Esta semana el presidente de la Federación de Rusia, Vladímir Putin, ha invocado a un fantasma para explicar la amenaza que, según él, se cierne sobre Rusia y los pretextos que se han intentado emplear para justificar la contención de Moscú y el levantamiento de un nuevo “telón de acero”.
Ese fantasma se llama Yugoslavia y, en ese nombre, se concentran las contradicciones, las traiciones y los dobles juegos de la comunidad internacional durante casi treinta años. Durante una década –no todo comenzó en 1991 ni terminó en 1999- el país fue triturado y reducido a escombros física y moralmente. He aquí la primera terrible verdad: Yugoslavia no se hundió como arrasada por un maremoto, sino que fue destruida, dinamitada desde el interior y el exterior.
Cuando las repúblicas yugoslavas comenzaron a romper la legalidad de la Federación, a los países europeos que podrían haber reconducido el proceso les pareció un momento de esperanza en los Balcanes. Casi nadie vio –casi nadie quiso ver- el peligro del revisionismo de la Historia. Pocos vieron –muchos prefirieron no ver- que la celebración de la memoria de los “ustashe” o el olvido de Jasenovac –el campo de concentración en el que miles de serbios, gitanos y judíos fueron exterminados durante la Segunda Guerra Mundial- eran solo el comienzo de un proceso de división violenta y guerras que los pueblos de Yugoslavia pagarían con sangre. Pocos contaron –pocos quisieron contar- la aparición en Bosnia de yihadistas que combatían por la implantación de un Estado islámico en los Balcanes, no por la libertad, ni la democracia.
La narración mediática se simplificó tanto que terminó convertida en una mentira: los serbios –todos ellos, sin matices, sin distinción- eran los agresores, los asesinos, los “malos”, mientras que los demás –los musulmanes de Bosnia, los nacionalistas croatas- eran solo víctimas que se defendían. El olvido de la prehistoria del conflicto (por ejemplo, las tensiones nacionalistas y religiosas alimentadas desde el exterior durante años) y la influencia a favor de unos y en perjuicio de otros para el rápido reconocimiento de algunas independencias llevó a contar el conflicto como si los eslavos del sur llevasen en la sangre el odio y necesitaran de Occidente para poner fin a su propia barbarie. Sí, hubo criminales de guerra serbios pero también los hubo croatas y bosnios musulmanes. De los primeros, todo el mundo se acuerda. De los otros, nadie habla y muchos de sus crímenes quedaron impunes. No a todas las víctimas se les ha hecho justicia después del conflicto. Lean a Peter Handke.
Yugoslavia distaba de ser perfecta pero, si tenía que desaparecer, podría haberlo hecho de otro modo. Podría haberse disuelto de forma ordenada o, al menos, pacífica. La federación no era perfecta pero las guerras que la destruyeron dejaron heridas tan profundas y duraderas que –más de veinte años después- uno puede preguntarse legítimamente por el coste que los pueblos de Yugoslavia pagaron y por quiénes resultaron beneficiados por ese pago. No fueron, desde luego, aquellos a los que se decía liberar ni aquellos a los que se pretendía defender. La comunidad internacional –y, singularmente, la Unión Europea- fracasó en Yugoslavia como después fracasó en resolver la cuestión de Kosovo.
Hoy Vladímir Putin ve en el caso de Yugoslavia un precedente. Es inevitable recordar la exaltación de los fascistas croatas cuando uno ve las manifestaciones del Pravy Sektor en Kiev. Hay una aterradora comunidad de memoria entre la celebración de Ante Pavelic y la de los colaboracionistas ucranianos. ¿Nadie pensó que los rusohablantes de la zona oriental del país y los crimeos reaccionarían cuando los nacionalistas ucranianos tomaron el poder tras la huida de Yanukovich? ¿Nadie en Bruselas o Washington aprendió nada del estallido de las guerras en Croacia y Bosnia?
La historia se venga cuando se la olvida. Las guerras de Yugoslavia no fueron conflictos de “buenos” y “malos” sino la forma de destruir un país que ya no tenía demasiado sentido –para algunos- tras la caída del Muro y la llegada del “Fin de la Historia” que pretendió teorizar Francis Fukuyama. Los pueblos de la federación pagaron el precio de intereses y juegos de poder ajenos. Vladímir Putin ha advertido que el caso yugoslavo no se repetirá en Rusia al día siguiente de que un grupo de terroristas tomase la Casa de la Prensa en Grozni -¿quién apoya a los terroristas chechenos?- y matase a diez policías e hiriese a 28 personas. El caso de Yugoslavia se ha evocado después de varios días de amenazas a Rusia –ahí está la cumbre del G-20 en Brisbane hace menos de tres semanas- y de sucesivos anuncios del hundimiento de su economía.
Todo esto es un error. El acoso a Rusia solo producirá una resistencia de su pueblo y un fortalecimiento de la ética de la resistencia frente a las amenazas. A diferencia de Europa occidental, en Rusia no se ha olvidado lo que sucedió con Yugoslavia.