ENTRE ADOQUINES
París somos todos, queramos verlo o no
miércoles 07 de enero de 2015, 20:29h
Vaya por anticipado que, por supuesto, estoy de acuerdo con quien asegura que un atentado como el ocurrido este miércoles en Paris no puede servir para fomentar el odio. Pero, sin duda, señores, tampoco para fomentar el miedo. El pasado 17 de diciembre finalizaba esta columna semanal con la siguiente frase: “Aquí, en este mundo en el que aún somos libres para expresar nuestras opiniones en público sin temor a que nos corten la cabeza, podemos también elegir cómo llamar a las cosas. No a todas, porque a la muerte solo podemos llamarla muerte”. No sé si hoy, después del brutal ataque contra la revista ’Charlie Hebdo‘, escribiría exactamente lo mismo. Respecto a lo último, que a la muerte solo cabe llamarla muerte, está claro que sí, pero lo más probable es que en este momento no afirmaría con tanta rotundidad y despreocupación que sigamos siendo libres para expresar nuestras opiniones. Porque aquí, en este mundo libre nuestro, aunque no se haya empezado a cortar cabezas, la veda para volarlas a tiros ya ha quedado más que abierta. En realidad, les confieso que hoy tenía en mente hablarles sobre el último escándalo que ha hecho temblar la flema británica de Isabel II y llamar a su hijo el príncipe Andrés a consultas, justo cuando se encontraba de vacaciones navideñas con una de sus hijas y su inseparable ex mujer, Sarah Ferguson. Sin embargo, la actualidad manda, aún más cuando se trata de una tan espantosa como esta.
En todo caso, la Corona británica sabe bien cómo pueden llegar a retumbar sus palaciegos aposentos cuando la prensa descubre y, por supuesto, informa de escándalos que podrían afectar a algún miembro de la familia. Y en el país de los tabloides, las primeras páginas no se duelen en prendas cuando se trata de sacar a la luz trapos sucios y vender ejemplares. Por mucho respeto que puedan tener a Isabel II y a su prole. Que seguramente se lo tengan, porque a pesar de los líos de mayor o menor gravedad que vienen salpicando primero al príncipe Carlos y, desde hace unos años, al príncipe Andrés, y por supuesto, al díscolo Harry, la monarquía de aquel país sigue siendo la más querida por sus ciudadanos. Es parte de esa tradición tan suya de valorar lo propio aunque sepan que es imperfecto. O precisamente por ello. Pero por encima de todo, también de su querida Reina, está ese preciado bien, común a las democracias occidentales, que tan terriblemente acaba de ser de nuevo objeto de atentado: la libertad de prensa. Una libertad que se corresponde con el derecho de los ciudadanos a informarse y opinar. A expresarse en público, a pedir explicaciones, llevarse las manos a la cabeza, criticar o hacer chistes de mejor o peor gusto. En definitiva, a pensar por su cuenta. Decidir si va a la mezquita o a la iglesia. Al cine o al teatro. Si se deja barba o no. A conducir e ir a clase aunque seas mujer, a tener en la mesilla de noche la Biblia o el Corán.
No sé por qué, me suena terriblemente a poco cuando escucho hablar atentado terrorista para definir una imagen tan salvaje como la de unos asesinos disparando a sangre fría contra personas que ni conocen, escudándose, antes y después de apretar el gatillo, en cualquier fanatismo político o religioso. Personalmente, lo suyo sí que me parece odio, el más ciego, cruel e injusto que pueda albergar un ser humano contra otro. Es allí, en aquel credo llevado al extremo por el ISIS, donde sí se fomenta el odio. Barra libre, porque sin él no existirían. Un odio que traspasa fronteras y nacionalidades, convirtiéndose en una especie de cajón de sastre donde cabe cualquiera que albergue dicho sentimiento, incluidos los más pequeños y subjetivos de jóvenes occidentales que han encontrado en aquella bandera negra su lugar en el mundo. Una secta que practica los videojuegos de guerra en la vida real y donde los psicópatas en potencia de cualquier sitio pueden llevar a cabo sus fantasías más sangrientas, arropados por una batalla que, probablemente, ni les va ni les viene. Me creí una exagerada cuando en el citado artículo de diciembre escribí, con ocasión de la matanza llevada a cabo en un colegio de Pakistán, que la Tierra parecía estar cada vez más dividida entre quienes matan a los que no piensan igual y aquellos otros que se defienden y, de paso, incluso pretenden “defender” a estos nuevos criminales, pero ya no sé si, por desgracia, incluso me quedé corta. Está claro que, queramos verlo o no, nos enfrentamos a unos emperadores absolutos embarcados en su particular conquista del mundo a base de exterminar todo aquello que suene a libertad: de ideas, de culto, de educación, de igualdad. De prensa. Por supuesto, de cualquier opinión que no les guste. Como esta misma que están leyendo.
Se trata, además, de un odio con profundas raíces que se mantiene – incluso crece – a lo largo de los años. Lo sabía bien el semanario satírico atacado en París. A finales de 2011, fue atacado con cocteles molotov incendiándose buena parte de la redacción y las amenazas eran tan constantes y serias, que llevaban tiempo trabajando con protección policial. En Francia hoy ha ganado el odio, esperemos que no gane el miedo. Tampoco la displicencia, la excusa, la banal defensa. Ha sido un ataque que trasciende esa oleada de actos criminales perpetrados por los llamados “lobos solitarios”, ejecutado con calculada frialdad por dos hombres vestidos de negro que entraban en la sede de Charlie Hebdo – al parecer mostrando un conocimiento exacto de la redacción - y disparaban sus fusiles al grito de “Alá es grande”. Más de treinta disparos: doce muertos, entre ellos el director, tres de sus más conocidos dibujantes y los dos policías que custodiaban la sede. Diez minutos infernales que Hollande ha calificado de atentado contra la libertad de expresión y del que algunos trabajadores del semanario han podido escapar refugiándose en el tejado. Salida de emergencia para quienes decidieron no callarse. Porque nos guste o no ese tipo de revistas, la libertad está en ir al kiosco y poder comprar la que uno quiera.
Está en la decisión de cada medio de comunicación sobre lo que publica o no. Aquí en España, la revista El Jueves, por ejemplo, decidió en 2012 cambiar una portada que llevaba un dibujo de Mahoma. José Luis Martín Zabalza, miembro del Consejo de Redacción de la misma, explicó entonces en un artículo publicado en el Huffington Post el dilema editorial que se plantea un semanario satírico ante las amenazas. Por supuesto, en él aseguraba que Charb, el director de Charlie Hebdo asesinado hoy, contaba con su simpatía y solidaridad, pero que en El Jueves – debido asimismo a una oleada de ataques a embajadas occidentales - finalmente optaron por la retirada. Aunque aquella portada que se publicó fuera, sin duda, todo un manifiesto: “Íbamos a dibujar a Mahoma…¡pero nos hemos cagao!”. Martín Zabalza, en todo caso, aclaraba algo que todavía muchos no parecen tener claro: “(…) No debemos engañarnos, un dibujo, una caricatura o una película cutre no son la verdadera causa del asalto a las embajadas sino solo una excusa, la única causa es el odio irracional a todo lo que Occidente representa, entre otras cosas la libertad de expresión”.
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Escritora
ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora
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