Gran indignación en China y las dos Coreas por las ofrendas a este lugar.
Enclavado en medio de la ciudad más densamente poblada del planeta, Tokio, el santuario de Yasukuni o santuario del pueblo pacífico es un polémico centro sintoísta que aún levanta ampollas entre japoneses, chinos, norcoreanos y surcoreanos.
Entre los muros de Yasukuni, levantados en 1868 a instancias del emperador Meiji, se rinde homenaje a los casi 2,5 millones de soldados japoneses caídos en los conflictos en los que tomó parte el Imperio del Sol Naciente entre finales del siglo XIX y 1945, desde la rebelión taiwanesa de 1874 o la guerra sino-japonesa de 1894 a las invasiones de Manchuria o de China, entre otras.
No pasaría de ser un recuerdo a los caídos más, como otros muchos repartidos por todo el mundo, de no ser porque entre los centenares de miles de recordados figuran los 'mártires de Showa', catorce militares nipones condenados como criminales de clase A por el Tribunal Penal Militar Internacional tras la Segunda Guerra Mundial.
Durante los años que duró el gran conflicto, la ocupación japonesa de varias regiones de China y la península de Corea trajo consigo innumerables crímenes de guerra y contra la humanidad perpetrados o autorizados muchos de ellos por estos catorce militares, venerados como héroes en su país de origen.
No fue hasta 1979 cuando se supo que entre los recordados en Yasukuni figuraban los 'mártires de Showa', además de otros 1.000 criminales de guerra nipones. Desde entonces, japoneses y sus víctimas pugnan por el homenaje de los que para unos son destacados ciudadanos "injusta y cruelmente juzgados" por occidentales y para otros representan "lo peor del género humano".
'La masacre de Nanking'. Fuente: Youtube
Entre los allí recordados figuran nombres como Hideki Tojo, exprimer ministro durante la Segunda Guerra Mundial; Kenji Doihara, poderoso general conocido como 'Lawrence de Manchuria' y responsable de las matanzas del Ejército Imperial en la región; Iwane Matsui, general que supervisó la matanza de Nankín; o Akira Muto, artífice de la expansión nipona por Filipinas, la actual Indonesia y Malasia.
Mientras Pekín, Pyonyang y Seul, incluso Washington, exigen al Gobierno de Shinzo Abe que se replantee el homenaje a estos criminales de guerra por el agravio y el dolor que causan todavía en sus víctimas y familiares, el Ejecutivo nipón promueve la tradicional visita de primavera al santuario, que en esta ocasión ha contado con más de un centenar de parlamentarios del gobernante Partido Liberal Demócrata y del opositor Partido Democrático.
Aunque el primer ministro no visita el lugar desde el festival de 2013, no son pocas las críticas que sobre él recaen, pues Abe sigue haciendo ofrendas periódicas al santuario. Este año, por ejemplo, ha enviado un árbol en señal de respeto y memoria.
Con los años, el santuario no sólo es un lugar de peregrinación de la religión mayoritaria en Japón, el sintoísmo, sino que sus detractores lo tachan de símbolo bélico-fascista y homenaje de criminales de guerra.
Por contra, es mayoritaria la corriente dentro de Japón que venera este lugar y a los que allí se recuerdan, incluídos los 'mártires de Showa', hasta el punto de que Abe recibe fuertes críticas por no acudir a Yasukuni como si hicieron antecesores suyos como Yasuhiro Nakasone, Ryutaro Hashimoto y Jun'ichirō Koizumi.