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TRIBUNA

¿Qué significa ser cristiano?

domingo 28 de diciembre de 2014, 19:34h

Qué significa ser cristiano? “Salvaguardar la apertura hacia todo lo no cristiano y evitar la confusión, que no es cristiana”, escribe Hans Küng en Jesús (2014). No es una mala definición, pues contempla ese espíritu ecuménico que jamás excluye el diálogo ni la fraternidad, pilares básicos del “escándalo de la fe”. Diálogo y fraternidad significa una apertura permanente e incondicional hacia el otro. Durante las fiestas de Navidad, conviene recordar que Jesús de Nazaret no se encarnó tan sólo para fundar una iglesia, sino para salvar a todos, particularmente a los que han violado las leyes humanas y divinas. Y no se encarnó como un príncipe, sino como el hijo de una familia humilde, aceptando una muerte particularmente cruenta, pues la cruz se reservaba para los esclavos rebeldes y los sediciosos, cuyos crímenes representaban un intolerable desafío contra el poder de Roma. Pienso que Johann Baptist Metz, admirable teólogo católico, no se equivoca al afirmar que Cristo no reparó primero en el pecado, sino en el sufrimiento, asumiendo la agonía en la Cruz como la expresión radical de su compromiso con el dolor de todos los seres humanos. La agonía en la Cruz no es un hecho aislado, sino un ultraje que se repite cada vez que el hombre hace daño al hombre. Muchas veces se ha preguntado: “¿Dónde estaba Dios?”, especialmente cuando los inocentes morían en Auschwitz, los campos de concentración de la antigua Unión Soviética o en la iglesia ruandesa de Nyamata, donde perdieron la vida cerca de 10.000 civiles, brutalmente asesinados por las milicias interahawne. ¿Dónde estaba Dios en esos momentos? Creo que entre las víctimas, soportando su angustia e indefensión. Dios no se limitó a crear el mundo, sino que se involucró en él hasta sus últimas consecuencias, con esa mezcla de amor y sacrificio que caracteriza a las relaciones entre padres e hijos. El teólogo protestante Jürgen Moltmann evoca en el Dios crucificado (1972) la terrible experiencia del joven judío Elie Wiesel en Auschwitz, cuando contempló el ahorcamiento de varios deportados que habían intentado fugarse del campo. Los hombres murieron rápidamente, pero el adolescente agonizó durante media hora, pues su extrema delgadez retrasó el proceso de estrangulamiento: “¿Dónde está Dios ahora?”, murmuraban algunos, hasta que un voz respondió: “¿Dónde está? Allí… Está allí colgado del patíbulo…” (La noche, 1955). Y añade Moltmann: “Cualquier otra respuesta sería blasfemia. Ni podrá haber tampoco otra contestación cristiana a la pregunta de este suplicio. Hablar aquí de un Dios impasible, lo convertiría en un demonio. Hablar aquí de un Dios absoluto, lo convertiría en una nada destructora. Hablar aquí de un Dios indiferente, condenaría a los hombres a la indiferencia”.

