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CRÍTICA DE CINE

Big Eyes, el ‘cuento de Navidad’ de Tim Burton, entre el arte y la masa

Laura Crespo
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lauracrespoelimparciales/12/5/12/24
jueves 25 de diciembre de 2014, 10:03h
Actualizado el: 01/02/2015 14:09h
Big Eyes , el ‘cuento de Navidad’ de Tim Burton, entre el arte y la masa
Con Christoph Waltz y Amy Adams. Por Laura Crespo
La carrera de Tim Burton es digna de análisis. Sobre todo porque sus trabajos consiguen a menudo todo lo bueno del cine comercial sin desprenderse de ese halo de autoría innegable que los hace únicos. El cineasta atrae a un público masivo a las salas sin que su quehacer cinematográfico pueda considerarse de masas, al menos teniendo en cuenta la impronta personal que define sus películas. Y entonces llega Big Eyes y la historia se confunde. Una película que invita al debate sobre lo que es el arte y que resulta perfectamente equilibrada, dirigida a un público amplio, ejecutada de forma impecable, pero con apenas dos pinceladas en las que Burton, el artista, sea reconocible. Puede entenderse como una pérdida de la personalidad a la que nos tiene acostumbrados, o como todo lo contrario. Burton puede haberse escondido tras el esquema de una cinta hecha para agradar al mayor número de espectadores posible, o puede haber decidido trasladar el gran interrogante del argumento a la praxis cinematográfica misma: ¿Es la pérdida del componente elitista la muerte del arte? ¿Por qué a menudo se ha desprestigiado el llamado pop-art? ¿Es la masa incompatible con el arte?

Big Eyes se basa en la historia real de la pareja de artistas Walter y Margaret Keane. Durante los años 50 y 60, las pinturas de Walter alcanzaron una gran popularidad y se convirtieron en una máquina de hacer dinero, primero a través de los originales, después como inspiradores de una gran cadena de producción de láminas y postales que hicieron al matrimonio enormemente rico. Los cuadros de Keane, protagonizados por niños de expresión triste y ojos desproporcionadamente grandes que les otorgaron la denominación popular de ‘Big Eyes’, dieron la vuelta al mundo, hasta que en 1970 Margaret decidió contar la verdad: que ella y no su marido era la autora de todos y cada uno de los cuadros.

Lejos de aquel burbujeante Pesadilla antes de Navidad, Burton vuelve a las salas en estas fechas con una historia que, si bien no es estrictamente un cuento de Navidad, comparte algunos de sus rasgos: deja claro desde el minuto uno quién es el bueno y quién es el malo, sin demasiados matices, no hay nada desagradable más allá de los giros necesarios de la trama y la sensación de satisfacción cuando llegan los títulos de crédito es bastante plena. Eficaz y eficiente.

Quizás Tim Burton no ha hecho con Big Eyes su gran obra de arte definitiva, pero sí un producto adecuado, fácil de disfrutar y solvente de sobra. La historia interesa desde el principio y el cineasta sabe cómo jugar con ese interés a base de cambios de ritmo, clichés cinematográficos brillantemente explotados y, sobre todo, la elección de dos grandes intérpretes para los papales protagonistas: Christoph Waltz y Amy Adams.

El último actor fetiche de Tarantino (Malditos Bastardos, Django desencadenado) consigue convertirse en diana del odio del público casi desde el primer plano. Su sonrisa impostada, su ensayada bohemia y su milimetrado don de gentes definen a Walter Keane, y Waltz clava la representación de la mediocridad escondida tras una grandilocuencia exagerada.

Por su parte, la ganadora de un Globo de Oro por su papel en La gran estafa americana, Amy Adams, vuelve a demostrar lo bien que se le da meterse en luchas internas. En la piel de Margaret Keane, encuentra el equilibrio entre el papel de la mujer a mediados del siglo pasado y una incipiente emancipación femenina, sin que la metamorfosis se vea artificial o desmedida en la gran pantalla. Al contrario, Adams consigue llevar de la mano al espectador en ese ‘quiero y no puedo’, en el segundo plano perenne y consentido y en el miedo y las ganas del cambio.

Como en buena parte del cine de época, el vestuario y la ambientación de Big Eyes configuran otra de sus fortalezas, con la colorida atmósfera de los sesenta como clara protagonista.

Si uno se acerca a Big Eyes esperando encontrar un Tim Burton en estado puro, probablemente acabe con un punto de decepción. Sí se intuye al ‘artista’ detrás de ciertos detalles, pero el ambiente tenebroso y el gamberrismo propio de Burton no están en el primer plano de esta película. Dicho esto, la cinta compone un relato interesante sobre una historia increíblemente real, consigue un ritmo excelente que mantiene enganchado al espectador y, de paso, lanza un par de preguntas (que no respuestas) universales sobre el poliédrico mundo del arte.
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