Este pasado jueves, Pablo Iglesias anunciaba que Podemos “aceptaba la dimisión de Juan Carlos Monedero”, eufemismo de un cese en toda regla. Caso contrario, habría sido el propio Monedero quine hubiese anunciado su marcha, en vez de su jefe. En todo caso, Podemos ha de seguir adelante sin uno de sus ideólogos primigenios, pero que, de un tiempo a esta parte, se había distanciado del discurso oficial -si es que tal cosa existe en Podemos-.
Da la impresión de que su ya ex partido quiere hacer un lavado de imagen para darle la razón a Zapatero y vender que están cerca de ser socialdemócratas. Apenas hablan ya de “casta”, cuestionan aceptar la bandera española y, salvo el PP, no desdeñan pactar con nadie. Alguien desde dentro habrá entendido que la supervivencia de un movimiento asambleario es mucho más complicada que la de un partido al uso -de los de la “casta”-, y en base a ello actúan.
Aún así, Podemos tiene más de un frente. Al candidato de Madrid apenas se le conoce, la de Barcelona va por libre, la de Cantabria ha salido tarifando y en La Rioja han tenido que hacer una gestora. Eso demuestra que acampar en Sol, amenazar con no pagar la deuda y quemar mobiliario urbano no basta para crear una alternativa solvente. Hace falta un proyecto que, a día de hoy, ni está ni se le espera.