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TRIBUNA

Una crisis llamada deseo

Juan José Vijuesca
miércoles 11 de febrero de 2015, 19:43h
Permitan que les haga una resonancia hegemónica de la sociedad actual. Nada que no sepan, pero dadas las circunstancias creo necesaria alguna aclaración puntual.

Verán, después de siete años de uso y abuso de la tan cacareada crisis, recuerden que fuera negada tres veces por algunos hasta que cantó el gallo, pues eso, que pasado el tiempo aún parece dar rédito a una situación que hoy en día ya no tiene caché, o sea, ha dejado de ser una coyuntura organizada al haberse cumplido el objetivo de lo inestable para convertirse en un recuento de víctimas y formar parte de la lista de crímenes contra la humanidad. De manera que una vez exterminado el excedente de ánimos y haber recortado derechos y aspiraciones en la parte más provechosa del planeta, se ha generado una recesión mundial para que la nueva sociedad se muestre más moldeada y en mejor disposición para los nuevos tiempos. Dicho de otra manera más coloquial, en estos momentos ustedes y yo estamos envueltos para regalo.

De la crisis que nos instalaron en el 2008 no queda otra cosa que la ambigüedad de hacernos creer que vamos a salir, no se sabe bien de donde, ni nadie lo da por hecho, luego lo único que nos quedan son las cenizas de un período perdido en grandes y mareantes cifras económicas y desastrosas consecuencias humanas entrelazadas por el desempleo y la privación de los mínimos recursos para mantener la dignidad como ser humano. Es lo que podríamos definir como el día después. Lo cierto es que la zozobra se ha instalado en nosotros hasta el punto de haber perdido el norte de la equidad, si por moralidad se entiende el tener motivos para crear futuro estable.

No quisiera resultar desagradable, pero quizás en estos siete años se ha confitado el mejor plato frío que nuestro país necesitaba para refrendo de la mediocridad existencial. Al albur de la sonora crisis se han destapado buena parte de nuestras flaquezas, que no son otras que el descuido en mirarnos nuestro propio ombligo y darnos cuenta que llevamos largo tiempo envasados al vacío. Tal vez el sentido de la autocrítica nos venga a demostrar que el inmovilismo de ideales ha sido suplantando, durante años, por la ociosa manera de adorar al becerro de oro, resultando más acomodaticio el dejarse llevar a pesar de conocer la medianía de una buena parte de los regidores en suerte.

Que nadie piense que esto lo va a solucionar otro que venga por el simple hecho de cambiar el atril de la verborrea. No es cuestión de oratoria, tampoco lo es por salir elegido en un casting de pasarela, ni sobre quien promete los mejores efectos especiales; me atrevería a señalar que ni siquiera debemos culpar al mensajero ni a quienes adoctrinan medidas de contundencia a la europea, entre otras razones porque fuera de nuestras fronteras son otros los que marcan el camino que hay que seguir. Estamos dentro de la mercadotecnia de unos poderes sin rostro.

Los pueblos que se acomodan en el exceso de ocio lo hacen también en la senectud prematura de ideales, por eso se hace indispensable educarnos en la sabiduría del compromiso, del respeto y en el saber renunciar a la vida cuya única expectativa descansa en la codicia como fuente de bienestar. No se trata de elegir, pues, a una clase dirigente guiados por la empatía facial o aplicando el desprecio ideológico del contrincante, sino más bien apostando por quienes teniendo formación política contrastada sea capaz de regenerar la identidad de un pueblo desde el inicio en las aulas, porque no se necesitan mercaderes de humo, basta con el ser educado y comprometido. Me quedo con una frase de Ortega y Gasset: “Todo es resultado de un esfuerzo. Sólo se aguanta una civilización si muchos aportan su colaboración a dicho esfuerzo. Si todos prefieren gozar el fruto, la civilización se hunde”
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