En política internacional las casualidades pocas veces tienen lugar. Todo sucede por un motivo muy concreto y todo atiende a un intrincado juego y equilibrio de poderes. La noticia de que Estados Unidos y Cuba comienzan un proceso de acercamiento diplomático gradual después de más de medio siglo de congelación no es casual y responde a varias razones.
En primer lugar, Obama sabe que se le acaba el tiempo de apuntalar su Presidencia, para muchos decepcionante. Con las dos cámaras en manos republicanas, su margen de maniobra para sacar adelante propuestas de peso es muy limitado. Así, el presidente de Estados Unidos que siempre estuvo ligado al cambio cuenta con pocas bazas para dejar la Casa Blanca por la puerta grande en los menos de dos años que le quedan en el cargo. Cuba es una de esas grandes bazas.
Ya que no puede levantar el embargo porque eso tiene que pasar antes por el Congreso, y los republicanos no están por la labor de ponerle la alfombra roja al presidente saliente, Obama se ha sacado de la chistera un acercamiento a medias.
Por un lado ordena al aparato diplomático iniciar un diálogo en pos de la normalización de las relaciones a ambos lados del Estrecho de Florida, pero por otro sigue remarcando que la isla continúa en manos de los Castro, a los que ya no acusa de patrocinar organizaciones terroristas.
Todo con un calendario muy medido, pues si bien se rumoreaba que la noticia de este jueves podía tener lugar desde hace meses, no ha sido hasta después de las elecciones de mid-term cuando se ha materializado en un intento por no perjudicar al Partido Demócrata, que aún así salió escaldado de los comicios. La noticia tiene especial calado en el estado de Florida, un territorio con 2 millones de personas con ascendencia cubana y que se antoja clave para las elecciones presidenciales de 2016.
Asimismo, el efecto de traer a casa a "dos héroes americanos" no debe ser infravalorado. Además del anuncio de marras, también se informó de un trueque de prisioneros. Alan Gross, liberado "por razones humanitarias", llevaba cinco años encarcelado en Cuba por haber llevado equipos informáticos a la isla para que más gente pudiera tener acceso. El segundo es un agente secreto de la CIA, capturado hace dos décadas "tras trabajos de gran valor conocidos por unos pocos", según la Casa Blanca, que ha sido canjeado por tres de los famosos Cinco que Washington retenía acusándoles de espiar para el régimen de los Castro.
Apretar a Rusia
El otro frente a tener en cuenta y que se esconde tras el anuncio de ayer es Rusia. En los últimos meses, Vladimir Putin ha sacado músculo tanto en el este de Ucrania como, más recientemente, en el Báltico con incursiones no autorizadas de cazas y submarinos a las puertas del área de influencia de la OTAN.
Tanto la Unión Europea como Estados Unidos saben que una confrontación militar al estilo de la Guerra Fría no conduce a nada y lo único que puede salir de ahí son perjuicios para todos. Así, tanto europeos como americanos han decidido atacar al Kremlin donde más le duele, en su Talón de Aquiles: en el bolsillo.
El desplome del precio del petróleo y la consiguiente devaluación del rublo ruso ha puesto a Putin en una complicada situación financiera. El acercamiento de Estados Unidos a Cuba, socio estratégico de Rusia en el Caribe, es un torpedo a su línea de flotación en varios sentidos.
Washington anula en cierto modo la ascendencia tradicional tanto ideológica como política de Rusia en Cuba. Con una Venezuela anulada y al borde del colapso por la ya mencionada crisis del crudo, La Habana era el gran puntal de Putin en la zona, un puntal que ahora se acerca un poco más a EEUU.
A su vez, abre la posibilidad a la entrada de nuevos países inversores en la isla con un hipotético aunque complicado levantamiento del embargo de 1960 a medio plazo.
En este contexto, cobran especial relevancia las nuevas sanciones aprobadas esta misma semana por Obama a la economía e industria rusa, que se suman a una larga lista ya aprobada en verano por Bruselas.
En resumen: la Casa Blanca aprieta la soga que rodea el cuello de Putin con un nudo nuevo, uno con el que el presidente ruso quizás no contaba.