Estaba a punto de hincarle el diente a Cervantes o mejor dicho a la búsqueda de sus huesos en el madrileño convento de las Trinitarias, cuando he caído en la tentación de lanzarme de nuevo a la arena política. Admito que llevaba tiempo resistiéndome, sin querer reflexionar demasiado acerca de los motivos. Ha sido, precisamente, una frase durante mucho tiempo atribuida a Cervantes – “Ladran, luego cabalgamos” - lo que ha terminado por hacerme salir del sano ensimismamiento en el que me encontraba refugiada en un vano intento de que no me alineasen en las filas de nadie a las primeras de cambio. Es decir, sin terminar siquiera de leer el primer párrafo de la columna. Confieso mi cobardía, mi aparente pasotismo. He echado la vista atrás, solo para acabar ratificando que antes solía dedicar estas líneas al último político que hubiera metido el cuezo, fuera del partido que fuera. Zapatero, Rubalcaba, Rajoy, Gallardón y Botella ganan, en todo caso, por goleada. He criticado a ministros, concejales y consejeros, porque está en mis genes patrios hablar de lo malo obviando lo bueno. Igual que llevo en la sangre cierta dosis de costumbrismo galdosiano y disfruto más de la política local que de la “grande”, aunque ambas beban de la misma fuente.
Abandonada la idea de escribir sobre si la caja hallada en la iglesia de la calle Atocha alberga o no, entre otros, los restos de Cervantes, soy tan poco original que me dejo arrastrar por las informaciones que llevan días cuestionando las peripecias empresariales y académicas de Juan Carlos Monedero. Aclaro que digo poco original refiriéndome al conjunto pero no a la individualidad, porque hasta ahora nunca había escrito ni una línea sobre Podemos. Más aún, de pronto creo identificar mi rechazo a escribir de política con su irrupción en la misma. Una especie de punto de inflexión que, quizás de manera equivocada, no puedo evitar relacionar con cierto miedo a ir en contra de una corriente que parecía haber brotado de la verdad absoluta, la justicia social y, por supuesto, de una revolución a lo Robin Hood, surgida, eso sí, como respuesta a los indignantes saqueos llevados a cabo por políticos a lo Alí Babá. ¿Cómo demonios no iba a estar de acuerdo con la idea de que cualquier signo de viraje hacia el darwinismo social es algo condenable? Lo estamos, intuyo, la inmensa mayoría. Los despilfarros perpetrados en ilegal beneficio de unos pocos eran, en buena parte, los barros de los que vinieron lodos de recortes, impagos, necesidades y, en definitiva, de una crisis interna agravada por la global. A cualquiera le subía la bilis a la garganta solo de pensarlo, pero aquel amargo líquido en realidad lo bebían únicamente los afectados en primera persona y nunca debería haber servido para alimentar extremismos. Para conquistar vanas esperanzas a depositar en las correspondientes papeletas electorales.
Porque cuando se enarbola una bandera tejida a base de descontento, indignación, penurias o falta de expectativas habría que ser especialmente pulcro a la hora de escoger el hilo y, sobre todo, de hilvanar la aguja. Que Juan Carlos Monedero, cofundador de Podemos, lleve ya muchos días en los medios protagonizando noticias del mismo color oscuro que aquellas que se referían a sus bestias negras de la casta, podría costarle a ese estandarte sus primeros dramáticos jirones. En palabras del expresidente madrileño Joaquín Leguina “Es impresentable que Monedero cobrara 425.000 euros por ayudar a crear una moneda única bolivariana para Ecuador, Bolivia, Venezuela y Nicaragua”. Aunque lo censurable es que lo hiciera, presuntamente, sin cumplir con la Ley Orgánica de Universidades y a través de su empresa, “Caja de Resistencia Motiva 2”, que no existía cuando se hicieron los asesoramientos facturados tres años después. Sociedad que, por otra parte, jamás tuvo empleados ni actividad alguna aparte de la mencionada. Desde Podemos hablan de campaña de desprestigio y aseguran que no piden cuentas a Monedero “porque es un buen patriota” y la Complutense se dobla por el peso de las noticias, anunciando una investigación que esclarezca los hechos. Mientras, Monedero se desayunaba este miércoles con un artículo de El País en el que se desmonta su currículo. Solo el titular de la noticia resulta, desde luego, demoledor: “Monedero no da explicaciones sobre las falsedades de su currículo”. Menos aún ha enseñado el Secretario de Proceso Constituyente y de Programa de Podemos las facturas que ascienden a tan importante suma, aunque en este caso sí haya explicado algo: que no puede hacerlo hasta que no le autoricen las personas que lo contrataron, ya que los informes realizados son “estratégicos” y “confidenciales”.
Tampoco soplan apacibles vientos para Pablo Iglesias a causa de su última intervención televisiva y a Errejón, sigue ensombreciéndolo el asunto de las becas. Y es que para criticar a esa casta que Podemos colocó como punta de lanza para ganar adeptos, lo primero es no correr el riesgo de oler como ella.