Hablar de Natividad, Encarnación y Resurrección parece un dislate en una época que ha reducido la verdad a la verificación empírica. La insufrible arrogancia de las ciencias naturales despacha el éxtasis místico de Santa Teresa de Jesús como un brote psicótico. Algunos llegan más lejos y acusan de fraude a la fundadora de las Carmelitas Descalzas. Hans-George Gadamer (Marburgo, 1900-Heidelberg, 2001), uno de los grandes teóricos de la Hermenéutica, ha recordado a menudo la observación de Aristóteles, según la cual “la poesía es más cierta, es decir, más filosófica [que el saber histórico o científico], pues abarca más conocimiento”. No es un apunte irrelevante o apasionado, sino el juicio de un biólogo –Aristóteles se consideraba ante todo un naturalista- en un tiempo de grandes avances científicos, que ha pasado a la posteridad con el nombre de Ilustración helena. La poesía “abarca más conocimiento” que el saber científico, pues trasciende los límites del lenguaje y la razón. Ese impulso es lo que permite acercarse a lo que no puede explicarse mediantes conceptos. Los conceptos no son la verdad, sino las categorías elaboradas por el entendimiento humano para explicar el mundo. Son una herramienta, no un criterio de objetividad, pues expresan nuestras posibilidades de conocimiento, pero también nuestros límites. No son una respuesta, sino una pregunta y por eso pueden cuestionarse, relativizarse o refutarse. La Natividad no es mitología, sino la irrupción de Dios en la historia, con sus límites espaciales y temporales. No es una expresión de poder, sino de amor y solidaridad. Dios se hace hombre para arrojar sobre sus espaldas el dolor del mundo y ofrecer esperanza a los que ya no aguardan nada. No nace en un palacio, sino en un establo, pues quiere estar cerca del pobre, el paria y el excluido. La Encarnación es la realización histórica de una promesa. Jesús prodigó alegría, ternura, fraternidad, bienaventuranzas, pero a cambio sufrió persecuciones, calumnias, menosprecios, torturas y una dolorosa agonía, donde se refleja su flaqueza como hombre (“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, Mateo 27:46) y su grandeza como Hijo Unigénito (“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” Lucas 23:34). La Resurrección es la garantía de que la última palabra no corresponde a la injusticia, el desamparo y la violencia, sino a la paz, la reconciliación y la esperanza. Jon Sobrino, teólogo jesuita, afirma que el anhelo individual de eternidad no es un ideal cristiano, cuando se experimenta como miedo personal a la nada. La expectativa de la eternidad debe ser colectiva y hacer hincapié sobre todo en las víctimas. La Resurrección es unmañana ético, el escenario que alivia y repara definitivamente el dolor de los inocentes. Las utopías suelen ser dañinas en el ámbito de la política, pero son irrenunciables desde una perspectiva moral y teológica. Jürgen Moltmann escribe en el Dios crucificado: “[La Resurrección nos dice que] los verdugos no triunfarán definitivamente sobre las víctimas. Mas también nos dice que las víctimas al final no triunfarán sobre sus verdugos. El que triunfará será el que murió primariamente por las víctimas y luego también por los verdugos, revelando con ello una nueva justicia que rompe el laberinto del odio y la venganza”. La Resurrección es la justicia creadora de Dios, o, más exactamente, su “amor creador”, que hace posible el perdón y la reconciliación. Moltmann cita el espanto de Auschwitz para explicar la teleología cristiana: “…como la cruz de Cristo, también Auschwitz se halla en Dios mismo, es decir, incorporado en el dolor del Padre, en la entrega del Hijo y en la fuerza del Espíritu. […] Dios en Auschwitz y Auschwitz en el Dios crucificado: éste es el fundamento de una esperanza real, tanto transformadora como superadora del mundo y la base para un amor que es más fuerte que la muerte”.

