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TRIBUNA

Ángel Gabilondo, candidato

sábado 07 de marzo de 2015, 19:26h

¿Quién acude hoy en día a un filósofo?; de entre los comunes, que yo sepa, nadie...

Yo opino que los socialistas madrileños, como todos los demás socialistas, son sabios. Observo que acuden al servicio oficial de la prestigiosa marca alemana cuando su vehículo precisa atención; al arquitecto de pequeños paisajes –vulgo jardinero– cuando amarillea la pelouse de su unifamiliar, en la periferia madrileña; al cardiólogo más reputado cuando vislumbran un problema en su órgano cordial... Así es como esos compatriotas acostumbran a actuar en algunos asuntos dependientes de las artes.

Pero su búsqueda de candidatos siempre va aderezada de un cierto pintoresquismo; promovieron, por ejemplo, a un soriano natural de Madrid para regir los destinos de la Villa, o a un leonés nacido en Valladolid para pegarle un sonoro zapatazo a la mismísima nación, concepto discutido y discutible, a decir de la eximia calamidad que nos asoló. ¡Qué cosas!

En esta ocasión Ángel Gabilondo, que es Catedrático de Metafísica, ha sido el agraciado. A él no le hace falta ni leer esta entrada ni que se la explique, porque de inmediato se aprecia que parafraseo, que plagio con disimulo presuntamente elegante.

Pero vayamos a la cuestión, que a mi juicio es la que sigue:
- ¿Quién acude hoy en día a un filósofo?; de entre los comunes, que yo sepa, nadie; de entre los no comunes, al menos la psoe madrileña.

- ¿Para qué?; para capitanear la nao electoral.
- ¿Qué problema resuelto relativo a la buena marcha de la sociedad, o algún progreso tangible, podría aportar como bagaje refulgente un metafísico?;...- ¿Por qué no acudir a un empresario que hace esfuerzos denodados por sostener un centenar de nóminas, propósito no siempre compartido por aquellos que dependen, precisamente, del éxito de una pyme que soporta como puede la mar gruesa de tanta irresponsabilidad, codicia y egoísmo, por ejemplo?;...

No obstante hay quien ve a los filósofos como pintores de brocha gorda suspendidos porque el progreso de la ciencia y su empuje les ha lanzado al cuerno la escalera, y ahí andan, como levitando brocha en mano, en el limbo de la nada. Y no seré yo quien polemice al respecto; digo lo que he oído y punto. Además, la mia voce poco fa.

También los hay que opinan que la filosofía ya era, hace más de 50 años, una repetición de fórmulas caducas tomadas de los anaqueles en los que se acumulan todas las ideas peregrinas surgidas en los más recónditos rincones del espacio y del tiempo... Prosigo en el plagio, que empezó con Adán y Eva, quizás antes –magnífico Plá–, así como en mi desistimiento a polemizar.

Pues bien... Ángel Gabilondo, metafísico, es la opción: candidato en ciernes.

Tendemos a pensar que un Catedrático de Metafísica y su forma de razonar son algo muy especial. Pero ni su razonamiento está a salvo de errores e ignorancias, ni filosofar en sí es una especie de función inaprensible para los comunes, que en ocasiones exime de sensatez.

Quizás confundamos tal atributo con la singularidad de lo muy escaso, pero yo creo que viene a ser gente bastante parecida al resto de los mortales. Si no, no me explico lo que le oí a D. Ángel, quien fuera ministro colaborador del vallisoleonés de cuyo nombre no me quiero acordar; pues que dijo Gabilondo en aquel debate con Pilar del Castillo que “los niños españoles, hasta los 10 años, eran los más felices del mundo”.

Imagínense conspicuos encuestadores del CIS haciendo trabajo de campo, preguntando por doquier a una muestra representativa en escuelas y guarderías, para obtener los datos que finalmente se “cocinen” [los niños serán felices porque lo afirman ellos, digo; no vamos a caer en asunto tan crucial en una burda suplantación de personalidad. Depurar sus manifestaciones: ahí está el reto; y el mérito; –aquí me autoplagio, aunque sea de un artículo que tengo en la nevera]. Para desternillarse, vamos, porque la aseveración queda a la altura del comentario más risible.

Así que en el arte del manejo de la cosa pública seguimos como en la vieja Atenas más o menos, en la que los ciudadanos más sabios y mejores eran incapaces de transmitir a otros esa virtud suya, ya fuera sobre la administración de la ciudad o sobre los asuntos particulares. Acaso diferencias de grado, que no de principio. Con el añadido de ese monopolio de facto que les gens de lettres ejercen en la gobernación de las sociedades, en la cual no se aprecian avances significativos.

Mientras, la ciencia, con sus progresos, no ha cesado de mejorar las condiciones de vida de todos, justamente lo más contrastado con dicho estancamiento.

Pero mantengamos la cabeza fría. Tan sólo se trata de una candidatura; otra más. Impregnada de los sutiles aromas de los condimentos urdidos en las cocinas partidarias; en los fogones de Ferraz, esta vez. Que recaiga en un metafísico es pura anécdota.

Genuina cocina a la altura de los tiempos; a la altura de la más acendrada ancienne cuisine. La que hace casi un siglo proponía recetas tan preclaras como la Merluza de Cerdo. Comienza así: “Se coge una liebre de buenos antecedentes...”. ¡Como lo oyen!

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