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Y DIGO YO

La maldad del copiloto

Javier Cámara
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javiercamaraelimparciales/12/12/24
jueves 26 de marzo de 2015, 20:12h

Tras lo inexplicable acaba subyaciendo un motivo, un por qué. Sucede que, por lo general, este estímulo no solemos encuadrarlo dentro de los normales parámetros de la cordura. Impacta escuchar “ignoramos la razón, pero puede analizarse como una voluntad de destruir el avión” cuando sabemos todos que se trata de un aparato con 150 personas inocentes a bordo.

Rápidamente, por una cabeza “normal” pasa la pregunta lógica: ¿Por qué? ¿Está loco? ¿Quería matar a todas esas personas o simplemente quería suicidarse él y los pasajeros del avión no iban a ser un impedimento para su fin?

Antes incluso de oír terminar la frase del fiscal de Marsella encargado de investigar el caso del Airbus siniestrado en los Alpes franceses, una persona cuerda ya se está temiendo lo peor. El propio investigador contesta a la pregunta: “Normalmente, cuando te suicidas, te suicidas solo, por eso no he pronunciado esa palabra, pero efectivamente te puedes plantear legítimamente la cuestión”.

La tesis de un posible atentado terrorista se desvanece en tanto en cuanto se podían haber apuntado un desastre mayor haciendo más daño, con un número más elevado de víctimas. Si se tiene la posibilidad de estrellar un avión, ya puestos, por qué no arrojarlo contra un edificio de oficinas o contra una ciudad.

La realidad es que, hasta que no se tengan más datos (falta todavía todo lo que pueda revela la otra caja negra), y aunque se vayan dando pasos en la dirección más plausible, no se puede terminar de cerrar ninguna hipótesis.

Ocho minutos es mucho tiempo. En ocho minutos se pueden hacer muchas cosas. Puedes pensar una cosa, convencerte de ello, animarte incluso, pero también hay tiempo para echarte atrás. En ocho minutos puedes cambiar de parecer, reflexionar sobre lo que vas a hacer, pensar en 150 personas que tienen sus planes de vida, pero no… silencio. Ocho minutos de interminable descenso sin decir una palabra, sin dar una oportunidad al arrepentimiento mientras el avión se precipita a su fin.

Es en este punto cuando me acuerdo de mi compañera periodista Alejandra Ruiz Hermosilla cuando, ante sucesos inexplicables como este o de madres que matan a sus hijos o de padres que violan a sus hijas, hechos trágicos en los que la locura parecía la única respuesta, siempre decía: “A la gente se le olvida que la maldad existe”.

Y es verdad, hay gente loca y hay gente mala a la que le da igual ser un suicida que un asesino múltiple. Y siempre nos quedaremos con la incógnita de saber si alguien podría haber hecho algo para “arreglar” esa cabeza. Triste es pensar en los familiares de las víctimas y no menos recordar a los del copiloto. Tampoco parece que encuentren mucha explicación a lo sucedido.

Mientras no se sepa la verdad aparecerán, como lo hacen siempre, las teorías de la conspiración, hipótesis rocambolescas y explicaciones peregrinas que, siendo eso, poco probables, nunca se podrán descartar del todo.

Javier Cámara

Periodista

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