique y alabe el papel desempeñado por Castilla en la constitución de España como nación: “La España una nace así en la mente de Castilla, no como una intuición de algo real –España no era, en realidad, una-, sino como un ideal esquema de algo realizable, un proyecto incitador de voluntades, un mañana imaginario capaz de disciplinar el hoy y orientarlo”. No es una afirmación arbitraria, sino un hecho histórico. A finales del siglo XVI, señala Henry Kamen, “los libros más famosos y vendidos [en Cataluña] eran los de Santa Teresa de Ávila, cuyas obras podían encontrarse en todos los despachos de libros. La preeminencia de la lengua y el pensamiento castellanos en Barcelona no debe extrañar, porque Castilla era un país con una actividad mundial, una economía fuerte y una población superior” (España y Cataluña. Historia de una pasión, 2014). No es menos cierto que las clases sociales en España han funcionado como “compartimentos estancos”, lo cual es un grave problema para la convivencia. La “convivencia nacional” no puede ser una “coexistencia pasiva y estática”, sino “una realidad activa y dinámica”. Por desgracia, España es “un conglomerado humano”, no una sociedad. Se pronuncian sermones y mítines, pero no hay diálogo. No hay acción, sino disociación y exclusión. Se ha perdido la voluntad de convencer porque no se reconoce la excelencia. No hay “una humilde actitud de escucha”, pues “la masa se niega a ser masa” y aceptar el liderazgo de los mejores. Ortega aclara que la masa no es el pueblo ni los mejores la aristocracia. La excelencia se mide por la “ejemplaridad” y suele ser el rasgo de una minoría que inspira al resto de la sociedad. La “capacidad de entusiasmarse con lo óptimo” es “la función psíquica que el hombre añade al animal y que dota de progresividad a nuestra especie frente a la estabilidad relativa de los demás seres vivos”. En ese sentido, “la sociedad es ya de suyo y nativamente un aparato de perfeccionamiento”.

Es cierto que a veces Ortega utiliza un lenguaje anacrónico, pero cada uno es hijo de su tiempo y, a principios del siglo XX, la política exterior aún pagaba un tributo conceptual a las tesis de Clausewitz y la investigación histórica todavía se permitía un espíritu altamente especulativo. La prosa de Ortega conserva su frescura, pero en ocasiones incurre en “metáforas adventicias”, de acuerdo con la maliciosa observación de Borges. A pesar de todo, España invertebrada nos proporciona argumentos perfectamente válidos para nuestro tiempo. España necesita ilusionar a los ciudadanos para continuar existiendo como proyecto de vida en común. Europa necesita apuntar hacia un mañana esperanzador. Los nacionalismos disgregadores no contribuyen a la convivencia ni al bien común. La sociedad puede ser un camino de perfección, pero ese sentido ascendente solo es posible admitiendo el liderazgo de los mejores. La cuestión es: ¿quiénes son los mejores? Muchos jóvenes admiran a Ernesto Che Guevara, ignorando los crímenes que cometió en Sierra Maestra o en la Fortaleza de San Carlos de la Cabaña. Una ultraderecha dividida y minoritaria sueña con crear un Frente Nacional, capaz de emular los éxitos de Marine Le Pen, la eurodiputada francesa que se ha manifestado partidaria de salir del euro, restablecer la pena capital y acercarse a la Rusia de Putin. Evidentemente, Ortega y Gasset no habría simpatizado con el Che ni con líderes populistas que no creen en el proyecto europeo. El elocuente catedrático de Metafísica intentó actualizar el viejo sueño de la República platónica, según el cual el gobierno debería estar en manos no ya de los sabios, sino de los filósofos, simples amantes de la sabiduría, pues ésta se extinguió con la aparición de la escritura, triste copia de la controversia oral.

Un buen libro siempre es una pregunta, una espiral que se mantiene abierta y espera una respuesta, capaz de prolongar su vida intelectual. Yo me voy a permitir añadir una coda a la obra de Ortega. En el siglo XXI, los filósofos se llaman científicos y operan en todas las áreas del saber. Su trabajo posee una incuestionable valía, pero carece de esa ejemplaridad que moviliza las conciencias y despierta el sentido ético. Desde mi punto de vista, Gandhi, Martin Luther King y Nelson Mandela, con sus limitaciones e imperfecciones, simbolizan esaejemplaridad contagiosa que puede vertebrar a una sociedad, excitando los sentimientos de compasión, compromiso y solidaridad. Se me ocurren otros nombres. Cada uno merecería un artículo: Judith Stein, Sophie Scholl, Óscar Romero, Jan Karski, Irena Sendler, Dietrich Bonhoeffer, Juan XXIII. Para mí encarnan la expresión de esa “minoría egregia” que actúa como inspiración permanente, sacando lo mejor de nosotros. Hace unos días, una mujer de 85 años fue desahuciada en Vallecas por avalar a su hijo, que no pudo cumplir con las condiciones del préstamo. La plantilla del Rayo Vallecano se ha solidarizado con la anciana y se ha comprometido a pagar el alquiler de una vivienda “para que pueda vivir dignamente y no se sienta sola”. No se me ocurre un ejemplo mejor de lo que significa convivir “para hacer juntos algo”. Y en esta ocasión ha sido algo grande y hermoso. Tal vez Ortega opinaría que mi conclusión se desvía de su planteamiento, pero no creo que le hubiera molestado, pues los intelectuales no escriben para concitar el asentimiento, sino el debate y la polémica. No hay que olvidar que la filosofía nació como conversación, diálogo.

Rafael Narbona

Escritor y crítico literario

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