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ORIENT EXPRESS

Francia, Kabul y la resistencia contra los talibán

Ricardo Ruiz de la Serna
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
domingo 14 de diciembre de 2014, 12:04h

El jueves pasado un terrorista suicida se hizo estallar en el Instituto Francés de Afganistán, en Kabul, durante la representación de una obra de teatro. En el atentado murió un ciudadano alemán que trabajaba para una ONG local y unas veinte personas quedaron heridas. El terrorista era un joven de 17 años que burló el control de seguridad y logró pasar los explosivos camuflados, al parecer, bajo la ropa. Lo han identificaron por la cabeza, que quedó intacta.

El Instituto Francés de Afganistán está en el complejo del Liceo Esteqlal, uno de los centros de enseñanza más antiguos del país y el más prestigioso. Es público, lo administra el Ministerio de Educación afgano en colaboración con el Ministerio de Asuntos Exteriores de Francia, y en él se enseña el francés como lengua extranjera. Su nombre, Esteqlal, significa “independencia” en persa. Lo fundó el rey Amanullah en 1922 y la primera piedra de las instalaciones más modernas la puso el primer ministro francés Georges Pompidou en 1968. Es el mismo Georges Pompidou que, en 1961, publicó la Antología de la Poesía Francesa que aún hoy, se sigue leyendo y es archiconocida gracias a su edición popular en la colección Le Livre de Poche, de la editorial Hachette. Era primer ministro de ese mismo país en el que André Malraux ocupó la cartera de educación entre 1959 y 1969. Nada menos que Malraux.

El Liceo Esteqlal y el Instituto Francés son de las pocas instituciones que aún organizan actos culturales en la capital afgana. El miedo a los atentados terroristas y la constante amenaza de los talibán han ido sofocando el clima cultural de una ciudad fascinante y trágica. En 1932, poco tiempo después del Liceo, se fundó la Universidad de Kabul. En los años 60 era una de las ciudades más cosmopolitas de toda Asia Central. Es difícil describir la belleza y la riqueza cultural de Afganistán. Lean el “Viaje a Oxiana”, de Robert Byron, para hacerse una idea o busquen las fotos de los Budas de Bamiyán que los talibán destruyeron en 2001 para comprender la extensión y la profundidad que la barbarie de estos islamistas ha causado a su propio pueblo y a la humanidad entera.

Sin embargo, los talibán no lograron asfixiar por completo la cultura en Afganistán. Francia resiste en el Liceo Esteqlal, en el Instituto Francés y en esa sala abarrotada que asistía a una representación teatral truncada por la tragedia. Francia resiste en un lugar que evoca con su nombre –Independencia- la aspiración de libertad, igualdad y fraternidad que encendió Europa y América durante dos siglos y que aún late en muchos corazones. Francia resiste dedicando una semana a los derechos humanos y terminándola con una obra de teatro que los terroristas decidieron abortar con una bomba porque esa pieza teatral “desacralizaba los valores del Islam” y era “propaganda contra la Yihad”, como declaró el portavoz de los talibán Zabihullah Mujahid.

Y esa resistencia de Francia es la de los afganos que se enfrentan al fanatismo, la tiranía y la irracionalidad con esa voz iluminada que es el teatro, con la poesía, con la lengua, con la literatura, con el espíritu de esa República que hace ministros a un antologista de poesía o a un escritor prodigioso. Junto a Francia, se alzan hoy mujeres y hombres que se atreven a decir “no” a la locura, a la barbarie, a la violencia, al fanatismo. Camus definió al rebelde: “¿Qué es un hombre rebelde? Un hombre que dice «no». Pero negar no es renunciar: es también un hombre que dice sí desde su primer movimiento. [...] El rebelde -es decir, el que se vuelve o revuelve contra algo- da media vuelta. Marchaba bajo el látigo del amo y he aquí que hace frente. Opone lo que es preferible a lo que no lo es.” Hoy Francia lidera, en Afganistán, esa rebelión que lucha por salvar lo humano en medio de la inhumanidad y el espanto.

Mi madre me enseñó mis primeras palabras de francés, que estaban escritas en un cartel de la Francia Libre. Estaban extraídas del célebre discurso de De Gaulle del 22 de junio de 1940 -“Francia ha perdido una batalla pero Francia no ha perdido la guerra”- y terminaba con la admonición “la Patria está en peligro de muerte, luchemos todos para salvarla”. Aquí la palabra clave es ese “todos”. Cada vez que veo ese cartel –el mismo que me enseñó mi madre- me vienen a la memoria todos esos que acudieron a la llamada de Francia y lo que ella representa: los héroes de la Resistencia, los argelinos, los marroquíes, los senegaleses y hasta esos españoles que llevaban luchando desde 1936 y seguían diciendo “no”. Con todos los errores, con todas las traiciones y los retrocesos, ese ideal es preferible –es superior, digámoslo claro- a la pesadilla de burkas, de bombas y de patíbulos que los talibán encarnan.

Si es verdad que la Patria también puede ser un lenguaje –resistencia, compromiso, libertad, derechos humanos, igualdad- en ese atentado del pasado jueves en el Instituto Francés de Kabul los talibán atacaron, de algún modo, la patria de todos nosotros. Francia y Afganistán han sufrido un golpe que nos conmueve y nos indigna pero el legado de valores democráticos, tolerancia, derechos y razón que Francia representa hoy en ese país es más fuerte que todas las bombas, que todos los burkas, que todas las horcas. Hay algo en el teatro, en la poesía, en la literatura y la palabra que ninguna tiranía puede estrangular por completo.

En Afganistán, no todo se ha perdido. Esa sala de teatro estaba abarrotada –unas quinientas personas- y ellas son la prueba de que hay alternativa. Cuando toda Europa parecía perdida, hubo un Jean Moulin, hubo un Jan Karski, un Emmanuel Ringelblum. Hubo centenares de mujeres como Michel Simon-Levy o Berty Albrecht porque, a las luchas por la liberación, ellas jamás faltan.

No, no todo se ha perdido. Francia ha levantado en Kabul una trinchera y desde ella viene defendiendo la razón, la libertad y los derechos humanos. En esa trinchera –y en las que se alzarán si esta cae- luchan hoy María de Francia con sus lais, todos los caballeros de Carlomagno, Ronsard, Montaigne, Voltaire, Hugo, Paul Claudel, Jean Améry y tantos, tantísimos otros, que creyeron –como esos hombres y mujeres que asistían a aquel teatro- que la tiranía y la barbarie no pueden tener la última palabra.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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