ENTRE ADOQUINES
Aguirre, la candidata que no era amiga de prohibir
miércoles 29 de abril de 2015, 20:53h
El de mendigo es un vocablo que hace años dejamos de utilizar. Como tantas otras palabras que sin remedio asociamos con tiempos pasados – peores – y para los cuales buscamos sustituto con mayor corrección política, que no necesariamente gramatical. También con mayor concreción, o si prefieren congruencia con los tiempos que cambian, porque lo que en aquellos remotos días resultaba impensable era que pudiera haber personas viviendo en la calle y que no se dedicaran de manera regular, en exclusiva, a pedir limosna. Es más, en otra época lo que sí podía encontrarse eran personas que a falta de un empleo estable, se echaban a la calle – desde su casa o habitación de hostal por humilde que esta fuera - para apostarse en determinados lugares y en ciertos momentos, es decir, en la puerta de una iglesia a la entrada o salida de misa, para hacerse con lo justito para llevarse algo a la boca.
Pero con independencia de que empezáramos a huir de la palabra mendigo, que parecía doler en el oído más que en el corazón aunque las hubiera peores como pordiosero o desharrapado, en las calles nos encontramos de pronto con quienes lo que no podían permitirse era pagar para dormir bajo techo o con personas aquejadas de trastornos mentales, incluidos severos alcoholismos y otras drogodependencias, a los que ya no se podía recoger sin más de la calle para llevarlos – de nuevo palabra maldita – a un manicomio y, después, tirar la llave. El embrollo del malsonante vocablo lo solucionamos, igual que en tantas otras ocasiones, acudiendo a la lengua inglesa, siempre tan concreta ella, tan al grano. Y ¡milagro!, incluso tardamos un tiempo en castellanizar el nuevo término “homeless”, aunque lo hiciéramos, por supuesto, dándole nuestra peculiar interpretación. Es decir, como si hogar y techo fueran lo mismo.
Desde que en 2011 el entonces alcalde de Madrid, Alberto Ruíz-Gallardón, pidiera una ley nacional para que no dependiera de los “sin techo” seguir sin tener uno, han pasado muchas cosas. Lo que no ha variado demasiado es el número de personas que viven al raso en las calles de la capital. Son aproximadamente 2.000 personas las que deambulan – el verbo vagar suena también horrible – por las calles durante el día, y buscan un recoveco resguardado, preferiblemente siempre el mismo, para pasar la noche junto a sus escasas pero bien apreciadas pertenencias. Cuando el entonces regidor madrileño – antes muerto que sencillo – pidió que se otorgara a los ayuntamientos la potestad de mandar a dormir a los albergues a quienes ocupaban el pavimento municipal con sus cartones, la hoy candidata a la alcaldía de la capital le replicó desde la presidencia de la comunidad con una de sus frases más repetidas: “Yo no soy amiga de las prohibiciones”. Esperanza Aguirre explicó, además, que aunque la mayoría de los ciudadanos no entendiera que se durmiera en la calle en vez de acudir a un albergue, eso no podía llevar a privar de sus derechos a quienes “preferían” conciliar el sueño bajo las estrellas.
Por eso, la propuesta de prohibir dormir en las calles del centro de Madrid anunciada por Aguirre en plena campaña electoral no solo va en contra de lo que podamos opinar muchos ciudadanos – o unos pocos, que no lo sé –, sino que, aún peor, va en contra de lo que ella misma pensaba o dijo entonces que pensaba. Alega la candidata que los vecinos de Madrid están hartos de “no poder disfrutar de sus calles y parques por la noche” y que el turismo se ve perjudicado por los que pernoctan en la vía pública. Como si los turistas, a punto de convertirse en amos absolutos de las calles del centro con sus mapas, sus patinetes y bicicletas, no hubieran visto en su vida personas durmiendo en la calle en sus propios países. O nosotros mismos, en calidad de turistas, no hubiéramos tropezado jamás en otras capitales del mundo con quienes se ven obligados a dormir en la vía pública.
En Francia, por empezar hablando del vecino de arriba, el arma de los “sin techo” también se utiliza cuando se declara la guerra electoral, ya sea para practicar el “buenismo” de la progresía protectora o con el fin de contentar a quienes de verdad piensan que los que viven en la calle lo hacen simplemente para fastidiar su pulcra y egocéntrica existencia. En este sentido, David Cameron, inmerso como Aguirre en campaña, ante el crecimiento del partido antieuropeo UKIP que amenaza con hacerle perder a parte del electorado situado más a la derecha, ya ha prometido que la reforma migratoria en la que se incluye a los sin techo será más estricta. A pesar de que aún esté dando coletazos de conciencia en la sociedad británica la imagen de los pinchos instalados junto al portal de un bloque de viviendas del sur de Londres, para evitar que los “sin techo” durmieran allí. Una petición en change.org firmada por miles de personas pidió la retirada de los clavos y tanto el alcalde de la ciudad, Boris Johnson, como el secretario de Estado de Vivienda, Kris Hopkins, ambos conservadores, exigieron igualmente su inmediata “desactivación”. Solo Alemania parece, por el momento, haberse centrado en lo que de verdad resulta escandaloso, y sus autoridades dedican todos los esfuerzos en perseguir con dureza a las mafias que se lucran con la explotación de mendigos – sí, he dicho mendigos -, especialmente bandas rumanas, primas hermanas de las que en Madrid también operan desde hace años a la vista de todos. Turistas, incluidos.
Está bien, puede que Aguirre de verdad no sea amiga de las prohibiciones. La mayoría de los que viven en la calle, tampoco. Y si tienen preferencia por dormir en el centro de la ciudad, esa recoleta almendra central que queremos mostrar a los turistas no como si se tratara de una ciudad, sino como una especie de decorado hecho de cartón piedra, es sobre todo por razones de seguridad. Las cámaras instaladas para evitar los robos a los turistas despistados, sirven, aunque no fuera ese su cometido inicialmente previsto, para que los que pasan la noche, por ejemplo, bajo los soportales de la Plaza Mayor se sientan más protegidos. Si no del frío, al menos de unas patadas o golpes a destiempo. Una advertencia: hay que reservar “plaza” desde primera hora. Cada vez hay menos sitios donde echar una cabezada en el Madrid de los Austrias. La actual alcaldesa, Ana Botella, decidió pasar a la acción antes que volver a enredarse con las palabras y, de un día para otro, los bancos de la calle y los de las marquesinas de los autobuses amanecieron con reposabrazos estratégicamente colocados para evitar que nadie tenga la extravagante ocurrencia de utilizarlos como si fueran una cama.
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Escritora
ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora
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