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TRIBUNA

¿Dónde está España en el nuevo escenario cubano?

Juan José Laborda
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viernes 19 de diciembre de 2014, 20:04h
Los presidentes Obama y Raúl Castro han anunciado el restablecimiento de relaciones diplomáticas de Estados Unidos con la República de Cuba, poniendo fin a una ruptura de medio siglo. La decisión de Obama y de su gobierno será, casi sin duda, irreversible, pero el embargo norteamericano al régimen comunista castrista no se levantará de inmediato, pues depende su derogación de las dos Cámaras del Congreso de Washington, y allí la mayoría republicana no está precisamente colaboradora en este próximo año electoral. El presidente Obama ha tenido palabras de agradecimiento a distintos gobiernos por su colaboración en este nuevo escenario diplomático y político, y de todos ellos, ha resaltado la ayuda del papa Francisco.

Gobiernos latinoamericanos, y el gobierno de Canadá, se han hecho presentes en la consecución del histórico acuerdo, sacando partido de sus diversos intereses económicos y, sobre todo, de sus antiguas vinculaciones culturales, lo mismo que el papado, debido a su gran influencia en la sociedad católica de la isla. Sin embargo, España no ha estado en este nuevo escenario, a pesar de tener unas relaciones únicas con Cuba, en su doble dimensión, espiritual y material.

Mala noticia para nosotros. No es cuestión de negocios, que por cierto, en esto España ha perdido mucho terreno en Cuba en los últimos años. Se trata de algo más importante y profundo. Afecta a nuestra autoestima como nación. No en vano los problemas de los nacionalismos disgregadores vasco y catalán aparecieron hacia 1898, cuando España perdió Cuba al ser derrotada por los Estados Unidos. Y en cuanto a Cuba, su nacionalismo quedó frustrado al depender su independencia de la presencia norteamericana, sentida muchas veces como humillante.

Cuando Fidel Castro y sus guerrilleros triunfaron en 1959, erigiendo un Estado tan revolucionario como nacionalista, España y Cuba se encontraron en un escenario político que por primera vez los hacía aliados o cómplices. La Cuba, pronto comunista, y España, entonces franquista, tenían con los Estados Unidos parecidos motivos patrióticos para colaborar diplomáticamente, a pesar de la distancia sideral de sus respectivos regímenes políticos. El nacionalismo español tradicional, el que profesaban los conservadores y también los franquistas, tenía un componente anti-yanqui, y en eso coincidían con los revolucionarios cubanos de siempre, y que se convirtió en la ideología fundamental -“¡Patria o muerte!”- de sus herederos, los comunistas castristas (y guevaristas).

En el lado norteamericano, su patriotismo nacional se sintió agraviado por la Cuba de Fidel Castro, desde el momento que los contingentes armados por las agencias secretas norteamericanas fueron rechazados por los soldados de la Revolución cubana, en medio de un ridículo tan grande como su derrota. Después se anudaron diversos éxitos estratégicos del gobierno de Fidel Castro, a los que respondieron los gobiernos norteamericanos con el embargo y el hostigamiento a la isla. El herido nacionalismo norteamericano sólo sirvió para que la Cuba de Castro se consolidase internacionalmente, como un David triunfante sobre el Goliat yanqui, y de rebote, haciendo imposible que los Estados Unidos tuviesen buenas relaciones con las demás naciones de Latinoamérica.

España mantuvo siempre unas relaciones con la Cuba de los Castro basadas en sus lazos históricos y en intereses de diversa índole, lo que nos obligaba a mantener con Estados Unidos una política autónoma, a menudo discrepante con la diplomacia norteamericana en asuntos cubanos. Eso sucedió desde los mismos orígenes de la revolución castrista de 1959. Es ilustrativo analizar la famosa actuación de Juan Pablo de Lojendio, el embajador español que interrumpió a Fidel Castro cuando éste atacó en la televisión cubana al gobierno del general Franco. Fue un escándalo internacional, y aunque Lojendio abandonó el país, las relaciones internacionales se mantuvieron siempre, entre otras razones porque Cuba y España habían tenido con Estados Unidos un pasado igualmente conflictivo, al menos desde la memoria histórica de ambos nacionalismos. Franco mantuvo las relaciones diplomáticas con la Cuba comunista, a pesar de que los norteamericanos no las deseaban, y cuando el franquismo no tenía relación alguna con los demás Estados de la órbita soviética (como era Cuba). Pero a Fidel Castro le pasaba igual, por motivos semejantes. La Cuba comunista podía haber reconocido al gobierno de la II República, como entonces sucedía en México (y como propusieron muchos exiliados en Cuba), pero a Fidel Castro no le interesó nunca que España pudiese cambiar su política con Cuba, acercándose por eso a los Estados Unidos.

El gobierno de José María Aznar cambió la política histórica con Cuba, por su adhesión a la política norteamericana de entonces, y después el gobierno de Zapatero no la corrigió. Como partido político, el PP cometió errores incomprensibles, como dejar su relación con los disidentes cubanos en manos de aficionados, eso sí, muy dogmáticos, como Ángel Carromero, el joven que conducía el coche cuando Oswaldo Payá falleció en accidente. El ministro de Asuntos Exteriores, García Margallo, aunque tiene las ideas claras, no ha podido remontar la inercia de tantos errores con Cuba. Fue sintomático que en su reciente visita a la Isla, no consiguiese ser recibido por Raúl Castro, cuando ya se suponía lo que iba a suceder en las relaciones cubano-estadounidenses.

Es urgente que España se sitúe en el nuevo escenario, es decir, volviendo a una política con Cuba que, por motivos nacionales, fue la que siguieron los gobiernos españoles desde 1959 hasta el siglo veintiuno.

Juan José Laborda

Consejero de Estado-Historiador.

JUAN JOSÉ LABORDA MARTIN es senador constituyente por Burgos y fue presidente del Senado.

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