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TRIBUNA

Podemos, velocista en una maratón

lunes 04 de mayo de 2015, 20:25h
Actualizado el: 04 de mayo de 2015, 21:23h

Antes de llegar al ecuador de las carreras electorales ya estaban exhaustos por ignorar las propias debilidades, atacando lo que persiste y resiste en España que es una estructura institucional construida durante décadas con el esfuerzo de todos los españoles. Además de la resistencia externa, la fragmentación interna se incrementa con un Juan Carlos Monedero renegando de la formación política, en respuesta a la confabulación contra su identidad ideológica y desvaríos monetarios. La desintegración acompaña a todo proceso evolutivo que no da tiempo para perfeccionarse. Podemos resulta ser un engendro a medio hacer y en el colmo del cinismo vende su crisis como un emotivo y universal himno a la amistad nada creíble.

España no es Venezuela, pese a que Pablo Iglesias haya hecho idéntica campaña política como la que llevó al poder a Chávez. El dictador bolivariano era un corredor de fondo y supo administrar sus fuerzas como disimular sus fragilidades... hasta que llegó al gobierno. Tal cual deseaban consumar los podemitas. Pero emergieron las viscerales contradicciones: no se puede acusar de corrupción a lo ajeno, sin estar limpios de esa inmundicia que denunciaban escondiendo lo propio; no se puede disfrazar la intención para engañar a incautos cuando existe una amplia videoteca que muestra las bambalinas extremistas, tan ajenas al escenario de moderación socialdemócrata que ya engaña a menos espectadores.

Las tornas han cambiado pero Pablo Iglesias y sus lugartenientes, los que aún permanecen, procuran metamorfosearse en un hábitat hostil que antes les era favorable. El problema es que todavía nadie sabe cuál es la propuesta de gobierno que jamás han demostrado, salvo en la apariencia efectista de la improvisación y la demagogia como estrategia de efecto llamada ante muchos desorientados que aún esperanzan para pillar cacho. Si los dirigentes no saben a dónde se dirigen menos lo sabrán los que captan con ligereza lo sucedido estos últimos meses y continúan pensando que tales radicalidades son una alternativa al desfase político del país. Afortunadamente, salvo Goytisolo y alguno más, la gente tiende a informarse en vez de vivir en un mundo paralelo y delirante, resentido y acomplejado como revanchista.

Podemos padece una crisis de identidad que afecta a todos sus simpatizantes. Tanto es así que se han extraviado muchos de los que les votaron en las Elecciones Europeas, como si la inconsciencia hubiese depositado aquel voto que la responsabilidad consciente ahora niega. La culpa no es de ellos sino de los que engañaron con los mensajes reivindicativos que todos deseaban escuchar. Nada como saber con quién se trata para obrar en consecuencia y así parece reaccionar el electorado tras los escándalos que han provocado que se tambaleara la tan cacareada como inexistente integridad del grupo político acometido desde sus orígenes por un cariz radical venido ahora a menos, restada la influencia social, como la tesis ideológica, sobre la que se basaba con autosuficiencia la denuncia contra la casta bipartidista.

Echaron las campanas al vuelo y se equivocaron de competición. Se registraron para correr una maratón a ritmo de velocistas y se desfondaron antes de llegar a la meta. Con los músculos ajados el cerebro no parece oxigenarse y en el revuelo mediático del escándalo y el desengaño, los dirigentes buscan cruzar la meta aunque sea arrastrando los postulados extremistas y asumiendo una entidad política de natural incoherente, pero artificiosamente necesaria en lo circunstancial, para aspirar a opciones de victoria. La zanahoria tras la que se corre es el poder, la ambición de incidir históricamente en una oportunidad irrepetible para convertir España en un paraíso comunista a semejanza de Venezuela y Cuba. No habrá más ocasión en mucho tiempo y lo saben remontando las adversidades con las que algunos confiados preconizan el principio del fin de Podemos.

Sin embargo esta maratón no ha finalizado y la competición por convencer al electorado puede que convierta al extenuado velocista podemita en un competidor de una carrera de relevos, con un equipo conformado por el PSOE y el nacionalismo junto a la izquierda que aglutinada reúna un frente popular del siglo XXI. El PP no lo denuncia en vano aunque no pueden quedar exentos de crítica generalizada por ese extraño modo de gobernar con mayoría absoluta a espaldas de su electorado. Efectivamente, pretenden colar otro cordón sanitario tan ruin como oportunista que nos arrastró a la ruina zapaterista. No en vano Pablo Iglesias flexibiliza las vicisitudes, a la espera de acontecimientos, procurando sacar cabeza por muy hondo que sea el hoyo donde se ha metido. La intencionalidad de lo izquierdista es muy clara, de ahí que el avance de Ciudadanos se haya convertido en rival directo contemplando la probabilidad de que el Partido Popular pueda remontar una augurada derrota compartiendo el testigo con Albert Rivera.

La unión hace la fuerza y en España la izquierda ha jugado esas bazas de molicie frente al adversario político. Por primera vez en mucho tiempo de Historia puede que Ciudadanos sea un partido político sólido que iguale las fuerzas. Más les valdría a los populares abstenerse de zancadillear a un futurible aliado que puede evitar la estrepitosa derrota de Rajoy. En Podemos las conspiraciones personales están al descubierto, pero el riesgo, al estilo bolivariano, persiste con una bestia herida dispuesta a todo para sobrevivir.

Sea velocista, maratoniana o de relevos esta competición, los que verdaderamente están hartos y agotados son los ciudadanos que decidirán quién cruza la meta, premiando paradójicamente a tan poco meritoria clase política de nuestra muy castigada España.

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