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TRIBUNA

¿Un debate parlamentario con nuevo escenario?

Juan José Laborda
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jueves 27 de noviembre de 2014, 23:03h

El debate en el Congreso sobre la corrupción ha coincidido con mi descubrimiento de un autor norteamericano, Mark Lilla, y sus escritos sobre la ausencia de ideología en la política democrática de nuestros días. Fue mi amigo Arseni Gibert, el todavía presidente del órgano catalán de defensa de la competencia, quien me lo recomendó. Mark Lilla sostiene que después de 1989, las ideologías políticas se han convertido en dogmas, y los partidos políticos han abandonado cualquier pretensión de analizar la realidad cambiante. No hay ideas alternativas democráticas, sino sólo valores democráticos congelados, y eso es política y socialmente frustrante en un sistema liberal-democrático como el nuestro, así como en los demás de nuestro entorno. Según Lilla, esa dogmática liberal-democrática, tan incapaz como superficial, ha querido imponer por diversos métodos -por las armas en varios casos- los sistemas democráticos en países con culturas muy diferentes a las occidentales -por ejemplo, países islámicos-, y ese intento ha supuesto un retroceso en todos los índices de calidad de vida en comparación con la que tenían cuando se gobernaban con formas políticas tradicionales, comparables a las que tenía Europa cuando existían las monarquías absolutas (que llegaron a evolucionar con la Ilustración).

Algo de esta incapacidad dogmática vimos en el debate parlamentario sobre la corrupción. Aunque muchos comentaristas periodísticos hablaron de debate frustrante, yo creo que el sólo hecho de que el presidente del Gobierno haya tenido que debatir en el parlamento de política con mayúsculas, abre expectativas para que empecemos a creer que la regeneración de las instituciones puede ser posible.

El líder socialista Pedro Sánchez no desaprovechó la ocasión para iniciar su senda como alternativa de gobierno. Estuvo ciertamente duro en su intervención, pero coincidió con Rajoy en una realidad evidente: España no es un país corrupto, sino que, en mi opinión, está sufriendo corrupción sistemática en algunos sectores económicos, como las cajas de ahorro vinculadas con el urbanismo de pelotazo de hace unos años, algunos municipios envenenados por prácticas similares, administraciones públicas saqueadas por gestores inmorales, y por miembros de partidos políticos que se sirvieron de su poder para succionar dinero público para financiar ilegalmente a sus partidos, y a continuación, para quedarse con los fondos (escondiendo sus robos en paraísos financieros).

Pedro Sánchez aceptó que la corrupción puede aparecer en cualquier partido y en cualquier organización humana, y ese realismo, que podríamos calificar de benéfico pesimismo liberal sobre la naturaleza de las personas, fue la muestra de que Pedro Sánchez está seguro en su liderazgo. Recordé a Rubalcaba en ocasión parecida, cuando se enfrentó a Rajoy con el asunto que llevó a la cárcel a Luis Bárcenas. Entonces Rubalcaba pidió la dimisión de Rajoy, en un discurso feroz que no tuvo continuidad en los actos y decisiones posteriores del PSOE y del propio Alfredo Pérez Rubalcaba. ¿Esa petición retórica de dimisión no fue una manifestación de su debilidad?

Ha causado cierta sorpresa que Pedro Sánchez no sólo no ha mencionado la petición de dimisión del presidente del Gobierno, sino que su tono no rompió las posibilidades de relación entre el PP de Rajoy y el PSOE de Sánchez. Es también una máxima liberal concebir la democracia representativa como un sistema que avanza más con negociaciones, que con enfrentamientos totales.

En resumen, cuando el líder socialista manifestó en la tribuna del Congreso, literalmente, que “No espere de nosotros ningún acuerdo en materia de corrupción, no les creemos, no son de fiar”, probablemente, estaba expresando su pensamiento, que puede ser un pensamiento flexible, o dialéctico, sobre la actual y cambiante situación política de nuestro país.

Al afirmar “no les creemos, no son de fiar”, Pedro Sánchez estaba expresando las profundas dudas sobre las intenciones del “arriolismo” del actual poder gubernamental (por Pedro Arriola, el gurú electoral de Aznar y de Rajoy).

El “arriolismo” ha sido la versión hispánica de las temibles estrategias de los republicanos norteamericanos, que se sirvieron de los medios de comunicación, las encuestas demoscópicas y las investigaciones ilegales sobre la vida de los rivales políticos para mediatizar el debate político, en un sentido tan favorable a sus propósitos electorales, como pernicioso para los intereses nacionales. Me consta que la filtración de una cuenta corriente en Suiza del alcalde de Barcelona -que resultó completamente falsa, y que apuntó como causa a una entente entre policías y medios de comunicación pro-gubernamentales-, ha sido otro de los factores, pero no el último, que mantiene la desconfianza de los socialistas en el partido de Rajoy.

Restaurar la credibilidad, aumentar la fiabilidad entre los partidos de Gobierno es imprescindible con nuestro sistema político, y mucho más cuando la sociedad se manifiesta alejada de las instituciones representativas. ¿Pueden cambiarse las relaciones políticas? No perdamos la esperanza, aunque debemos ser exigentes.

Juan José Laborda

Consejero de Estado-Historiador.

JUAN JOSÉ LABORDA MARTIN es senador constituyente por Burgos y fue presidente del Senado.

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