Dicen las guías turísticas de Sicilia que en la pequeña localidad de Pozzallo pueden visitarse dos idílicas playas de arena fina y dorada. La que lleva el nombre de “Raganzino” aparece recomendada para aquellos que por encima de todo buscan sosiego. La segunda, “Pietrenere”, ofrece, en cambio, múltiples ofertas de restauración o divertimento, dispone de un carril bici para los más deportistas y de un área infantil, para que los padres puedan disfrutar del baño relajados mientras los pequeños juegan al cuidado de los responsables del parque. En 2002, Pozzallo recibió su primera “Bandera Azul” y fue renovando, año tras año, tan codiciada distinción que únicamente se otorga a las playas más limpias y equipadas. Hasta el año 2008.
En la actualidad, Pozzallo ha pasado de figurar como atractivo destino turístico del sur de Sicilia a encabezar las noticias sobre la tragedia migratoria que asola el Mediterráneo sin que, al parecer, aún hayamos alcanzado el número suficiente de cadáveres como para que la Unión Europea se alce en conjunto con eficaces medidas para dar – o, al menos, intentar dar – una solución comprometida a tan gravísima emergencia humanitaria y social. A Pozzallo ahora se lo conoce, sobre todo, por ser el minúsculo pueblo a donde la guardia costera italiana traslada a la mayoría de inmigrantes que logra rescatar del mar cada día. Allí, en su puerto, donde se acumulan destartaladas barcazas de madera, desembarcaron en 2014 más inmigrantes que habitantes figuran en su censo. Este año, el flujo es aún mayor. Tan exagerado que, aunque no quieran, empiezan a perder la cuenta. Son las estadísticas – frías pero contundentes – las que obligan a evitar, precisamente, que la pierdan: el 13 de abril llegaron 110 inmigrantes; el día 14, 168. Ya no hay una sola fecha sin marcar en el calendario.
Los inmigrantes que logran burlar la muerte a las puertas de Europa después de haber escapado a ella en conflictos armados, pertinaces hambrunas, luchas fratricidas o persecuciones religiosas y racistas, llegan a Pozzallo – y a tantos otros puertos mediterráneos - con evidentes carencias, por llamar a la desesperación absoluta de alguna manera. En el puerto de Pozzallo, antaño lugar de mercadeo y, posteriormente, de recreo, en la gran estructura que tiempo atrás hacía las veces de depósito se ha habilitado un centro de primeros auxilios y asistencia para inmigrantes. Para esos miles de recién llegados que en su vida han tenido la suerte de consultar una guía turística por placer. Allí suelen permanecer dos o tres días como máximo - enseguida hay que hacer hueco a los siguientes – y, a continuación, son trasladados a uno de los denominados Centros de Acogida y Solicitud de Asilo. En Sicilia había tres hasta que la oleada de inmigrantes de estos tres últimos años obligó a las autoridades a improvisar albergues en casi cualquier rincón. Ragusa, la provincia a la que pertenece el precioso pueblo de Pozzallo, con una superficie de 440 Km² y solo 12 municipios, tiene ya 19 centros de acogida extraordinaria de inmigrantes. Según el Ministerio del Interior italiano, el país cuenta en total con 1.657. Y siguen sin dar abasto. Médicos sin Fronteras calcula que el pasado año llegaron a Italia 170.000 inmigrantes a través del canal de Sicilia.
Sí, son muchos los que pierden su batalla contra las olas, pero también son muchos los que conocen Europa a través del abrazo de un guardia costero que lo rodea con una manta, del médico que lo examina, del voluntario de La Cruz Roja que le da unas galletas y una botellita de agua. Lo primero que ven de Europa son pequeños pueblos costeros habitados por vecinos cansados del abandono de las instituciones europeas, a merced de lo que cada país de ese sur mediterráneo cuyo sol anhelan los del norte pueda ofrecer a quienes llegan sin nada. En Italia, el Gobierno ha tenido que poner un techo de carácter económico a su solidaridad: 35 euros al día por inmigrante. Este será el importe máximo que pague a los ayuntamientos que cuentan con centros de asistencia o acogida para extranjeros o a las asociaciones que los gestionan. A partir de ahora, en lugares como Pozzallo tendrán que hacer malabarismos para ajustarse a una cifra que, para colmo, se ha convertido en potente arma de guerra política que arrojar contra un Matteo Renzi que, impotente, sigue reclamando a la Unión Europa medidas concretas. Y urgentes. Como todo vale en política, Forza Italia ha aprovechado la medida para atacar tal “dispendio” gubernamental valiéndose de un cartel de pésimo gusto: “Vacaciones en Italia por 35 euros al día, que incluyen alojamiento, comida, recarga de tarjeta telefónica y cigarrillos”. La imagen, una barcaza repleta de sonrientes africanos que agitan la mano saludando. Cada vez más italianos se preguntan por qué tienen que pagar con sus impuestos lo que es un problema de toda Europa, corriendo además el riesgo de que, como advertía el propio Renzi, entre los que llegan entren camuflados miembros del EI dispuestos a atentar a las primeras de cambio. Y Forza Italia lo aprovecha.
Pero el recurso al demagógico ataque político a costa de cualquier cosa, incluso dirigido a provocar sentimientos racistas, quedó en entredicho, todavía más, después de conocer los detalles del último gran naufragio de ilegales acaecido en el Mediterráneo. El achacoso pesquero de 30 metros de eslora con aproximadamente 700 personas a bordo, en su mayoría eritreos y somalíes, que había zarpado de Trípoli, se hundió a 70 kilómetros de Libia porque sus ocupantes se movieron en masa a un lado en cuanto divisaron al buque de bandera portuguesa que, alertado por la Guardia Costera italiana, acudía en su ayuda. Más que a ganas de llegar al lugar de vacaciones, huele a desesperación. Pero en Italia, igual que en Grecia o España, ya son muchos los que se preguntan por qué tienen que soportar en solitario la presión migratoria, hacer frente a las tragedias humanas que ocurren cada vez con mayor frecuencia. ¿Dónde está la “unión europea”? En Pozzallo, además, los vecinos advierten que la avalancha de ilegales ha reducido, de forma inversamente proporcional, el número de turistas que alimentaba sus finanzas. Dicen los vecinos que a la gente que va de vacaciones no le gusta ver inmigrantes en las playas, aunque estas sean de arena fina y dorada.