La Resurrección puede resultar incomprensible para nuestros pobres conceptos humanos, pero es el milagro que imprime sentido, finalidad y dignidad al devenir histórico. Sin esa perspectiva escatológica, la historia se transforma en algo oscuro, absurdo y confuso. Y la confusión nos es cristiana, de acuerdo con las palabras de Hans Küng mencionadas al inicio de este artículo. Vuelvo a plantear la pregunta: ¿qué significa ser cristiano? Küng responde de forma sencilla: obrar conforme a la voluntad de Dios. La cuestión es: “¿qué quiere Dios en realidad? […] Dios no quiere nada para sí, para su provecho y mayor gloria. No desea otra cosa que el beneficio del hombre, su verdadera grandeza, su auténtica dignidad. Esta es la voluntad de Dios: el bien del hombre. […] La voluntad de Dios es una voluntad que salva ayudando, sanando, liberando. Dios quiere la vida, la alegría, la libertad, la paz, la salvación, la gran felicidad última del hombre, en cuanto individuo y colectividad”. El odio, el egoísmo, la venganza, la crueldad, la vanidad, la insolidaridad y otras miserias humanas impiden que cumplamos la voluntad de Dios. ¿Hay alguna clave para superar esas pasiones, que literalmente nos deshumanizan? Creo que Edith Stein, judía de nacimiento, discípula de Husserl y mártir de la fe católica, nos proporciona una clarividente respuesta en su tesis doctoral publicada en 1917 con el título El problema de la empatía: “Sólo quien se vivencia a sí mismo como persona, como totalidad de sentido, puede entender a otras personas”. Dicho de otro modo: solo el que profundiza en su humanidad y reconoce su peculiaridad, logra experimentar “la alegría, el júbilo” de “vivenciar lo ajeno”. Vivenciar lo ajeno nos permite reconocer en el otro su humanidad, su condición de prójimo que pide nuestro respeto, afecto y solidaridad. Sin empatía, el otro deviene objeto. Nada puede ser más opuesto al Reino de Dios, pues “el amor al prójimo –apunta Küng- es el barómetro exacto del amor a Dios: tanto amo a Dios cuanto amo a mi prójimo”. Pero, sorprendentemente, Dios no se conforma con eso: “Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? Porque también los pecadores aman a los que les aman” (Lucas 6:32). Küng nos recuerda que “el amor al enemigo es lo característico de Jesús”. Es algo difícil de entender y sentir, pero las Sagradas Escrituras no dejan lugar a dudas: “Pero a vosotros los que oís, os digo: amad a vuestros enemigos; haced bien a los que os aborrecen; bendecid a los que os maldicen; orad por los que os vituperan… (Lucas 6, 27-28). “Jesús –añade Küng- tuvo trato efectivo con los seres marginados, los proscritos sociales, los anatematizados religiosos, los discriminados y desclasados. Hizo causa común con ellos. Los aceptó sin más. No solo predicó un amor abierto a todos los hombres, también lo practicó”. Puede decirse algo parecido de Edith Stein, que se convirtió al catolicismo después de leer el Libro de la Vida (1565) de Santa Teresa de Jesús. En 1933, Edith ingresó en el Convento de las Carmelitas Descalzas de Colonia, con el nombre de sor Teresa Benedicta de la Cruz. Su hermana Rosa siguió su ejemplo, pero como terciaria. Apenas Hitler comenzó a promulgar leyes antisemitas, el Carmelo trasladó a las hermanas a un convento de Holanda para proteger sus vidas, pero el 20 de julio de 1942 los obispos holandeses ordenaron leer en todas las parroquias una vigorosa carta de protesta contra las deportaciones de judíos. Airado, Hitler respondió con nuevas deportaciones, mostrando un especial ensañamiento con los judíos holandeses. Edith tuvo la oportunidad de escapar. Le ofrecieron papeles falsos para huir a América Latina, pero decidió compartir la suerte de su pueblo: “¡No hagáis nada! ¿Por qué debería ser excluida? No es justo que me beneficie de mi bautismo. Si no puedo compartir el destino de mis hermanos y hermanas, mi vida, en cierto sentido, queda destruida”. El 9 de agosto, Edith Stein pisó la rampa de Auschwitz con la estrella amarilla de David cosida a su hábito de carmelita descalza. Los responsables de las selecciones la enviaron directamente a la cámara de gas, con su hermana Rosa y otras 523 personas.

En 1987, Juan Pablo II la beatificó y en 1988 la canonizó. Desde 1999, es patrona de Europa con Santa Brígida de Suecia y Santa Catalina de Siena. “Quien busca la verdad –afirmó Santa Teresa Benedicta de la Cruz-, sea o no consciente de ello busca a Dios”. Todos los testimonios coinciden en señalar su entereza, su coraje y su absoluta falta de odio o rencor hacia sus verdugos. Parece un sentimiento irracional, pero –como ella misma escribió- “ninguna obra espiritual viene al mundo sin grandes tribulaciones. Desafía siempre a todo el hombre”. Consciente de lo que representaba su origen judío, afirmó con enorme lucidez: “Bajo la Cruz he comprendido el destino del pueblo de Dios. […] En efecto, hoy conozco mejor lo que significa ser la esposa del Señor con el signo de la Cruz. Pero, puesto que es un misterio, no se comprenderá jamás con la sola razón”. Termino con unas palabras de Santa Teresa Benedicta de la Cruz, que complementan la respuesta de Hans Küng a la pregunta ¿qué significa ser cristiano? “Para los cristianos, y no solo ellos, nadie es extranjero… El amor de Cristo no conoce fronteras. […] No aceptéis como verdad nada que carezca de amor. Y no aceptéis como amor nada que carezca de verdad. El uno sin la otra se convierte en una mentira destructora. […] Solo el que se une al amor de Cristo llega a ser verdaderamente libre”. Dios nos pide lo mejor de nosotros mismos, pero a cambio nos ofrece algo insuperablemente hermoso: la posibilidad de hablar no ya con el Jesús del madero, sino con el que “anduvo en el mar” (Antonio Machado).

Rafael Narbona

Escritor y crítico literario

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