En un mundo donde impera cada vez con más fuerza la inmediatez parece opción inteligente en narrativa, como ya practicaron durante todo el siglo XX muchos escritores, sintetizar la trama novelesca a base de fragmentos de índole diversa. En el caso presente una presunta investigación y posterior ordenación permite que contemos desde apuntes de diario, cartas, informes detectivescos, telegramas sentenciosos, comentarios de blog, entrevistas, informes forenses, conversaciones telefónicas, así hasta 32 documentos. Todo un popurrí discursivo donde no podían faltar los correos electrónicos de marras. Tales fragmentos, recopilados por unos editores anónimos (versión moderna del manuscrito encontrado de Cervantes) nos dan noticia del convulso cambio sufrido en el planeta a raíz de un casual descubrimiento en Nueva Guinea.
Y hasta aquí podemos leer, si deseamos conservar la fragancia de la intriga a nuestros lectores. La novela propone aventuras al borde de la ciencia-ficción, con aire detectivesco y elementos de crítica social y política. Lo delicado en estos casos es que la trama tenga bien trenzado ese hilo rojo que ya definiera Goethe. En El imperio de Yegorov la combinación de materiales narrativos no perjudica el resultado, más bien lo alimenta con un crescendo rítmico y una riqueza expresiva propias del buen narrador que es Manuel Moyano. No acaso ha transitado géneros bien dispares sin menoscabo alguno como la antropología, el senderismo, el ensayo y, su fuerte literario, la distancia corta del cuento.
Así las cosas, por la novela pasean con fugacidad personajes singulares, trazados casi en exclusiva por sus actos. La prosa del texto combina la agilidad con el contrapunto del suspense. Los distintos registros aceleran la narración a cotas difícilmente superables, ofrecen multiplicidad de puntos de vista de la acción a la par que evitan la monotonía discursiva. De tal modo, la lectura acelera el ritmo al mismo tiempo que se dispara la invención del relato y aumenta el suspense. Todo converge en pos de crear un clímax resuelto al final de la novela, como bien procede en cualquier novela de género. No obstante, y es un acierto que se podía haber explotado aún más, el final queda abierto y deja al lector con la respiración entrecortada.
Manuel Montano bien podría haber adensado su prosa para fortalecer la crítica a esa eterna juventud que ansía la parte afortunada de nuestra humanidad, es decir, esa que se dice del primer mundo (donde “primer” no deja de ser más que una falacia bien urdida, al menos desde una perspectiva humana). También podría haber aprovechado los resquicios de la trama para delatar la hipocresía de esta sociedad occidental, que si bien solicita el detalle puntilloso de los ingredientes de las cremas rejuvenecedoras hace luz de gas al detalle de productos nocivos como el del propio tabaco.
Pero todo ello son opciones de autor, que aquí prefirió optar por el lado más “literario”, en el sentido de ficticio. Por tanto, la crítica si bien contundente, aquí es unidireccional. Precisamos textos que nos cuenten esta realidad y sus perversos vericuetos, textos que vuelvan tangibles las cadenas de esta falsa opulencia de materialidad que nos oprime. En esa dirección, con mayor o menor profundidad, pero con una clara vocación literaria, se maneja Manuel Moyano.