TRIBUNA
Las estampidas de la derecha
viernes 17 de abril de 2015, 20:25h
Una de las paradojas de la política de España es lo revolucionaria que es la derecha. Y no me refiero a sus claves ideológicas. Estas son conservadoras, católicas, liberales hasta cierto punto, y con más o menos tufo paternalista, o mejor dicho, estatista, dependiendo de las circunstancias. Así suelen ser las derechas en el resto de Europa.
La derecha española se pone revolucionaria -estupenda podría ser también el adjetivo- en algunas ocasiones. Y hoy podríamos estar viviendo una de estas ocasiones. Ocurre más o menos cada generación, puede que como corolario a la frase de Cánovas “un hombre honrado no puede tomar parte más que en una revolución; y esto porque ignora lo que es”.
Revisemos la historia. En 1930 se liquidó la “dictablanda” de Primo de Rivera sin saber muy bien hacia donde se iba. La derecha de entonces, en su estampida, hizo mucho porque se proclamara casi por sorpresa la II República. En 1975 con la muerte de Franco, ocurrió prácticamente lo mismo: desapareció el Franquismo en las colas para visitar la capilla ardiente del dictador.
Luego vino el desastre de UCD, y el techo de Fraga y la docena de años del Felipismo. Otra estampida de la derecha. Se masacró a la UCD con razones calcadas, salvo la corrupción, por las que se clama hoy contra el Partido Popular: agotamiento, falta de comunicación, despotismo de las élites del partido. En suma, desconexión total entre votante y partido.
Ahora parece que el recambio (o el complemento, que puede matar, como una sobredosis de un medicamento) viene de la mano de un partido recién llegado, al menos a la esfera nacional. Un partido de centro izquierda, aunque algo menos escorado que UPYD. Ante ellos, el PP no parece capaz de reaccionar. Hemos vivido estos días el proceso de elección -o más bien de selección- de candidatos municipales y autonómicos, elaboración de listas y redacción de programas que responde aún más al modelo opaco que tanto daño hace. Se ha perdido una gran oportunidad para dar los pasos hacia una reforma antes que se produzca por derribo.
Estas estampidas de la derecha se producen cuando el votante de derecha proclama con sus actos, con sus votos, un grito, revolucionario que en mi opinión es del tipo “ya estoy harto que me manden estos; voy a probar con otros”.
Para este hartazgo, se pueden aventurar explicaciones. Una es nuestra natural ambivalencia hacia el poder. Nos levantamos contra el francés en el Dos de Mayo pero los acogemos sin problemas unos años más tarde cuando nos vuelven a invadir (esta vez, los Cien Mil Hijos de San Luis). Es el ácrata que llevamos los españoles dentro. Un ácrata adulador al poder que es absolutamente despiadado ante una inflexión del mismo.
Esta vena ácrata la tenemos muy presente, y es muy española. La vemos todos los días en el debate público. Y también la pueden ver hoy en el teatro. En esos sainetes modernos, como el Trágala que se puede ver en el Teatro Español de Madrid, que con toda su fuerza burlesca y ningún afán argumentativo -no hay héroes ni víctimas, todo se cuestiona-, donde se dispara contra todo pero sin afán didáctico alguno. Ni siquiera el autor se permite el gusto de hacer que el bien triunfe sobre el mal en el escenario. En fin espero que entiendan con estas pinceladas lo que quiero decir.
La vena ácrata puede ser una explicación pero mi argumento preferido es salirme de lo carpetovetónico, y reprochar la falta de democracia de abajo arriba en los partidos, y que en el PP es más notorio aún (o en UPYD). La eterna falta de legitimación. Legitimación que permite reinventarse, reformar la propia organización, y no ver como se autodestruye por una estampida de tus votantes.
Y ¡Por favor!, no caigan en el error de algunos de los líderes de criticar a los votantes o al cuerpo electoral español, que sería esencialmente de izquierdas. Esto es falso. Sobre el papel, lugares tan poco proclives como son el “cinturón rojo” de Madrid han tenido alcaldes de derechas, o hay que recordar que Andalucía y Extremadura, tradicionales bastiones de izquierdas, han tenido al PP como primera fuerza política.
Así que hay suficientes votantes de derechas en cualquier sitio para lograr una mayoría sana, pero un partido requiere identificación, legitimación; madurez en suma. Y un gobernante debe conocer a sus votantes, y puede adaptar su discurso para ir haciendo reformas, modernizando la sociedad, poniéndola al día... Esa es la didáctica del poder: lo demás es un mezquino “ir tirando” que al final lleva una sustitución de un partido por otro, que suele ser tristemente muy parecido, pero con la vana esperanza que colme nuestras esperanzas, valga la redundancia. Hasta que alguien se tome verdaderamente en serio la democracia interna.
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Abogado, empresario
Abogado, empresario. Estudio en la Complutense y London School of Economics . Ejerció la abogacía en Londres y a su vuelta, 13 años en la cosa pública: 12 como concejal en Madrid y 1 como Viceconsejero de Medio Ambiente y Ordenación del Territorio. Su último comentario: “Ah y no vuelvo ni a tiros a la política”.
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