En una de las páginas más notables del Nuevo Testamento, está escrito el final de nuestras vidas, el diálogo con el cual se pone fin a nuestro paso por este mundo. Entonces el rey, dice el Evangelio de San Mateo (XXV, 34-40), mirará a quienes están a su derecha y les dirá: "Venid, benditos de mi padre. Porque yo tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; estuve enfermo y me visitasteis... A lo cual los justos responderán, diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos nosotros hambriento y te dimos de comer, sediento y te dimos de beber? o ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a visitarte? Y el rey en respuesta les dirá: en verdad os digo, siempre que lo hicisteis con alguno de estos mis más pequeños hermanos, conmigo lo hicisteis. Como contrapartida, prosigue el Evangelio, estuvieron quienes no hicieron lo propio: frente al hambre o la sed, la enfermedad o la cárcel, algunos permanecieron en la perpetua indiferencia, a lo que el rey responderá que si no sirvieron a los necesitados, "tampoco a mí lo hicisteis".
¿Por qué Jesús decía esto? Si lo tuviéramos al frente, pensamos, quizá no dejaríamos momento libre para servirlo, le daríamos casa si resuelve predicar en nuestra ciudad, lo trasladaríamos en automóvil si lo solicitara, y tendría una buena cena en nuestra morada. ¿No resulta claro que él merece un trato privilegiado de nuestra parte, por ser hijo de Dios, mientras los demás pueden tener un tratamiento de segunda clase? El tema es complejo, pero la respuesta es unívoca: Jesús está en cada persona de este mundo, en cada hombre, mujer o niño, por lo que no es necesario esperar verlo a él hambriento o llagado o preso para obrar de manera caritativa.Por eso, resumía Benedicto XVI en Deus Caritas est (publicada precisamente un 25 de diciembre de 2005) "la caridad cristiana es ante todo y simplemente la respuesta a una necesidad inmediata en una determinada situación: los hambrientos han de ser saciados, los desnudos vestidos, los enfermos atendidos para que se recuperen, los prisioneros visitados".
Es evidente que esta invitación no es exclusiva para los cristianos, porque dice relación con la vida buena en sociedad, y en temas en los cuales personas sin fe también han mostrado un compromiso muy claro con las necesidades del prójimo. Es la forma que adquiere la solidaridad u otras formas de compromiso que involucra a todos quienes aspiran a una sociedad mejor. Hasta ahí podría haber un cierto acuerdo fundamental, pero ahora el Papa Francisco ha profundizado un aspecto específico del tema, que conviene tener en cuenta en esta Navidad.
Esto se refleja particularmente en la fiesta que celebramos estos días: el nacimiento del hijo de Dios en Belén, punto de quiebre en la historia de la Humanidad. Cuando estuvo de visita en mayo de 2014 en Belén, Palestina, Francisco pronunció unas palabras muy especiales en la Misa en la Plaza del Pesebre. Había muchas familias, miles de personas, ante las cuales el Sumo Pontífice habló del "signo de esperanza" y "signo de vida" que significan los niños. Palabras contradictorias con lo que muchas veces se ve en el mundo actual: niños explotados, otros condenados a una esclavitud de hecho, violentados o prostituidos, prófugos, abandonados, abortados, todo lo cual transcurre ante una fría y generalizada indiferencia. Corresponde preguntarse también ¿y qué hemos hecho por ellos, por cada niño, por Jesús?
A continuación, el Papa formula un cuestionamiento decisivo, al señalar que nos preguntamos "¿Quiénes somos nosotros ante el Jesús Niño? ¿Quiénes somos ante los niños de hoy? ¿Somos como María y José, que reciben a Jesús y lo cuidan con amor materno y paterno? ¿O somos como Herodes, que desea eliminarlo?" Poco antes, el viernes 11 de abril, había señalado: “Es necesario reiterar la oposición más firme a cualquier atentado directo a la vida, especialmente inocente e indefensa, y el nonato en el seno materno es el inocente por antonomasia. Recordemos las palabras del Concilio Vaticano II: “La vida desde su concepción ha de ser salvaguardada con el máximo cuidado; el aborto y el infanticidio son crímenes abominables''.
Ambas ideas están en la misma línea y la Navidad es un buen momento para volver a ellas. Enterado de que nacería un niño destinado a ser el Rey de los judíos, Herodes tomó la decisión de mandar a matar a todos los niños menores de dos años. María y José, por su parte, huían del asesino para proteger la vida de Jesús. Así nació en Belén, según narran las escrituras, en la soledad y pobrezade un pesebre, al cuidado de sus padres y con el calor de unos pocos animales, más la visita de los Reyes Magos. Una verdadera postal de la Navidad.
Esta es la razón por la que el Papa Francisco plantea la dicotomía manifestada. Ante cada niño en peligro podemos ser Herodes o bien comportarnos como María y José, podemos acoger como corresponde a cada pequeño o bien dejarlo morir con indiferencia. Quizá algún día nos veamos frente a la pregunta crucial en una conversación final decisiva: quería nacer, ¿me ayudaste? Que la respuesta sea siempre que estuvimos disponibles, para dar vida y para acoger a la criatura y a su madre, que nunca tengamos que mirar al costado con vergüenza o indiferencia, para reconocer que hemos fallado, que no le dimos de comer, no lo ayudamos a nacer, no lo vestimos una vez llegado a este mundo.
En definitiva, cuando nos llamen para conversar de este tema, que vayamos con la mirada limpia de quien quiso comportarse con cada niño como María y José, rechazando la mano cruel y homicida de Herodes.