TRIBUNA
Chile y la transición española
Juan José Laborda
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1718lamartingmailcom/12/12/18
jueves 05 de febrero de 2015, 20:29h
Chile ha sido para mi generación motivo de reflexión política. La llamada “vía chilena al socialismo” que supuso la presidencia de Salvador Allende y su terrible final con el golpe de Estado del general Pinochet fueron un proceso que nos influyó decisivamente para entender la política democrática en los años setenta del siglo anterior.
Después de la “Primavera de Praga” en 1968, el también trágico final en 1973 de la experiencia chilena para hacer una revolución socialista respetando los derechos individuales y sin dictadura de partido único, causó una profunda reflexión en los partidos europeos que simpatizaron con Salvador Allende y sus gobiernos de Unidad Popular, formados por socialistas, comunistas, radicales y otras fuerzas minoritarias (pero enormemente combativas).
Enrico Berlinguer, el líder del partido comunista más poderoso de las democracias liberales, formuló, a la vista de los desastres de Checoslovaquia y de Chile, su teoría del “compromiso histórico”: Berlinguer renunciaba a cualquier vía revolucionaria -en Chile, y en otros países, incluyendo los sometidos al comunismo ruso-, y en su lugar apostaba por un compromiso con las fuerzas burguesas y capitalistas -la democracia cristiana en su Italia- para avanzar paulatinamente hacia una sociedad en la que el capitalismo sería reformado en sus aspectos más odiosamente injustos. Era una propuesta que servía allí donde existían partidos comunistas en la oposición, como los de Italia y Francia (poco después en España), y que era también una alternativa para los partidos comunistas de los países de la Europa del Telón de Acero, que sólo se mantenían en el poder gracias al apoyo soviético, ya que entonces se sabía que eran criaturas anquilosadas en sus respectivos países.
Pero el “compromiso histórico” sólo fue una táctica que pudo servir, en todo caso, allí donde los partidos comunistas venían a ocupar el espacio de los partidos socialdemócratas que habían roto hacía tiempo con la revolución. Para lograr lo que Berlinguer aspiraba, los socialistas reformistas no necesitaban pactar con los partidos burgueses, por ejemplo en Suecia, y en todo caso podían formar gobiernos de coalición, como en Alemania con la democracia cristiana, sin grandes justificaciones teóricas y morales, pues el pacto y el acuerdo eran consustanciales a su manera de entender la democracia al compartir una base común, normalmente el compromiso constitucional (que era de verdad histórico).
Chile estuvo presente en nuestras reflexiones políticas y estratégicas de los años de la transición (siempre con minúscula pues fue un proceso cuyo final era una incógnita). La amnesia sobre lo que fueron aquellos años se corresponde con el falseamiento que hacen los que hoy califican la amnistía y la Constitución de 1978 de “candado” para el pueblo, al que le robaron sus ilusiones para “asaltar el cielo”.
En España, Santiago Carrillo, líder del PCE, intentó forjar un “compromiso histórico” con la UCD de Adolfo Suárez y fue insistente su propuesta de establecer un “gobierno de concentración”, desde luego con ministros comunistas. Fue la otra cara de la moneda de la también insistente teoría de Manuel Fraga, el líder de Alianza Popular (el precedente del PP de José María Aznar), de un “gobierno de mayoría natural”, es decir, de la UCD y AP, que tenían juntas mayoría absoluta en aquellas Cortes constituyentes.
Ni Suárez ni Felipe González aceptaron aquellos cantos de sirena y ambos prefirieron grandes acuerdos, abiertos a todos los demás, y así se suscribieron los pactos de la Moncloa y después se logró aprobar la Constitución con un gran consenso.
El fracaso chileno gravitó sobre la política española (y en eso estuvimos también en hora europea). En España, las opciones revolucionarias, partidarias de la ruptura total con el sistema socioeconómico, hicieron una campaña electoral muy intensa y espectacular -en Barcelona, Esquerra Republicana y los comunistas maoístas realizaron un gran mitin-, pero no alcanzaron apenas votos; Heribert Barrera fue el único diputado de Esquerra y, desde luego, rechazó la Constitución.
El reformismo se impuso en aquellas Cortes. Pudo haber distintas salidas a aquel momento político; las tesis de Manuel Fraga y la de Santiago Carrillo hubieran dado un resultado diferente al momento constituyente. Vistas las cosas en perspectiva, el resultado de la “mayoría natural” o del “gobierno de concertación” no hubiera dado un producto institucional mejor y la Constitución no habría sido tan avanzada, en un caso, o hubiera sido menos precisa técnicamente, en el otro, el de la propuesta de Carrillo.
Chile estuvo en la mente de los constituyentes de 1977. Por ejemplo, Carlos Altamirano, el secretario general del partido socialista de Chile, se dirigió unas cuantas veces a los dirigentes y afiliados del PSOE y de varios otros partidos españoles. Carlos Altamirano se distinguió por su política revolucionaria en los últimos años de la presidencia de Salvador Allende. Su tesis se resumió en “avanzar sin transar”. Sus discrepancias con Allende aumentaron más y más. Altamirano pidió ayuda a Corea del Norte y dio cobertura a la larguísima visita de Fidel Castro a Chile. El 9 de septiembre de 1973, unos días antes que Allende anunciaría un cambio en su política para buscar acuerdos con una parte de la oposición parlamentaria (que no pudo realizar porque el 11 de septiembre se produjo el golpe de Pinochet), Altamirano sostuvo en un descomunal mitin que la guerra civil era “inevitable” en Chile y que el pueblo se preparase a luchar.
Chile fue entonces causa de emociones y de solidaridad, y Carlos Altamirano se granjeó muchos aplausos en España. Sin embargo, sus tesis contrarias a “transar” no convencieron a los principales partidos españoles y, lo que fue más importante, tampoco esa idea atrajo a la mayoría de la opinión pública, que eligió diferentes propuestas de lograr acuerdos, y que al final se materializó en el consenso de la Constitución de 1978.
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Consejero de Estado-Historiador.
JUAN JOSÉ LABORDA MARTIN es senador constituyente por Burgos y fue presidente del Senado.
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